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El árbol que llevó el agua

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  El árbol que llevó el agua Antes de servir para llevar agua, el canal fue árbol. Durante años —durante muchos años— un pino creció en algún lugar de la isla sin saber que, después de haber hundido sus raíces en la tierra y soportado veranos, lluvias y vientos, parte de su tronco terminaría suspendido sobre un barranco. Unas manos lo cortaron, lo convirtieron en una larga viga y vaciaron pacientemente su interior hasta hacer de ella un canal, abriendo en la madera un hueco que acabaría siendo precisamente lo necesario. El agua tenía que llegar de una orilla a la otra, aunque entre ambas se abriera una interrupción del terreno por la que ninguna acequia podía continuar. Quienes dependían de aquel cauce no podían aceptar la geografía como una sentencia y colocaron el pino atravesando el vacío, dejándola correr por sus propias ganas. No nos fue difícil detenernos ante la sencillez de aquella solución. Un árbol convertido en cauce, una viga convertida en puente y el agua —de...

Un muchacho escribe sobre lo que el mar dejó en la orilla

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  Un muchacho escribe sobre lo que el mar dejó en la orilla Cuando el mar devuelve cosas que nadie le ha pedido, las deja sobre las piedras y se retira unos metros, como si no tuviera nada que explicar. Entonces somos nosotros quienes nos acercamos para intentar comprender qué hace allí lo que unas horas antes pertenecía a un mundo diferente al nuestro. Los muchachos se acercaron al animal sin saber muy bien qué distancia habría que guardar ante algo tan grande y tan muerto. Uno extendió la mano, otro se quedó detrás y alguien debió de decirles que podían tocarlo. O quizá nadie dijo nada y fue suficiente la curiosidad: esa valentía que tenemos cuando todavía no hemos aprendido del todo a tener miedo. Tal vez esperaban encontrar algo del mar sobre su piel: su frío, su movimiento, la profundidad de la que había venido. Pero el mar no se deja tocar tan fácilmente. Había abandonado aquel cuerpo sobre las piedras y se había llevado consigo casi todo lo que lo hacía inexplicable...

Una manera de decir el mundo

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  Una manera de decir el mundo Las lenguas pueden nombrar el mar, una montaña, la lluvia, el hambre, el miedo o el amor. Pero sospecho que ninguna lo hace exactamente desde el mismo lugar. Y no sé si decir lo mismo significa decir la misma cosa. En todo caso, el título de este libro me inquietó desde el principio: La muerte de la lengua guanche , de Rumen Sosa Martín. Si una lengua es una herramienta para comunicarnos, no parece aventurado pensar que su desaparición significa también dejar de disponer de una determinada manera de hacerlo. No desaparecen solamente palabras: se pierde una forma de relacionarlas, de construir con ellas las frases y el pensamiento. Y también de reconocerse unos hablantes en otros por su particular manera de expresarse. Esta acertada publicación nos anima a tener presente —incluso nos obliga— que la desaparición de una lengua no puede contemplarse únicamente como consecuencia del paso del tiempo. La investigación de Rumen Sosa sitúa la sustit...

Las cosas que terminan agarrándonos

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  Las cosas que terminan agarrándonos Se pregunta uno si, en un desesperado intento por no olvidar qué somos y quiénes somos, nos agarramos a las cosas para encontrarnos en ellas. Ningún barco sale al mar pensando —sabiendo que los barcos no piensan— en perder el timón. Tampoco un candil imagina —¿serán capaces de imaginar los candiles?— que un día dejará de iluminar cubiertas para balancearse, apagado, entre los brazos de un animal que aprendió a navegar bajo el agua, entre la oscuridad de un mar entintado por su propio puño y letra. Ni el ancla sospecha —¿soñarán anclas y potalas con jubilarse agarradas a arenas y arrecifes?— que terminará colgando en el vacío sin tocar jamás el fondo. Demasiadas veces creemos que somos nosotros quienes poseemos las cosas. Decimos mi casa , mi oficio , mis libros , mis recuerdos , mis ideas . Las nombramos como quien coloca una etiqueta convencido de que basta pronunciar un «mi» para convertirse en dueño de algo. El tiempo tiene la extr...

Los límites de nuestro mirar

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  Los límites de nuestro mirar A muchas opiniones la vida les dura apenas una fracción de la confianza con la que fueron pronunciadas. Otras envejecen tan mal que terminan soplando, como el viento en proa, contra quien las formuló. La historia está llena de ejemplos. Los primeros impresionistas fueron recibidos con burlas por buena parte de la crítica. Vincent van Gogh murió prácticamente ignorado. Los Beatles fueron rechazados por algunas compañías discográficas convencidas de que los grupos de guitarras habían dejado de interesar al público. Enrique Murillo, entonces lector para Planeta, desestimó el manuscrito de La sombra del viento al considerar que despertaría escaso interés entre los lectores. Años después reconocería públicamente su error. Lo cierto es que ninguno de estos juicios consiguió detener lo que terminó ocurriendo. Esas opiniones terminaron dejando de hablar de las obras que pretendían juzgar para empezar a hablar de quienes las juzgaron. Tal vez el prob...

Lo que aparecerá después

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  Lo que aparecerá después Quien hizo esta fotografía no vio la sombra de la torre sobre el aspa. Miró hacia arriba, calculó el encuadre y apretó el disparador en el momento que consideró oportuno. Las aspas giraban demasiado deprisa y el ojo, con las limitaciones de quien se cree dueño de cuanto mira, apenas alcanzaría a distinguirlas. Mucho menos aquella sombra cruzando una de ellas durante una fracción de cualquier segundo. Pero la cámara sí. La cámara se quedó con ese instante y lo guardó donde nadie podía verlo todavía. Durante algún tiempo, aquella sombra existió únicamente dentro de una película enrollada. Hubo que entrar después en un cuarto oscuro, abrir el carrete, sumergir la imagen en líquidos y esperar. Resulta extraño que para ver algunas cosas sea necesario apagar primero la luz. Entonces apareció la torre poco a poco. Primero una forma incierta. Después los hierros, las crucetas, la cabina y aquellas aspas detenidas en un movimiento que el viento nunca quis...

Pensando al oscuro

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  Pensando al oscuro A veces siento que, para pensar de verdad, hay que meter las manos dentro de la cabeza. No para sacar las ideas, sino para amasarlas. La mayoría empiezan siendo un puñado de pensamientos secos que han de remojarse. Hay que apretarlas, aflojarlas y retorcerlas. Y volver a empezar. Las ideas se resisten igual que el gofio seco se pega al paladar. A esa agua convendría añadirle un poco de tiempo, otro tanto de memoria y muchas voces ajenas, igual que en una pella de gofio caben la sal, la miel o el queso. Hay pensamientos que necesitan incluso reposar. No porque dejen de amasarse, sino porque siguen revolviéndose ellos solos a escondidas. Uno se marcha creyendo que los ha dejado donde estaban y, al regresar, descubre que durante la noche han cambiado de sitio y de consistencia. Llama la atención que el zurrón conserve la forma de lo que un día estuvo vivo. En la piel curtida del baifo, la barriga aún sigue ahí, doblándose sobre sí misma mientras las mano...