Vientos del Sureste
Vientos del Sureste … —Esto no es tierra. Esto es castigo. Nadie más dijo algo. No hacía falta. Sus miradas recorrieron las extensas fanegás de tierra como si midieran la extensión de su condena. No había rastros de humedad alguna, aunque la relentá de la noche fuera exagerada en el rocío. No había rastro de nada bueno. El suelo, más que dormido, estaba muerto, como si en muchos años no hubiese sido nombrado por nadie. En silencio, todos llegaron a la misma conclusión: aquello no era un reparto. Era un destierro. Ese día lo vio con la misma claridad con que el sol ya despuntaba: el reparto no era solo de tierras, sino de dignidades. A unos se les da lo que florece. A otros, lo que apenas resiste y existe. Y aunque los repartos hablaran de igualdad, el agua —si algún día llegara a esos terrenos— se detendría, negándose a participar en semejante atropello. El agua diría que en ese páramo nunca fluiría la justicia. El más joven de los aparceros, al ver con impotencia...