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Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras

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  Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido. No porque no tengan nada que decir, sino porque han aprendido a decirlo todo con una precisión que no necesita aspavientos. Caminan por la calle como si no ocuparan espacio, pero dejan una huella honda, de esas que no se ven a simple vista y, sin embargo, sostienen. Hay una de ellas que trabaja con los libros como quien cuida un fuego que lleva encendido desde hace siglos. Un fuego que alimentaron Homero y Dante. Cervantes y Galdós. También Víctor Álamo y González Déniz. Y tantas y tantos que no tengo perdón por no citar. A Alicia Llanera sí, porque supe por otros —y no por quien menos presume de haberlo hecho— que el otro día a ella le tocaron sus llamas. Sabe esta persona dónde poner cada palabra, cuándo retirarla, cuándo dejar que arda un poco más. Hace su trabajo con una dedicación que no se anuncia, que no reclama. Y en ese silencio va ordenando el mundo de los otros, afi...

Las ausencias que acompañan

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  Las ausencias que acompañan A veces todo ocurre así: uno envía una invitación, un gesto sencillo, una llamada a compartir un momento. Y al otro lado, en ese lugar que no vemos, la vida está sucediendo con una intensidad distinta, ajena a nuestras pequeñas celebraciones. Hay quien responde desde la cercanía festiva y hay quien lo hace desde un lugar donde el tiempo se mide de otra manera. Entonces uno entiende —o empieza a entender— que cada respuesta es también una forma de estar en el mundo. Que hay quien puede acercarse y quien, sin poder hacerlo, está más presente que nunca. Que hay ausencias que no son distancia, sino todo lo contrario: una forma callada de compañía que no necesita ocupar una silla. Y también aprende uno a escribir de otro modo. A decir sin decir. A sostener, aunque sea desde lejos, lo que otros están atravesando. A acompañar sin invadir, como se acompaña a quien camina por una vereda estrecha donde solo cabe uno. Entre todos los mensajes recibid...

Vientos del Sureste

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  Vientos del Sureste … —Esto no es tierra. Esto es castigo. Nadie más dijo algo. No hacía falta. Sus miradas recorrieron las extensas fanegás de tierra como si midieran la extensión de su condena. No había rastros de humedad alguna, aunque la relentá de la noche fuera exagerada en el rocío. No había rastro de nada bueno. El suelo, más que dormido, estaba muerto, como si en muchos años no hubiese sido nombrado por nadie. En silencio, todos llegaron a la misma conclusión: aquello no era un reparto. Era un destierro. Ese día lo vio con la misma claridad con que el sol ya despuntaba: el reparto no era solo de tierras, sino de dignidades. A unos se les da lo que florece. A otros, lo que apenas resiste y existe. Y aunque los repartos hablaran de igualdad, el agua —si algún día llegara a esos terrenos— se detendría, negándose a participar en semejante atropello. El agua diría que en ese páramo nunca fluiría la justicia. El más joven de los aparceros, al ver con impotencia...

Cosas que se hacen (cuando se puede)

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  Cosas que se hacen (cuando se puede) Cuando se termina de redactar un manuscrito, si se tiene la posibilidad, se publica. Dicho así, parece un gesto sencillo, casi mecánico. Pero entre una cosa y la otra suele mediar un tiempo difícil de medir: no el de los días o los meses, sino ese otro en el que el autor —este yo— aprende a soltar lo que ha sido, durante tanto tiempo, solo suyo. Publicar es, en el fondo, dejar que el texto empiece a desprenderse. Y cuando eso ocurre, cuando el editor convierte el manuscrito en libro, hay otra costumbre: presentarlo. Darle un lugar, una fecha, una hora. Hacer que exista también en ese espacio donde la palabra vuelve a ser voz, donde lo escrito se acerca, por un momento, a quienes lo escuchan. Para eso se hace un cartel, un objeto sencillo donde se ordena lo imprescindible: aquí, tal día y a tal hora. Un modo de decir sin rodeos que algo va a suceder, que algo, de hecho, ya está sucediendo. Este es ese cartel. En él aparece el título: V...

El Tribuno o la insurrección del papel

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  El Tribuno o la insurrección del papel Hay revistas que se leen y revistas que se sostienen. El Tribuno pertenece a estas últimas. Antes de abrirla, ya ha empezado a decir algo: en el peso —¿cuánto pesará, hierbolario?… perdón—, en la textura de sus hojas, en esa decisión casi obstinada de existir en papel cuando todo parece empujarnos hacia la evaporación de lo digital. La dejé ahí, sobre la mesa, rodeada de herramientas que también insisten. Y al volver sobre ella tuve la sensación que el lápiz quedó detenido a medio trazo, entre las dudas que, más que asaltarme, me entretienen con sus asaltos. Es entonces cuando quien realmente me roba la atención es esa figura, en el centro, que no termina de ser del todo imagen. Porque hay momentos —no siempre ocurre— en que la lectura se detiene sin cerrarse. Uno levanta apenas la vista y entonces parece que la revista también mira. No de frente. No del todo. Pero hay algo en ese rostro —trazado a líneas, detenido en una expresión q...

Cuando lo previsto vuelve a encontrar su momento

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  Cuando lo previsto vuelve a encontrar su momento La borrasca llegó sin pedir permiso y, con ella, ese modo suyo de alterar no solo el cielo y la sequía arrastrada durante años, sino también lo previsto. Lo que estaba dispuesto para suceder —los encuentros, las palabras, los gestos compartidos— ha tenido que quedar en suspenso, como si el tiempo, de pronto, hubiera decidido aplazarse a sí mismo, concediéndonos una tregua para celebrar el reboso de las presas y, al mismo tiempo, estar pendientes y ayudar a quienes han sufrido los efectos del temporal. Cumplir con la alerta no ha sido una elección, sino una forma de atender a lo que se impone cuando la intemperie habla más alto que nosotros. Y en ese paréntesis, inevitable, tratamos ahora de recomponer lo interrumpido, de volver a colocar las fechas en su sitio, como quien recoloca piezas después de un golpe. Podemos, no obstante, adelantar un punto de regreso: el miércoles 8 de abril, en el Teatro Víctor Jara, como lugar d...

Un texto incompleto

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  Un texto incompleto   A veces uno escribe como quien deja una puerta entreabierta: sin saber del todo quién entrará ni qué buscará al hacerlo. Hay textos que nacen con vocación de decir algo concreto y otros —quizá los más honestos— que simplemente aparecen, como si respondieran a una necesidad más íntima y cercana al pulso que al discurso. Luego está la lectura: esa otra forma de volver a habitar lo escrito. Y ahí, inevitablemente, surgen los huecos, las ausencias, los nombres que no están. Como si el texto, en lugar de ser lo que es, pasara a ser medido por todo aquello que no dice. No deja de ser curioso: escribimos desde un lugar necesariamente limitado —porque lo somos—, pero se nos lee, a veces, como si estuviéramos obligados a abarcarlo todo. Como si cada palabra debiera rendir cuentas a una totalidad imposible. He escuchado algunas de esas observaciones. Incluso las entiendo. Hay en ellas una forma de atención que no deja de ser valiosa. Pero conviene no perde...