Entradas

Sin nombres

Imagen
  Sin nombres Hace algún tiempo llegó a mis manos esta fotografía. No sé quiénes son las personas que aparecen en ella. Tampoco sé quién tomó la imagen ni por qué motivo decidió hacerlo. Sí conozco el lugar exacto, pero desconozco la fecha y las circunstancias. No sé siquiera cómo ha conseguido llegar hasta mí después de tantos años. Y, sin embargo, aquí está. La observo una y otra vez intentando encontrar alguna respuesta entre sus detalles: una yunta de vacas, el timón del arado sobre el que se apoya una mujer, un hombre que sostiene la aguijá. Al fondo distingo un naranjero y sus naranjas. Todo eso puedo nombrarlo. Pero a las personas no. Y quizá sea precisamente eso lo que me hace seguir mirándola. Porque, aun sin saber quiénes fueron, de algún modo representan a todos aquellos cuyos nombres se han borrado mientras permanecen las huellas de su paso por la tierra. Las fotografías antiguas tienen la costumbre de empujar mi imaginación. Observo durante mucho tiempo a...

Seguramente….

Imagen
  Seguramente…. Seguramente todo no empieza cuando se le pone un nombre ni termina cuando creemos haberlo olvidado. Existe también aquello que se sostiene en otro lugar: lo que se repite sin hacerse notar, lo que se aprende sin que nadie lo señale y lo que encuentra su camino por sí mismo. Pero, seguramente, hayamos olvidado dónde está ese otro lugar. Seguramente muchas veces parecemos seres que habitan en otra dimensión que nada tiene que ver con lo que somos. Y aunque salgamos de ella con mala conciencia, pronto se nos pasa. Es transitoria, nos decimos, y menos mal que el olvido actúa rápidamente: como los buenos analgésicos que alivian antes de preguntarnos qué nos duele. Seguramente por eso llega un momento en que dejamos de reconocer el lugar donde estamos. No porque el mundo haya cambiado de golpe, sino porque lo ha hecho poco a poco mientras mirábamos hacia otro lado. Entonces nos descubrimos cansados, con la sensación de haber permanecido demasiado tiempo en una...

La infinita ignorancia

Imagen
  La infinita ignorancia Se requiere una enorme disciplina para convertirse en un ignorante supremo y absoluto. Mucho más esfuerzo del que podríamos imaginar si no fuéramos todavía tan escasamente ignorantes. No basta con desconocer ciertas cosas ni con desinteresarse por ellas. La ignorancia verdadera exige una entrega constante, una vigilancia feroz contra cualquier indicio de comprensión, memoria o estudio. Es, en realidad, una forma de militancia permanente: contra la duda, contra el pensamiento y, sobre todo, contra cualquier posibilidad de agradecimiento. El primer paso consiste en renegar de quienes nos precedieron. Resulta imprescindible negar que nuestra existencia dependa de nadie. Los progenitores deberán convertirse entonces en figuras absurdas, en obstáculos levantados contra nuestra supuesta libertad. Si decidieron traernos al mundo, habrá de afirmarse que aquello obedeció únicamente a un impulso biológico, a un instante de deseo lujurioso o de descuido. Jamás ...

La última punta

Imagen
La última punta Él estaba en una cama de hospital. Fui a verlo y me dejaron entrar en su habitación. En un inútil intento por animarlo, le dije que todo saldría bien; que pronto mejoraría y que, dentro de poco, estaría otra vez en su casa. Pero me respondió con aquella voz calmada que siempre tuvo. Me dijo que no sería así. Me dijo exactamente: —Amigo Eduardo, de esta no salgo. Después habló hacia algún lugar que yo no podía ver. Dijo: “mamá”… “mamá”… dos veces. Y cerró los ojos. En aquel instante fui incapaz de comprender que acababa de enseñarme la última punta. Y no puede haber federación, asociación ni institución alguna que trate de distinguirme con el título de maestro del juego del garrote. El verdadero maestro ya me había consagrado con una titulación imposible de superar: me llamó “amigo”. De todos modos, he de reconocer que fui un mediocre practicante, un insulso monitor y hasta un sinvergüenza para las muestras. Cualidades, sin embargo, que no me han ev...

Los libros que aún no has escrito

Imagen
Los libros que aún no has escrito Hay poemas que, al leerlos, te atraviesan. Y hay poetas que te permiten respirar entre sus versos como si el aire fuese a entrar en tus pulmones justo después de haber terminado de leer. Esto me sucede contigo. ¿Cómo escribir, entonces, una reseña sobre alguien cuya poesía parece adelantarse a las propias palabras que uno intenta emplear ahora? ¿Qué decir de quien convierte la herida y la ternura en una misma materia? Quizá no quede otra salida que aceptar el hermoso fracaso de todo comentario verdadero: intentarlo aun sabiendo que nunca podrá abarcar del todo aquello que lo ha conmovido. Tus textos tienen algo extraño y difícil de explicar. Parecen escritos desde un lugar donde la literatura todavía conserva temperatura humana: ni tan poca como para quedar aletargada ni tanta como para que la fiebre termine delirando en uno. Se siente que en ellos hay tinta, pero también arcilla y barro, viento y calma, noches sin dormir y sueños despier...

Feria compartida

Imagen
  Feria compartida Hay días que no se anuncian ni con estruendos ni con promesas grandes. No tanto por lo que ocurre —una presentación, una mesa, unos libros abiertos—, sino por lo que se reúne debajo de todo eso: el tiempo que ha ido dejando poso en las páginas, las manos que lo han ido sosteniendo sin saber muy bien hacia dónde iban y ese hilo invisible que une lo vivido con lo escrito. “Vientos del Sureste” llega a la Feria del Libro de Santa Lucía como llegan las cosas que, más que empujadas, han sido acompañadas. No es un libro que se haya hecho de golpe. Se fue quedando en los márgenes de muchas jornadas, en los silencios después de hablar y en las imágenes que no encontraban su sitio hasta que, sin avisar, lo encontraron. Quizá por eso ahora, al verlo ahí —nombrado, colocado en un cartel, con una hora concreta—, uno no termina de reconocerse del todo en él. Pareciera que el libro supiera más que quien lo escribió. La mañana tendrá más voces. Eso también forma parte...

Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras

Imagen
  Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido. No porque no tengan nada que decir, sino porque han aprendido a decirlo todo con una precisión que no necesita aspavientos. Caminan por la calle como si no ocuparan espacio, pero dejan una huella honda, de esas que no se ven a simple vista y, sin embargo, sostienen. Hay una de ellas que trabaja con los libros como quien cuida un fuego que lleva encendido desde hace siglos. Un fuego que alimentaron Homero y Dante. Cervantes y Galdós. También Víctor Álamo y González Déniz. Y tantas y tantos que no tengo perdón por no citar. A Alicia Llarena sí, porque supe por otros —y no por quien menos presume de haberlo hecho— que el otro día a ella le tocaron sus llamas. Sabe esta persona dónde poner cada palabra, cuándo retirarla, cuándo dejar que arda un poco más. Hace su trabajo con una dedicación que no se anuncia, que no reclama. Y en ese silencio va ordenando el mundo de los otros, afi...