Cuando se apaguen las luces
Cuando se apaguen las luces Inclina la cabeza hacia delante porque así ha trabajado siempre: cerca del suelo, cerca de lo que pasa y pesa, de aquello que a otros les ha pesado demasiado como para dedicarle su precioso tiempo. Sus manos hacen gestos que ya no aparecen en los manuales ni en los prospectos de medicinas. Ni siquiera en las campañas navideñas que nos prometen felicidad sin mencionar de dónde viene, cuáles son sus componentes o el índice de calorías que quemarán nuestros bolsillos. Cada movimiento de sus dedos es una corrección mínima al relato oficial que insiste en que esto ya no sirve, que no es rentable, que no sale a cuenta ni sabe a cuento. El olvido no nos llega de golpe; llega como esta luz escasa y lateral que, entrando por la puerta, ilumina lo justo para que el oficio sobreviva sin ser visto. Nadie vino a apagarlo: bastó con dejar de mirarlo. Así se desmantelan, rápidamente, las cosas importantes, sin ruido, sin responsables, sin titulares. Porque todo...