Pesar menos que el miedo
Pesar menos que el miedo El pañuelo rojo al cuello no era para lucirlo sino para aguantar. No era adorno sino desvío: para que lo malo mirase para otra parte mientras el chiquillo dormía. Rojo y bien visible para despistar a la mala leche de quienes, si acaso, tan sólo le permitían decir encarnado al color. Y mientras con un brazo sostenía a la criatura —que dormía ajena porque todavía no sabía que el mundo entraba sin llamar—, con el otro se sostenía a sí misma. No hay descanso en su cara porque cuidar cansa. Decían las abuelas que el quebranto entra en el cuerpo cuando una se descuida. También cuando el cansancio se vuelve costumbre. Tal vez porque no hace ruido. O porque se pega. Por eso el amarre rojo al cuello —hasta en el de las cabras— y el gesto aprendido, como la superstición heredada que no se discute porque no hay tiempo. O por sí acaso. Primero se protege y luego ya veremos. Su padre decía que eso del mal de ojo no era cosa del diablo. Que el diablo ya camina...