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Vientos del Sureste

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  Vientos del Sureste … —Esto no es tierra. Esto es castigo. Nadie más dijo algo. No hacía falta. Sus miradas recorrieron las extensas fanegás de tierra como si midieran la extensión de su condena. No había rastros de humedad alguna, aunque la relentá de la noche fuera exagerada en el rocío. No había rastro de nada bueno. El suelo, más que dormido, estaba muerto, como si en muchos años no hubiese sido nombrado por nadie. En silencio, todos llegaron a la misma conclusión: aquello no era un reparto. Era un destierro. Ese día lo vio con la misma claridad con que el sol ya despuntaba: el reparto no era solo de tierras, sino de dignidades. A unos se les da lo que florece. A otros, lo que apenas resiste y existe. Y aunque los repartos hablaran de igualdad, el agua —si algún día llegara a esos terrenos— se detendría, negándose a participar en semejante atropello. El agua diría que en ese páramo nunca fluiría la justicia. El más joven de los aparceros, al ver con impotencia...

Cosas que se hacen (cuando se puede)

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  Cosas que se hacen (cuando se puede) Cuando se termina de redactar un manuscrito, si se tiene la posibilidad, se publica. Dicho así, parece un gesto sencillo, casi mecánico. Pero entre una cosa y la otra suele mediar un tiempo difícil de medir: no el de los días o los meses, sino ese otro en el que el autor —este yo— aprende a soltar lo que ha sido, durante tanto tiempo, solo suyo. Publicar es, en el fondo, dejar que el texto empiece a desprenderse. Y cuando eso ocurre, cuando el editor convierte el manuscrito en libro, hay otra costumbre: presentarlo. Darle un lugar, una fecha, una hora. Hacer que exista también en ese espacio donde la palabra vuelve a ser voz, donde lo escrito se acerca, por un momento, a quienes lo escuchan. Para eso se hace un cartel, un objeto sencillo donde se ordena lo imprescindible: aquí, tal día y a tal hora. Un modo de decir sin rodeos que algo va a suceder, que algo, de hecho, ya está sucediendo. Este es ese cartel. En él aparece el título: V...

El Tribuno o la insurrección del papel

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  El Tribuno o la insurrección del papel Hay revistas que se leen y revistas que se sostienen. El Tribuno pertenece a estas últimas. Antes de abrirla, ya ha empezado a decir algo: en el peso —¿cuánto pesará, hierbolario?… perdón—, en la textura de sus hojas, en esa decisión casi obstinada de existir en papel cuando todo parece empujarnos hacia la evaporación de lo digital. La dejé ahí, sobre la mesa, rodeada de herramientas que también insisten. Y al volver sobre ella tuve la sensación que el lápiz quedó detenido a medio trazo, entre las dudas que, más que asaltarme, me entretienen con sus asaltos. Es entonces cuando quien realmente me roba la atención es esa figura, en el centro, que no termina de ser del todo imagen. Porque hay momentos —no siempre ocurre— en que la lectura se detiene sin cerrarse. Uno levanta apenas la vista y entonces parece que la revista también mira. No de frente. No del todo. Pero hay algo en ese rostro —trazado a líneas, detenido en una expresión q...

Cuando lo previsto vuelve a encontrar su momento

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  Cuando lo previsto vuelve a encontrar su momento La borrasca llegó sin pedir permiso y, con ella, ese modo suyo de alterar no solo el cielo y la sequía arrastrada durante años, sino también lo previsto. Lo que estaba dispuesto para suceder —los encuentros, las palabras, los gestos compartidos— ha tenido que quedar en suspenso, como si el tiempo, de pronto, hubiera decidido aplazarse a sí mismo, concediéndonos una tregua para celebrar el reboso de las presas y, al mismo tiempo, estar pendientes y ayudar a quienes han sufrido los efectos del temporal. Cumplir con la alerta no ha sido una elección, sino una forma de atender a lo que se impone cuando la intemperie habla más alto que nosotros. Y en ese paréntesis, inevitable, tratamos ahora de recomponer lo interrumpido, de volver a colocar las fechas en su sitio, como quien recoloca piezas después de un golpe. Podemos, no obstante, adelantar un punto de regreso: el miércoles 8 de abril, en el Teatro Víctor Jara, como lugar d...

Un texto incompleto

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  Un texto incompleto   A veces uno escribe como quien deja una puerta entreabierta: sin saber del todo quién entrará ni qué buscará al hacerlo. Hay textos que nacen con vocación de decir algo concreto y otros —quizá los más honestos— que simplemente aparecen, como si respondieran a una necesidad más íntima y cercana al pulso que al discurso. Luego está la lectura: esa otra forma de volver a habitar lo escrito. Y ahí, inevitablemente, surgen los huecos, las ausencias, los nombres que no están. Como si el texto, en lugar de ser lo que es, pasara a ser medido por todo aquello que no dice. No deja de ser curioso: escribimos desde un lugar necesariamente limitado —porque lo somos—, pero se nos lee, a veces, como si estuviéramos obligados a abarcarlo todo. Como si cada palabra debiera rendir cuentas a una totalidad imposible. He escuchado algunas de esas observaciones. Incluso las entiendo. Hay en ellas una forma de atención que no deja de ser valiosa. Pero conviene no perde...

Ignorancia refinada

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Ignorancia refinada Hubo un tiempo —no sé si mejor o simplemente más desnudo— en el que se escuchaba a los mayores por necesidad. También por asombro. Había en sus palabras una forma de aprendizaje que no pasaba por la elección, sino por la carencia: se escuchaba porque no había otra manera de saber. Y en ese escuchar había algo casi honesto, una aceptación implícita de la propia ignorancia. Quizá era eso lo que sostenía todo: saber que uno no sabía. Hoy sabemos de todo. O, mejor dicho, creemos saber de todo. Si uno quiere saber si el barranco bajará con fuerza, ya no acude a quien ha mirado el cielo durante años porque las estelas de los aviones aparecerán y desaparecerán según convenga al argumento de la conspiración. Las alertas son sospechosas porque alguien ha decidido que lo son. Y cualquier medida colectiva —por prudente que sea— se interpreta como una amenaza que vacuna nuestra individualidad. El conocimiento, así, deja de ser una construcción compartida para convertirse...

La implacable seguridad de no saber

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  (Imagen: luna eclipsada por una tierra plana) Hay algo admirable en nuestra condición humana que nos encumbra hasta un grado inconcebible: no sabemos nada y, sin embargo, de lo que no sabemos somos capaces de acertar —con una seguridad impecable— justo en el centro de la diana. Y esto es una habilidad extraordinaria. Una destreza que hemos ido afinando con los años y perfeccionando con una experiencia que no necesita hechos para sostenerse. Hemos aprendido a opinar antes de entender, a concluir antes de escuchar y a explicar sin la molestia previa de preguntarnos si, acaso, hay algo que realmente merezca ser explicado. La guerra —esa que desordena el mundo— la llevamos perfectamente estudiada en nuestra cabeza. No necesitamos mapas, ni historia, ni memoria. Nos basta una frase bien colocada, una certeza con buen sonido y algo que se pueda apoyar con firmeza en la barra de cualquier conversación. Decimos quién empezó, quién provocó y quién tiene razón. Y lo decimos rápido, ...