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Lo que aparecerá después

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  Lo que aparecerá después Quien hizo esta fotografía no vio la sombra de la torre sobre el aspa. Miró hacia arriba, calculó el encuadre y apretó el disparador en el momento que consideró oportuno. Las aspas giraban demasiado deprisa y el ojo, con las limitaciones de quien se cree dueño de cuanto mira, apenas alcanzaría a distinguirlas. Mucho menos aquella sombra cruzando una de ellas durante una fracción de cualquier segundo. Pero la cámara sí. La cámara se quedó con ese instante y lo guardó donde nadie podía verlo todavía. Durante algún tiempo, aquella sombra existió únicamente dentro de una película enrollada. Hubo que entrar después en un cuarto oscuro, abrir el carrete, sumergir la imagen en líquidos y esperar. Resulta extraño que para ver algunas cosas sea necesario apagar primero la luz. Entonces apareció la torre poco a poco. Primero una forma incierta. Después los hierros, las crucetas, la cabina y aquellas aspas detenidas en un movimiento que el viento nunca quis...

Pensando al oscuro

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  Pensando al oscuro A veces siento que, para pensar de verdad, hay que meter las manos dentro de la cabeza. No para sacar las ideas, sino para amasarlas. La mayoría empiezan siendo un puñado de pensamientos secos que han de remojarse. Hay que apretarlas, aflojarlas y retorcerlas. Y volver a empezar. Las ideas se resisten igual que el gofio seco se pega al paladar. A esa agua convendría añadirle un poco de tiempo, otro tanto de memoria y muchas voces ajenas, igual que en una pella de gofio caben la sal, la miel o el queso. Hay pensamientos que necesitan incluso reposar. No porque dejen de amasarse, sino porque siguen revolviéndose ellos solos a escondidas. Uno se marcha creyendo que los ha dejado donde estaban y, al regresar, descubre que durante la noche han cambiado de sitio y de consistencia. Llama la atención que el zurrón conserve la forma de lo que un día estuvo vivo. En la piel curtida del baifo, la barriga aún sigue ahí, doblándose sobre sí misma mientras las mano...

A regatón muerto

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  A regatón muerto Esta imagen —rescatada de una página periodística del año 91— me produce la sensación de que el regatón no sirve para nada. No está clavado en la tierra, ni apoyado en ningún risco, ni siquiera buscando una grieta donde encajarse. No afirma el garrote y menos aún sostiene a quien a este se agarra. La punta metálica que un herrero un día calentara, golpeara en el yunque y luego templase para que mordiera el suelo anda aquí por el aire. El hombre también. Sería adecuado aclarar —dada mi manía de saltar al vacío sobre un texto y que ustedes conozcan de antemano lo que mi mano no escribe— que se denomina regatón, también puya o puyón , al implemento metálico insertado en la parte inferior del garrote y que sirve para fijarlo en el suelo, clavarlo con total seguridad o, simplemente, apoyarlo. Añado, además, que se compone normalmente de dos partes: el cubo , ese tramo de forma cilíndrica —con cierta tendencia a lo cónico— que recibe el encajamiento de la madera...

Desokupando al mar

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  Desokupando al mar Primero tenemos que estropear un poco muchas cosas, pariente, en un intento por conservarlas. Fíjese usted en el bucio de la fotografía: está limpito. Limpito y fijado que da esplendor, como dirían los ilustres académicos de una lengua que dará gusto hasta besarlo con ella. No queda en él rastro de algas, ni costras, ni pequeños animales empeñados en vivir sobre un animal que ya no vive. Alguien ha raspado su superficie, ha insistido en los recovecos y hasta parece haberle devuelto un brillo que nunca tuvo mientras andaba por el fondo. Después lo colocaron delante de un paño negro y encendieron una luz. El resultado es hermoso. Demasiado hermoso, quizás. El caso es que el mar no entrega las cosas así. Las devuelve sucias de haber vivido. Una madera nos llega mordida, miles de botellas cubiertas de sal y sin mensajes, una soga endurecida y una caracola cargando sobre la espalda medio fondo marino. El mar debe de tener esa manía: en lugar de borrar, añade....

Bucios de hueso

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  Bucios de hueso Desengañémonos, pariente, porque no están los bucios para vender pescado por las calles ni las calles ya para la venta ambulante. Tampoco para oír el vaivén de las olas al pegar la oreja en su boca. Nos decían que así podíamos escuchar el sonido del lugar donde nacían las caracolas. Y que el mar seguía viviendo dentro de ellas incluso tierra bien adentro. Me desengañé esta mañana cuando comprobé que tan sólo era una ilusión sonora. O un espejismo que se ve con las orejas. El caso es que todo sonido necesita un ruido de fondo. Lo terminé de entender en el cuarto de baño con la puerta cerrada: en una habitación sorda, la caracola enmudece. La cocina terminó por romperme el hechizo. Si me acerco al oído una escudilla o una taza grande, será el zumbido de la nevera y el rumor del bajante los que me recuerden el mar de la loza. Es lamentable que el fregadero no sea tan poético como una playa de arena rubia y que la espuma del lavavajillas nada se parezca a l...

La vecina del Bajo B lleva el horizonte puesto

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  La vecina del Bajo B lleva el horizonte puesto Ayer estuve en su casa. Me llamó para cambiar una llave que goteaba en el patio de luz. Yo vivo en el ático. Ella, en el Bajo B. Mientras desmontaba el grifo pensaba que nunca terminaría por amañarse al nuevo lugar donde había asentado el conjunto de sus huesos todos. El cuerpo sí. El cuerpo aprende. Se aprende los pasillos. Se aprende las escaleras aunque apenas las use. Se aprende el ascensor, el ruido de sus puertas al abrirse y cerrarse, el rumor de las tuberías y hasta la hora en que el edificio empieza a desperezarse cada mañana. Se aprende los vecinos. No solo cuando hacen fiesta. También unos días antes, cuando todavía no la han hecho pero ya andan moviendo sillas, entrando y saliendo de sus casas o hablando un poco más alto de lo habitual. El cuerpo aprende incluso aquello que todavía no ha sucedido. Pero hay otra parte a la que no se acostumbra. Creo que tiene que ver con su condición de isleña. Nació en una isla ac...

La casa antes de la casa

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  La casa antes de la casa Una casa empieza antes de ser casa. Empieza el día en que alguien deja de mirar un pedazo de tierra como un solar y comienza a recorrerlo con la imaginación. Donde solo hay piedras, rastrojos y alguna julaga empeñada en jugar con el viento, él ya ve una puerta. Donde el polvo se levanta, imagina una cocina. Donde no existe más que un cercado, escucha las voces de una familia en las cuarterías. La casa nace primero en la cabeza. Después aparecerán unos cachos de palos convertidos en estacas, un rollo de hilo carreto, un metro de madera prestado y un saco de cal. El hilo iba dibujando sobre el suelo el contorno de unas habitaciones invisibles. Aún no había paredes, pero la casa ya ocupaba un lugar. Solo entonces empezaba el trabajo. Había que limpiar el terreno, arrancar los rastrojos y retirar las piedras. Los sachos abrían la tierra. Los picos discutían con las piedras que se resistían a abandonar el lugar donde llevaban siglos enterradas. Los ba...