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Jarea

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  Jarea Hace algún tiempo, durante una muestra pública, pedimos a los presentes que sacaran sus teléfonos móviles y buscaran, en la página de la Real Academia Española, una palabra: jarea . Esperamos unos segundos mientras hacían la búsqueda en sus pantallas para terminar confirmando su ausencia. Después les pedimos otra búsqueda: reguetón . Esta vez sí hubo suerte. La comparación podía prestarse fácilmente a la broma aunque no pretendíamos discutir si reguetón merecía estar allí ni convertir un diccionario en una especie de frontera —demasiadas y muy inútiles tenemos ya— donde unas palabras tienen más derecho que otras a entrar. Las palabras llegan a los diccionarios porque se usan, se extienden y terminan formando parte de la lengua de quienes las pronuncian. Nuestro interés estaba precisamente en el otro lado: qué ocurre con aquellas otras todavía utilizadas para nombrar cosas, costumbres y maneras de hacer cada vez menos frecuentes. Llevamos algunas jareas ya preparada...

Caramba con las películas

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Caramba con las películas Muchas veces he escuchado decir que las cucañas recordaban a las tiendas de los indios. Quienes las veían levantadas sobre el terreno, unas junto a otras, encontraban enseguida un parecido con aquellos poblados que habían conocido en las películas de pistoleros: estructuras triangulares terminadas en punta, abiertas por delante y dispuestas sobre un espacio casi siempre desnudo. A mí, sin embargo, esa comparación me costó muchos años entenderla. Por mi condición de nacimiento y crianza, las cucañas formaron parte del paisaje natural que vieron mis ojos desde niño. Estaban allí como estaban los tomateros, las acequias, los majanos de piedras o las personas que iban y venían por los caminos. Para mí no necesitaban parecerse a ninguna otra cosa porque tenían nombre propio. Nunca vi en ellas las tiendas de aquellos a quienes las películas convirtieron tantas veces en blancos del general Custer. Para reconocer aquel parecido habría necesitado conocer prime...

Todo al rojo

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  Todo al rojo. En esta imagen vemos a una mujer, una palangana, un banco y una gota de sangre. Probablemente nos hayamos fijado primero en la gota. Y aunque apenas ocupa espacio, resulta difícil apartar los ojos de ella. Todo lo demás es mucho mayor: el cuerpo de la mujer, sus ropas, la palangana donde ha metido un pie, incluso sus propias manos. Pero basta ese pequeño punto rojo para que nuestra mirada organice todo alrededor suyo. La imagen, sin embargo, contiene una pequeña trampa. Esa gota no reclama nuestra atención únicamente porque sea sangre. La miramos porque alguien decidió dejarla roja. Ustedes la miran porque yo decidí que fuera roja. Todo lo demás lo reduje al gris y, en medio de ese mundo sin color, el rojo adquiere un privilegio extraordinario. Sus ojos no han elegido tanto como creen: yo elegí antes por ellos. Fuera del dibujo ocurre algo parecido. Encendemos el televisor y alguien ha vuelto a colorear la gota. Un político ha dicho algo, otro ha respondido...

Cómoda inocencia

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  Cómoda inocencia Antes de convertirse en cuero, esta piel tuvo una cabra dentro. La protegió del sol, del frío y de las piedras; sintió sobre ella la lluvia y seguramente se arañó alguna vez contra las tabaibas o las paredes de un corral. Durante años fue la frontera entre un animal y el mundo. Después llegaron unas manos, la separaron del cuerpo al que había pertenecido y comenzaron a prepararla para otra vida. El hombre de la fotografía la sostiene abierta delante de sí. Todavía conserva una forma irregular que permite imaginar el animal del que procede, aunque ya no quede en ella movimiento alguno. Podría doblarla, cortarla o transformarla hasta hacer desaparecer casi por completo ese origen, pero mientras permanece así, extendida entre sus manos, resulta difícil contemplarla únicamente como un material. Hay algo en ella que continúa contando de dónde viene. Quizá sea precisamente eso lo que hemos perdido: la cercanía con el origen de las cosas, porque utilizamos cuer...

¿Qué arde cuando arde Juan Grande?

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  ¿Qué arde cuando arde Juan Grande? No debería resultarnos extraño que alguien repare su propio calzado. Un hombre, con los pies directamente sobre las piedras, sostiene entre las manos lo que, precisamente, habrá de separarlos de ellas. Una alpargata descansa en su regazo mientras la aguja entra y sale, atravesando la tela y la suela para volver a unir lo que el uso terminó separando; la otra espera su turno. No parece haber demasiada prisa. Reparar exige tiempo y también una cierta confianza en que lo deteriorado aún puede continuar sirviendo. Durante mucho tiempo esa confianza formó parte de nuestra relación con los objetos. Una rotura no significaba necesariamente el final y antes de desprendernos de algo existía una pregunta que hoy hacemos cada vez menos: ¿se puede arreglar? No se trata de convertir aquella manera de vivir en una estampa amable del pasado. Se reparaba porque las cosas costaban, porque no podían sustituirse continuamente y porque detrás de cada objeto h...

Café sostenible

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  Café sostenible Durante mucho tiempo debimos de estar haciéndolo todo mal. Plantábamos las semillas en la tierra, esperábamos a que lloviera, confiábamos en el sol y, con una paciencia difícilmente compatible con nuestros actuales ritmos de vida, aguardábamos varios años hasta que aquello empezara a producir algo. Menos mal que hemos avanzado. Ahora tenemos la capacidad de meter la semilla directamente en una taza, colocarla debajo de una cafetera y esperar los resultados al instante. Es un procedimiento considerablemente más cómodo, puesto que no es necesario disponer de una finca, conocer las lluvias ni distinguir una tierra fértil de otra que no lo sea. Tampoco hace falta madrugar, agacharse, ensuciarse las manos o esperar estaciones: nos basta con pulsar un botón. La naturaleza, convenientemente organizada, debería comprenderlo. Resulta mucho más tranquilizador ver esas dos pequeñas hojas creciendo sobre el café, porque significa que finalmente hemos conseguido ad...

El árbol que llevó el agua

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  El árbol que llevó el agua Antes de servir para llevar agua, el canal fue árbol. Durante años —durante muchos años— un pino creció en algún lugar de la isla sin saber que, después de haber hundido sus raíces en la tierra y soportado veranos, lluvias y vientos, parte de su tronco terminaría suspendido sobre un barranco. Unas manos lo cortaron, lo convirtieron en una larga viga y vaciaron pacientemente su interior hasta hacer de ella un canal, abriendo en la madera un hueco que acabaría siendo precisamente lo necesario. El agua tenía que llegar de una orilla a la otra, aunque entre ambas se abriera una interrupción del terreno por la que ninguna acequia podía continuar. Quienes dependían de aquel cauce no podían aceptar la geografía como una sentencia y colocaron el pino atravesando el vacío, dejándola correr por sus propias ganas. No nos fue difícil detenernos ante la sencillez de aquella solución. Un árbol convertido en cauce, una viga convertida en puente y el agua —de...