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Alta velocidad hasta el amanecer

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  Alta velocidad hasta el amanecer   He de reconocer que tengo miedo cuando escribo. No miedo de lo que pueda ocurrir después de haber escrito —que también—, sino de lo que pueda decir. Y ese miedo no nació conmigo, puesto que, posiblemente, me llegó hecho, como llegan las advertencias que nadie dice del todo. No lo aprendí pronto, pero ahora sé que hay palabras que no conviene pronunciar de cualquier manera y otras que, aun dichas en voz baja, hacen demasiado ruido. Por eso escribo con cuidado, como quien camina por una casa en la que otros ya están durmiendo desde hace décadas. Tengo miedo de hacer ruido al escribir porque sospecho que muchas veces no digo nada y tan solo amontono palabras como si fueran muebles viejos que nadie quiere tirar. Y cada palabra mal puesta suena como una patada dada a la noche, convertida en un trasto atravesado en el pasillo. Me pregunto si a quienes escriben en los periódicos les pasa como a mí. O a quienes locutan palabras escritas en...

Un día más

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  Un día mas Miguelito nació en 1917. Participó en una guerra de la que aprendió que hablar no siempre era una forma de estar a salvo y regresó a una vida que tampoco ofrecía demasiadas palabras. Fue aparcero: trabajó tierras que no eran suyas, aceptó repartos injustos y aprendió a medir la dignidad en gestos pequeños, casi invisibles. En la imagen está sentado: con la cabeza inclinada y pelando papas con una concentración que le enseñó todo lo necesario. No hay ceremonia ni nostalgia. Las manos hacen lo que saben hacer desde siempre. El cuchillo avanza sin prisas, como queriendo no desperdiciar el tiempo. Cada tira de cáscara cae en silencio, igual que cayeron antes otras cosas. Nunca contó batallas y lo que vio en el frente no se lo colgó en la suya. No dejó relatos, ni fechas, ni nombres. Pero su cuerpo conservó la memoria: la forma de sentarse, el ahorro del movimiento, la manera de ocupar poco espacio. Murió con noventa y cuatro años y en esta escena no parece un supe...

Habitar la intemperie

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  Habitar la intemperie Seguramente nunca empezamos del todo. Y cuando creemos hacerlo, siempre terminamos llegando a mitad de algo: a mitad de una frase ya dicha por otros, de un gesto heredado sin saber muy bien de dónde viene o de una costumbre que repetimos sin conocer exactamente cuándo empezó a pertenecernos. Llamamos identidad a ese lugar donde atracamos como si fuese una orilla firme cuando en realidad no es más que un remolino donde se juntan muchas aguas. Y en ese lugar nos decimos que somos de ahí, nombrando lo propio con una actitud defensiva y convencidos de nuestro nombre. Seguramente no seamos más que un fragmento, un capítulo arrancado de un libro que no terminará de escribirse. Lo que consideramos como nuestro es algo prestado desde hace mucho tiempo. Nada es de ahora porque todo se mezcla siempre con lo que fue antes. Y hay un desasosiego difícil de nombrar cuando sentimos que no pertenecemos a algo. No es exactamente soledad ni abandono. Es más bien la sens...

Escribir para desaparecer

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  Escribir para desaparecer   Juntaba las palabras con la misma desesperación de quien corre bajo una tormenta de la que no puede escapar. Llegaba a casa empapado de ellas. Allí, sentado en la mesa de la cocina, intentaba formar frases tachándolas, borrándolas o cambiándolas por otras que, aunque no dijesen lo mismo, contaban lo de siempre. Así, un texto que pretendía narrar una historia de amor —con verbos que acariciaban, adjetivos apasionados y juramentos eternos— terminaba convertido en la escena de un crimen, salpicada de tinta y sangre a doble página. O como uno de sus poemas sin pies, cabeza ni alma, escrito por nadie para nadie, era recitado por una voz pegajosa desde una emisora de radio que esos mismos nadies sintonizaban. Le pasaba con las palabras lo que a muchas personas con los sueños: que empezaban siendo suyos y acababan en manos desconocidas. A veces pensaba que escribía para decir nada, para esconderse en los márgenes o desaparecer en los espacios entre pá...

CondeCabra

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Condecabra  Ella alza la cara como quien escucha una voz que viene de muy atrás, quizá de un barranco o quizá de una copla aprendida sin saber cuándo ni cómo. No mira al conde ni a su armadura: mira por encima, hacia ese lugar donde se decide lo que una mujer puede y no puede querer. La ley manda, dicen. Pero también manda el pulso que le tiembla en una vena del cuello, en ese latido que en ningún papel viejo nunca se haya escrito. El Conde de Cabra aparece reducido a casco, a metal hueco, a un nombre que pesa más de lo que abraza. Huele a humo desgastado, a historia impuesta, a promesa sin labios. No hay rostro ahí dentro, solo un eco sordo con orejas de a cuatro patas y cornamenta de animal mal herido. La verdadera voz está en otra parte: en la piel tensada de un tambor, en ese aro que rodea su garganta y parece a la vez adorno y cerco. Cada trozo de cuerda sujeta algo: la honra, el qué dirán, la obediencia debida. Pero basta un golpe —uno solo— para que todo empiece a sona...

Pesar menos que el miedo

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  Pesar menos que el miedo El pañuelo rojo al cuello no era para lucirlo sino para aguantar. No era adorno sino desvío: para que lo malo mirase para otra parte mientras el chiquillo dormía. Rojo y bien visible para despistar a la mala leche de quienes, si acaso, tan sólo le permitían decir encarnado al color. Y mientras con un brazo sostenía a la criatura —que dormía ajena porque todavía no sabía que el mundo entraba sin llamar—, con el otro se sostenía a sí misma. No hay descanso en su cara porque cuidar cansa. Decían las abuelas que el quebranto entra en el cuerpo cuando una se descuida. También cuando el cansancio se vuelve costumbre. Tal vez porque no hace ruido. O porque se pega. Por eso el amarre rojo al cuello —hasta en el de las cabras— y el gesto aprendido, como la superstición heredada que no se discute porque no hay tiempo. O por sí acaso. Primero se protege y luego ya veremos. Su padre decía que eso del mal de ojo no era cosa del diablo. Que el diablo ya camina...

Encendamos la dignidad

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Encendamos la dignidad Empieza el año y, como siempre, nos apresuramos a celebrarlo como si arrancar una hoja del almanaque tuviera la capacidad de corregir lo que no hemos querido mirar durante meses. Encendemos luces, decoramos árboles, colgamos muñecos en los balcones y llamamos a todo eso ilusión, como si la alegría pudiera sostenerse a base de bombillas y exageradas mentiras de plástico. Mientras tanto, a pocos metros de esas mismas luces, hay quienes siguen esperando por respuestas que no brillan y soluciones para problemas que no admiten adorno alguno. Empieza el año y, como siempre, hay trabajo que no llega o que llega roto, con horarios imposibles y sueldos que no alcanzan ni para sostener la dignidad. Hay manos dispuestas y cuerpos cansados esperando una oportunidad que siempre se aplaza. Hay hospitales llenos de pasillos y pasillos llenos de silencios. Listas de espera que se alargan y profesionales reventados sosteniendo lo público con unas ganas que ya no sabemos de dó...