Entradas

Una manera de decir el mundo

Imagen
  Una manera de decir el mundo Las lenguas pueden nombrar el mar, una montaña, la lluvia, el hambre, el miedo o el amor. Pero sospecho que ninguna lo hace exactamente desde el mismo lugar. Y no sé si decir lo mismo significa decir la misma cosa. En todo caso, el título de este libro me inquietó desde el principio: La muerte de la lengua guanche , de Rumen Sosa Martín. Si una lengua es una herramienta para comunicarnos, no parece aventurado pensar que su desaparición significa también dejar de disponer de una determinada manera de hacerlo. No desaparecen solamente palabras: se pierde una forma de relacionarlas, de construir con ellas las frases y el pensamiento. Y también de reconocerse unos hablantes en otros por su particular manera de expresarse. Esta acertada publicación nos anima a tener presente —incluso nos obliga— que la desaparición de una lengua no puede contemplarse únicamente como consecuencia del paso del tiempo. La investigación de Rumen Sosa sitúa la sustit...

Las cosas que terminan agarrándonos

Imagen
  Las cosas que terminan agarrándonos Se pregunta uno si, en un desesperado intento por no olvidar qué somos y quiénes somos, nos agarramos a las cosas para encontrarnos en ellas. Ningún barco sale al mar pensando —sabiendo que los barcos no piensan— en perder el timón. Tampoco un candil imagina —¿serán capaces de imaginar los candiles?— que un día dejará de iluminar cubiertas para balancearse, apagado, entre los brazos de un animal que aprendió a navegar bajo el agua, entre la oscuridad de un mar entintado por su propio puño y letra. Ni el ancla sospecha —¿soñarán anclas y potalas con jubilarse agarradas a arenas y arrecifes?— que terminará colgando en el vacío sin tocar jamás el fondo. Demasiadas veces creemos que somos nosotros quienes poseemos las cosas. Decimos mi casa , mi oficio , mis libros , mis recuerdos , mis ideas . Las nombramos como quien coloca una etiqueta convencido de que basta pronunciar un «mi» para convertirse en dueño de algo. El tiempo tiene la extr...

Los límites de nuestro mirar

Imagen
  Los límites de nuestro mirar A muchas opiniones la vida les dura apenas una fracción de la confianza con la que fueron pronunciadas. Otras envejecen tan mal que terminan soplando, como el viento en proa, contra quien las formuló. La historia está llena de ejemplos. Los primeros impresionistas fueron recibidos con burlas por buena parte de la crítica. Vincent van Gogh murió prácticamente ignorado. Los Beatles fueron rechazados por algunas compañías discográficas convencidas de que los grupos de guitarras habían dejado de interesar al público. Enrique Murillo, entonces lector para Planeta, desestimó el manuscrito de La sombra del viento al considerar que despertaría escaso interés entre los lectores. Años después reconocería públicamente su error. Lo cierto es que ninguno de estos juicios consiguió detener lo que terminó ocurriendo. Esas opiniones terminaron dejando de hablar de las obras que pretendían juzgar para empezar a hablar de quienes las juzgaron. Tal vez el prob...

Lo que aparecerá después

Imagen
  Lo que aparecerá después Quien hizo esta fotografía no vio la sombra de la torre sobre el aspa. Miró hacia arriba, calculó el encuadre y apretó el disparador en el momento que consideró oportuno. Las aspas giraban demasiado deprisa y el ojo, con las limitaciones de quien se cree dueño de cuanto mira, apenas alcanzaría a distinguirlas. Mucho menos aquella sombra cruzando una de ellas durante una fracción de cualquier segundo. Pero la cámara sí. La cámara se quedó con ese instante y lo guardó donde nadie podía verlo todavía. Durante algún tiempo, aquella sombra existió únicamente dentro de una película enrollada. Hubo que entrar después en un cuarto oscuro, abrir el carrete, sumergir la imagen en líquidos y esperar. Resulta extraño que para ver algunas cosas sea necesario apagar primero la luz. Entonces apareció la torre poco a poco. Primero una forma incierta. Después los hierros, las crucetas, la cabina y aquellas aspas detenidas en un movimiento que el viento nunca quis...

Pensando al oscuro

Imagen
  Pensando al oscuro A veces siento que, para pensar de verdad, hay que meter las manos dentro de la cabeza. No para sacar las ideas, sino para amasarlas. La mayoría empiezan siendo un puñado de pensamientos secos que han de remojarse. Hay que apretarlas, aflojarlas y retorcerlas. Y volver a empezar. Las ideas se resisten igual que el gofio seco se pega al paladar. A esa agua convendría añadirle un poco de tiempo, otro tanto de memoria y muchas voces ajenas, igual que en una pella de gofio caben la sal, la miel o el queso. Hay pensamientos que necesitan incluso reposar. No porque dejen de amasarse, sino porque siguen revolviéndose ellos solos a escondidas. Uno se marcha creyendo que los ha dejado donde estaban y, al regresar, descubre que durante la noche han cambiado de sitio y de consistencia. Llama la atención que el zurrón conserve la forma de lo que un día estuvo vivo. En la piel curtida del baifo, la barriga aún sigue ahí, doblándose sobre sí misma mientras las mano...

A regatón muerto

Imagen
  A regatón muerto Esta imagen —rescatada de una página periodística del año 91— me produce la sensación de que el regatón no sirve para nada. No está clavado en la tierra, ni apoyado en ningún risco, ni siquiera buscando una grieta donde encajarse. No afirma el garrote y menos aún sostiene a quien a este se agarra. La punta metálica que un herrero un día calentara, golpeara en el yunque y luego templase para que mordiera el suelo anda aquí por el aire. El hombre también. Sería adecuado aclarar —dada mi manía de saltar al vacío sobre un texto y que ustedes conozcan de antemano lo que mi mano no escribe— que se denomina regatón, también puya o puyón , al implemento metálico insertado en la parte inferior del garrote y que sirve para fijarlo en el suelo, clavarlo con total seguridad o, simplemente, apoyarlo. Añado, además, que se compone normalmente de dos partes: el cubo , ese tramo de forma cilíndrica —con cierta tendencia a lo cónico— que recibe el encajamiento de la madera...

Desokupando al mar

Imagen
  Desokupando al mar Primero tenemos que estropear un poco muchas cosas, pariente, en un intento por conservarlas. Fíjese usted en el bucio de la fotografía: está limpito. Limpito y fijado que da esplendor, como dirían los ilustres académicos de una lengua que dará gusto hasta besarlo con ella. No queda en él rastro de algas, ni costras, ni pequeños animales empeñados en vivir sobre un animal que ya no vive. Alguien ha raspado su superficie, ha insistido en los recovecos y hasta parece haberle devuelto un brillo que nunca tuvo mientras andaba por el fondo. Después lo colocaron delante de un paño negro y encendieron una luz. El resultado es hermoso. Demasiado hermoso, quizás. El caso es que el mar no entrega las cosas así. Las devuelve sucias de haber vivido. Una madera nos llega mordida, miles de botellas cubiertas de sal y sin mensajes, una soga endurecida y una caracola cargando sobre la espalda medio fondo marino. El mar debe de tener esa manía: en lugar de borrar, añade....