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Cabezas de fósforo

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  Cabezas de fósforo   Desde muy chico me quedaba dormido dentro de una caja de fósforos. Mi madre me había enseñado a soñar con ellos. Aunque en verdad no fue exactamente así: ella me dejaba encender las velas y eran las velas las que terminaban encendiéndome los sueños. Me gustaba mirar el instante en que sus cabezas se volvían luz después de un destello. Luego la llama creciente de la vela, que empezaba a moverse apenas como si comenzara a respirar. La miraba hasta que la habitación crecía, haciéndose grande en otros lugares. Mi madre, mientras tanto, repetía la misma advertencia que le habían repetido antes las madres de otras generaciones: —El que juega con fuego se mea en la cama… ¡y con fósfaros también! Lo decía con la seriedad de quien transmite una ley certera. Una de esas verdades que nadie se detiene a discutir porque siempre han estado ahí. Pero seguramente fue más poderoso el juego que el miedo a mear. Con los años aprendí que existían otros ...

¿Atlas tuvo madre?

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¿Atlas tuvo madre? Más que sostener el mundo, Hércules logró que fuese Atlas quien terminara cargándolo. Y no sobre la cabeza, sino sobre aquello que realmente soporta el peso de una existencia: las vértebras cervicales. Después de siglos de esfuerzo, uno imagina aquellos discos aplastados, las articulaciones desgastadas y las hernias abriéndose paso entre los huesos como raíces buscando agua. Pero dejemos por un momento la mitología. Los anatomistas llaman atlas a la primera vértebra cervical, la que sostiene el cráneo. Sobre ella descansa nuestra cabeza igual que el cielo parecía descansar sobre los hombros del titán. Lo curioso es que la articulación que forma con el hueso occipital apenas nos permite un movimiento sencillo: inclinar la cabeza hacia delante y hacia atrás. Es decir, el gesto con el que asentimos. El gesto con el que decimos sí.  Debajo se encuentra el axis, la segunda vértebra cervical. Esta atraviesa el atlas mediante una prolongación ósea que, sirvie...

Con nombres

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  Con nombres Esta otra fotografía se diferencia claramente de la anterior publicación. No solo conozco quiénes son las personas que aparecen en ella. También sé exactamente cuándo fue tomada: la mañana de un sábado, 9 de junio de 1990. Pero lo más importante no son los nombres. Tampoco la fecha. La imagen tiene la capacidad de devolverme el peso de las sillas de hierro colocadas junto a las paredes, la ligereza de las cortinas de muselina que se movían suavemente en las ventanas al abrir un postigo o el color del tapiz de macramé que colgaba al fondo de la sala. Incluso puedo ver el olor que había dentro de la antigua escuela. Un olor hecho de carne y madera, de conversaciones interminables y de algo más que todavía hoy me cuesta nombrar. Quizás todo estuviese impregnado del aroma de la ilusión. Porque si una fotografía es capaz de hacerte ver un olor, entonces guarda algo demasiado importante que el tiempo no ha conseguido borrar del todo. Treinta y seis años después ...

Sin nombres

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  Sin nombres Hace algún tiempo llegó a mis manos esta fotografía. No sé quiénes son las personas que aparecen en ella. Tampoco sé quién tomó la imagen ni por qué motivo decidió hacerlo. Sí conozco el lugar exacto, pero desconozco la fecha y las circunstancias. No sé siquiera cómo ha conseguido llegar hasta mí después de tantos años. Y, sin embargo, aquí está. La observo una y otra vez intentando encontrar alguna respuesta entre sus detalles: una yunta de vacas, el timón del arado sobre el que se apoya una mujer, un hombre que sostiene la aguijá. Al fondo distingo un naranjero y sus naranjas. Todo eso puedo nombrarlo. Pero a las personas no. Y quizá sea precisamente eso lo que me hace seguir mirándola. Porque, aun sin saber quiénes fueron, de algún modo representan a todos aquellos cuyos nombres se han borrado mientras permanecen las huellas de su paso por la tierra. Las fotografías antiguas tienen la costumbre de empujar mi imaginación. Observo durante mucho tiempo a...

Seguramente….

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  Seguramente…. Seguramente todo no empieza cuando se le pone un nombre ni termina cuando creemos haberlo olvidado. Existe también aquello que se sostiene en otro lugar: lo que se repite sin hacerse notar, lo que se aprende sin que nadie lo señale y lo que encuentra su camino por sí mismo. Pero, seguramente, hayamos olvidado dónde está ese otro lugar. Seguramente muchas veces parecemos seres que habitan en otra dimensión que nada tiene que ver con lo que somos. Y aunque salgamos de ella con mala conciencia, pronto se nos pasa. Es transitoria, nos decimos, y menos mal que el olvido actúa rápidamente: como los buenos analgésicos que alivian antes de preguntarnos qué nos duele. Seguramente por eso llega un momento en que dejamos de reconocer el lugar donde estamos. No porque el mundo haya cambiado de golpe, sino porque lo ha hecho poco a poco mientras mirábamos hacia otro lado. Entonces nos descubrimos cansados, con la sensación de haber permanecido demasiado tiempo en una...

La infinita ignorancia

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  La infinita ignorancia Se requiere una enorme disciplina para convertirse en un ignorante supremo y absoluto. Mucho más esfuerzo del que podríamos imaginar si no fuéramos todavía tan escasamente ignorantes. No basta con desconocer ciertas cosas ni con desinteresarse por ellas. La ignorancia verdadera exige una entrega constante, una vigilancia feroz contra cualquier indicio de comprensión, memoria o estudio. Es, en realidad, una forma de militancia permanente: contra la duda, contra el pensamiento y, sobre todo, contra cualquier posibilidad de agradecimiento. El primer paso consiste en renegar de quienes nos precedieron. Resulta imprescindible negar que nuestra existencia dependa de nadie. Los progenitores deberán convertirse entonces en figuras absurdas, en obstáculos levantados contra nuestra supuesta libertad. Si decidieron traernos al mundo, habrá de afirmarse que aquello obedeció únicamente a un impulso biológico, a un instante de deseo lujurioso o de descuido. Jamás ...

La última punta

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La última punta Él estaba en una cama de hospital. Fui a verlo y me dejaron entrar en su habitación. En un inútil intento por animarlo, le dije que todo saldría bien; que pronto mejoraría y que, dentro de poco, estaría otra vez en su casa. Pero me respondió con aquella voz calmada que siempre tuvo. Me dijo que no sería así. Me dijo exactamente: —Amigo Eduardo, de esta no salgo. Después habló hacia algún lugar que yo no podía ver. Dijo: “mamá”… “mamá”… dos veces. Y cerró los ojos. En aquel instante fui incapaz de comprender que acababa de enseñarme la última punta. Y no puede haber federación, asociación ni institución alguna que trate de distinguirme con el título de maestro del juego del garrote. El verdadero maestro ya me había consagrado con una titulación imposible de superar: me llamó “amigo”. De todos modos, he de reconocer que fui un mediocre practicante, un insulso monitor y hasta un sinvergüenza para las muestras. Cualidades, sin embargo, que no me han ev...