La vecina del Bajo B lleva el horizonte puesto
La vecina del Bajo B lleva el horizonte puesto Ayer estuve en su casa. Me llamó para cambiar una llave que goteaba en el patio de luz. Yo vivo en el ático. Ella, en el Bajo B. Mientras desmontaba el grifo pensaba que nunca terminaría por amañarse al nuevo lugar donde había asentado el conjunto de sus huesos todos. El cuerpo sí. El cuerpo aprende. Se aprende los pasillos. Se aprende las escaleras aunque apenas las use. Se aprende el ascensor, el ruido de sus puertas al abrirse y cerrarse, el rumor de las tuberías y hasta la hora en que el edificio empieza a desperezarse cada mañana. Se aprende los vecinos. No solo cuando hacen fiesta. También unos días antes, cuando todavía no la han hecho pero ya andan moviendo sillas, entrando y saliendo de sus casas o hablando un poco más alto de lo habitual. El cuerpo aprende incluso aquello que todavía no ha sucedido. Pero hay otra parte a la que no se acostumbra. Creo que tiene que ver con su condición de isleña. Nació en una isla ac...