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Mi oscura dignidad

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  Mi oscura dignidad Antes de que tenga que empezar a engruñar los ojos al caer la noche y antes de que las luces navideñas me roben el atardecer, quisiera esconder mi oscura dignidad en algún sitio donde los ladrones sean incapaces de encontrarla. Intuyo que no debe de quedar demasiado tiempo y deseo estar preparado para la ocasión. Dentro de poco comenzarán a encenderlo todo: las calles, las plazas, los árboles, los frontis, las farolas y cualquier cosa que disponga de un enchufe lo suficientemente cerca. Habrá estrellas que no estarán en el cielo, cabras en los portales beleneros pastando sobre la nieve que nunca han visto y kilómetros de bombillos empeñados en convencernos de que ha llegado una época del año en la que, por alguna razón, debemos brillar. Y si es juntos, mejor. Pues yo no. Y no es por querencia de empezar a aguarles la fiesta. Es porque no tengo ninguna necesidad de brillar. Mucho menos de hacerlo en compañía y por obligación. Me conformaría con que me d...

La hora que nos cambia

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  La hora que nos cambia Atrasar y adelantar los relojes fue durante mucho tiempo una cuestión de mecanismos que se desajustaban. O de que se quedaran sin cuerda en aquellos tiempos en los que funcionaban con ella. Había que buscar otro reloj que fuese más fiable o acercarse a la radio y esperar a que dieran la hora para poner nuevamente las manecillas en su sitio. Ahora, en estos tiempos que corren —y nos hacen correr— por pistas móviles y digitales, no tenemos que preocuparnos de tales menesteres. Ya se encarga la divina providencia internauta de que todas las personas bailemos al mismo compás. Y, como consecuencia, este fin de semana tendremos que bailar para atrás durante una hora para no salirnos de la pista. Acabo de oír en las noticias a un presentador diciendo que dormiremos una hora más. Lo dice con una alegría que parece de regalo. Claro que eso será en caso de que la madrugada nos coja durmiendo. Porque quien esté trabajando hará una hora extra y quien tenga insom...

Lo que me falta por leer

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  Lo que me falta por leer De alguna extraña manera, siempre queremos completar las cosas. Si nos cuentan media historia, preguntamos cómo termina. Si encontramos una fotografía rota, intentamos imaginar quién estaba en la parte que falta. Si recordamos una frase a medias, buscamos las palabras que se nos han perdido. Parece que nos cuesta aceptar que algo pueda quedarse así, incompleto, sin que tengamos que salir corriendo a buscar el pedazo que falta. A mí, sin embargo, cada vez me gustan más las historias incompletas. Debe de haber algo profundamente humano en no poder explicarme del todo. En llegar hasta un punto y detenerme allí todo el tiempo. En mirar lo que queda y tener que aceptar que después hay un margen, un borde, un puente que no me atrevo a cruzar y por el que ya no puedo continuar. Puedo suponer. Eso sí. Suponer se me da muy bien. También dibujar debe de tener algo de eso. Uno comienza creyendo que sabe lo que quiere poner sobre el papel y después aparec...

A nuestro lado

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  A nuestro lado Ayer fue la última vez. Lo sabíamos cuando llegamos y lo sabíamos cuando nos fuimos. Quizá por eso miramos de otra manera. Durante los dos últimos años habíamos mirado mucho hacia enfrente. Allí estaban quienes se sentaban, quienes se acercaban, preguntaban, recordaban o simplemente se quedaban un rato con nosotros. Llegamos incluso a descubrir que buena parte de aquello que pretendíamos llevar hasta la calle ya estaba esperándonos allí. Pero ayer miré hacia un lado. Y estaba ella. No sé por qué hice la fotografía. Estaba allí, con la ropa de su agrupación, mirando hacia arriba y sonriendo. Detrás seguía la ciudad con su ruido, sus edificios, los árboles, las sillas y la gente. Nada parecía estar terminando y, sin embargo, para nosotros algo acababa. Entonces comprendí que durante estos dos años no solo hubo gente enfrente. También hubo gente al lado. Personas con las que compartimos mañanas, esperas, conversaciones, músicas, bailes, prisas ...

Al otro lado

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  Al otro lado Durante los últimos dos años, dos sábados al mes, La Revoliá ha acudido a la Plaza de España, junto a las ramblas de Mesa y López, para participar en el programa de música, bailes y tradiciones canarias promovido por la Concejalía de Turismo del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. La iniciativa había comenzado en 2022 con la intención de acercar la cultura popular tanto a quienes viven en la ciudad como a quienes la visitan, y en 2024 incorporó una programación quincenal donde las agrupaciones folclóricas compartían espacio con muestras de juegos y otras actividades tradicionales. A La Revoliá le correspondió participar en esa última parte y, como seguramente era lógico, el Juego del Garrote ocupó al principio buena parte de aquellas mañanas. Dos años dan para muchos sábados y también para descubrir que una calle nunca tiene el mismo público y, al mismo tiempo, puede acabar teniendo el suyo. Había turistas que llegaban por casualidad, familias, gente q...

Querido Amigo

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  Querido amigo: Te escribo carta porque me han contado que los pastores vascos volverán a Gran Canaria y, nada más saberlo, pensé en ti. No sé si alguien habrá reparado en la jugarreta de las fechas pero regresarán precisamente por esos días de septiembre que desde hace ocho años preferiríamos arrancar del almanaque. He pensado que debía contártelo, aunque seguramente, dondequiera que andes metido, ya te habrás enterado antes que nosotros, porque hace ocho años también estuvieron por aquí. Vinieron a encontrarse con los pastores de esta tierra, a caminar con ellos, a conocer sus ganados, sus caminos y algunas de esas maneras de hacer las cosas que parecen distintas cuando se miran desde lejos y terminan pareciéndose mucho cuando quienes las practican se sientan juntos a hablar. Tú habías tenido bastante que ver con que todo eso ocurriera ya que siempre andabas metido en esas cosas: juntando gente, abriendo caminos, empeñado en demostrar que un pastor de una isla y otro de aq...

Había una vez un barquito chiquitito

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  Había una vez un barquito chiquitito Había una vez un barquito chiquitito que no sabía navegar. O eso decía la canción que nos enseñaron de pequeños, repitiéndonos una y otra vez esa experiencia marítima hasta llegar al momento en que, después de seis semanas sin saber qué hacer con el agua que tenía debajo, conseguía hacerse a la mar. El de esta imagen también es pequeño y parece hecho para una canción infantil: un barquito doblado en una hoja, confiando su suerte a la fragilidad del papel frente al mar. Aunque después, quizá consciente de lo poco que puede durar el papel cuando se moja, un dibujante tuvo la precaución de colocarle alrededor un salvavidas. Y es precisamente ahí donde la imagen empieza a contar algo distinto, porque el salvavidas puede conseguir que el barquito permanezca a flote, impedir durante algún tiempo que desaparezca bajo el agua, sostenerlo entre las olas y proteger incluso su frágil estructura, pero no puede hacerlo navegar ni darle un rumbo. P...