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La infinita ignorancia

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  La infinita ignorancia Se requiere una enorme disciplina para convertirse en un ignorante supremo y absoluto. Mucho más esfuerzo del que podríamos imaginar si no fuéramos todavía tan escasamente ignorantes. No basta con desconocer ciertas cosas ni con desinteresarse por ellas. La ignorancia verdadera exige una entrega constante, una vigilancia feroz contra cualquier indicio de comprensión, memoria o estudio. Es, en realidad, una forma de militancia permanente: contra la duda, contra el pensamiento y, sobre todo, contra cualquier posibilidad de agradecimiento. El primer paso consiste en renegar de quienes nos precedieron. Resulta imprescindible negar que nuestra existencia dependa de nadie. Los progenitores deberán convertirse entonces en figuras absurdas, en obstáculos levantados contra nuestra supuesta libertad. Si decidieron traernos al mundo, habrá de afirmarse que aquello obedeció únicamente a un impulso biológico, a un instante de deseo lujurioso o de descuido. Jamás ...

La última punta

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La última punta Él estaba en una cama de hospital. Fui a verlo y me dejaron entrar en su habitación. En un inútil intento por animarlo, le dije que todo saldría bien; que pronto mejoraría y que, dentro de poco, estaría otra vez en su casa. Pero me respondió con aquella voz calmada que siempre tuvo. Me dijo que no sería así. Me dijo exactamente: —Amigo Eduardo, de esta no salgo. Después habló hacia algún lugar que yo no podía ver. Dijo: “mamá”… “mamá”… dos veces. Y cerró los ojos. En aquel instante fui incapaz de comprender que acababa de enseñarme la última punta. Y no puede haber federación, asociación ni institución alguna que trate de distinguirme con el título de maestro del juego del garrote. El verdadero maestro ya me había consagrado con una titulación imposible de superar: me llamó “amigo”. De todos modos, he de reconocer que fui un mediocre practicante, un insulso monitor y hasta un sinvergüenza para las muestras. Cualidades, sin embargo, que no me han ev...

Los libros que aún no has escrito

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Los libros que aún no has escrito Hay poemas que, al leerlos, te atraviesan. Y hay poetas que te permiten respirar entre sus versos como si el aire fuese a entrar en tus pulmones justo después de haber terminado de leer. Esto me sucede contigo. ¿Cómo escribir, entonces, una reseña sobre alguien cuya poesía parece adelantarse a las propias palabras que uno intenta emplear ahora? ¿Qué decir de quien convierte la herida y la ternura en una misma materia? Quizá no quede otra salida que aceptar el hermoso fracaso de todo comentario verdadero: intentarlo aun sabiendo que nunca podrá abarcar del todo aquello que lo ha conmovido. Tus textos tienen algo extraño y difícil de explicar. Parecen escritos desde un lugar donde la literatura todavía conserva temperatura humana: ni tan poca como para quedar aletargada ni tanta como para que la fiebre termine delirando en uno. Se siente que en ellos hay tinta, pero también arcilla y barro, viento y calma, noches sin dormir y sueños despier...

Feria compartida

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  Feria compartida Hay días que no se anuncian ni con estruendos ni con promesas grandes. No tanto por lo que ocurre —una presentación, una mesa, unos libros abiertos—, sino por lo que se reúne debajo de todo eso: el tiempo que ha ido dejando poso en las páginas, las manos que lo han ido sosteniendo sin saber muy bien hacia dónde iban y ese hilo invisible que une lo vivido con lo escrito. “Vientos del Sureste” llega a la Feria del Libro de Santa Lucía como llegan las cosas que, más que empujadas, han sido acompañadas. No es un libro que se haya hecho de golpe. Se fue quedando en los márgenes de muchas jornadas, en los silencios después de hablar y en las imágenes que no encontraban su sitio hasta que, sin avisar, lo encontraron. Quizá por eso ahora, al verlo ahí —nombrado, colocado en un cartel, con una hora concreta—, uno no termina de reconocerse del todo en él. Pareciera que el libro supiera más que quien lo escribió. La mañana tendrá más voces. Eso también forma parte...

Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras

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  Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido. No porque no tengan nada que decir, sino porque han aprendido a decirlo todo con una precisión que no necesita aspavientos. Caminan por la calle como si no ocuparan espacio, pero dejan una huella honda, de esas que no se ven a simple vista y, sin embargo, sostienen. Hay una de ellas que trabaja con los libros como quien cuida un fuego que lleva encendido desde hace siglos. Un fuego que alimentaron Homero y Dante. Cervantes y Galdós. También Víctor Álamo y González Déniz. Y tantas y tantos que no tengo perdón por no citar. A Alicia Llarena sí, porque supe por otros —y no por quien menos presume de haberlo hecho— que el otro día a ella le tocaron sus llamas. Sabe esta persona dónde poner cada palabra, cuándo retirarla, cuándo dejar que arda un poco más. Hace su trabajo con una dedicación que no se anuncia, que no reclama. Y en ese silencio va ordenando el mundo de los otros, afi...

Las ausencias que acompañan

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  Las ausencias que acompañan A veces todo ocurre así: uno envía una invitación, un gesto sencillo, una llamada a compartir un momento. Y al otro lado, en ese lugar que no vemos, la vida está sucediendo con una intensidad distinta, ajena a nuestras pequeñas celebraciones. Hay quien responde desde la cercanía festiva y hay quien lo hace desde un lugar donde el tiempo se mide de otra manera. Entonces uno entiende —o empieza a entender— que cada respuesta es también una forma de estar en el mundo. Que hay quien puede acercarse y quien, sin poder hacerlo, está más presente que nunca. Que hay ausencias que no son distancia, sino todo lo contrario: una forma callada de compañía que no necesita ocupar una silla. Y también aprende uno a escribir de otro modo. A decir sin decir. A sostener, aunque sea desde lejos, lo que otros están atravesando. A acompañar sin invadir, como se acompaña a quien camina por una vereda estrecha donde solo cabe uno. Entre todos los mensajes recibid...

Vientos del Sureste

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  Vientos del Sureste … —Esto no es tierra. Esto es castigo. Nadie más dijo algo. No hacía falta. Sus miradas recorrieron las extensas fanegás de tierra como si midieran la extensión de su condena. No había rastros de humedad alguna, aunque la relentá de la noche fuera exagerada en el rocío. No había rastro de nada bueno. El suelo, más que dormido, estaba muerto, como si en muchos años no hubiese sido nombrado por nadie. En silencio, todos llegaron a la misma conclusión: aquello no era un reparto. Era un destierro. Ese día lo vio con la misma claridad con que el sol ya despuntaba: el reparto no era solo de tierras, sino de dignidades. A unos se les da lo que florece. A otros, lo que apenas resiste y existe. Y aunque los repartos hablaran de igualdad, el agua —si algún día llegara a esos terrenos— se detendría, negándose a participar en semejante atropello. El agua diría que en ese páramo nunca fluiría la justicia. El más joven de los aparceros, al ver con impotencia...