CondeCabra
Condecabra Ella alza la cara como quien escucha una voz que viene de muy atrás, quizá de un barranco o quizá de una copla aprendida sin saber cuándo ni cómo. No mira al conde ni a su armadura: mira por encima, hacia ese lugar donde se decide lo que una mujer puede y no puede querer. La ley manda, dicen. Pero también manda el pulso que le tiembla en una vena del cuello, en ese latido que en ningún papel viejo nunca se haya escrito. El Conde de Cabra aparece reducido a casco, a metal hueco, a un nombre que pesa más de lo que abraza. Huele a humo desgastado, a historia impuesta, a promesa sin labios. No hay rostro ahí dentro, solo un eco sordo con orejas de a cuatro patas y cornamenta de animal mal herido. La verdadera voz está en otra parte: en la piel tensada de un tambor, en ese aro que rodea su garganta y parece a la vez adorno y cerco. Cada trozo de cuerda sujeta algo: la honra, el qué dirán, la obediencia debida. Pero basta un golpe —uno solo— para que todo empiece a sona...