Cuando se apaguen las luces


 Cuando se apaguen las luces

Inclina la cabeza hacia delante porque así ha trabajado siempre: cerca del suelo, cerca de lo que pasa y pesa, de aquello que a otros les ha pesado demasiado como para dedicarle su precioso tiempo. Sus manos hacen gestos que ya no aparecen en los manuales ni en los prospectos de medicinas. Ni siquiera en las campañas navideñas que nos prometen felicidad sin mencionar de dónde viene, cuáles son sus componentes o el índice de calorías que quemarán nuestros bolsillos. Cada movimiento de sus dedos es una corrección mínima al relato oficial que insiste en que esto ya no sirve, que no es rentable, que no sale a cuenta ni sabe a cuento.

El olvido no nos llega de golpe; llega como esta luz escasa y lateral que, entrando por la puerta, ilumina lo justo para que el oficio sobreviva sin ser visto. Nadie vino a apagarlo: bastó con dejar de mirarlo. Así se desmantelan, rápidamente, las cosas importantes, sin ruido, sin responsables, sin titulares. Porque todo lo queremos tan rápido que borramos los últimos segundos para que el minuto acabe cuanto antes, el lento atardecer para que la noche sea inmediata y del alba tan sólo queremos el día. De la semana ansiamos sábados y domingos, del mes cobrárnoslo y del año su última campanada para alegría de la fiesta. Lo rápido desdeña una tarde de martes cualquiera, una conversación que se alarga con un amigo o una novela de trescientas sesenta y cinco páginas en la que se saborea la lenta melodía. Cada vez cocinamos más deprisa, hablamos con frases recortadas, amamos sin demora y enterramos sin duelo. Hasta el silencio se nos ha vuelto incómodo, como si no supiéramos estar a solas con el tic tac que aún late bajo nuestra piel. Queremos respuestas antes de formular preguntas, remedios antes de enfermar y la meta sin el cansancio del camino. Y así, a fuerza de correr, confundimos la urgencia con la vida.

Aquí dentro, en el suelo, se van acumulando restos de recuerdos, como se acumulan los nombres de quienes sostuvieron la vida cotidiana sin derecho a ser parte de ella. El progreso pasó sin detenerse, dejó polvo y siguió adelante. A otros les tocó quedarse recogiendo lo que aún podía servir. Por eso este hombre no produce nostalgia. Está demasiado ocupado con la dignidad: aquella que, cuando no se convierte en beneficio, se vuelve incómoda. Por eso se arrincona. Por eso se llama atraso a lo que en realidad es memoria en activo.

Afuera es Navidad desde noviembre y es noviembre desde hace demasiado tiempo. Se adelantó todo sin debate ni acuerdo, como tantas otras cosas. Primero fueron unas luces “provisionales”, luego una campaña envuelta en bombones de chocolate y después la ocupación total del espacio. Calles encendidas día y noche, toneladas de electricidad ardiendo para demostrar que se puede pagar. Árboles metálicos que no dan sombra, estrellas sin cielo y mensajes oficiales que hablan de ilusión mientras recomiendan moderación.

Mientras afuera se exige alegría desde primeros del mes pasado y se prolonga el cansancio hasta enero, aquí dentro las manos continúan. Y cuando todo se apague afuera, cuando se desmonten las luces y se retiren las palabras, aquí dentro quedará lo de siempre: polvo, silencio y alguien trabajando con la cabeza inclinada sin que nadie lo mire. Porque mientras estas manos sigan sabiendo qué hacer, algo no encajará en el relato.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 








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