Patrimonio con consentimiento


 Patrimonio con consentimiento

No se puede decir que fuera un pueblo de casas bajas vestidas de blanco porque dinero no había para cal ni tiempo para andar con una escoba en la mano albeando paredes. Nació en gris piedra y gris continuó en bloques de picón y cemento. Gris también las ropas de quienes lo habitaban y gris el negro cuando el tiempo lo desgastaba. Pocas las alegrías y poco duraban cuando aparecían. Y aún poco, muchos años después, siguen durando, como si de una herencia transmitida se tratara al poco tiempo que siempre se les permitió para ella. Porque al paciente trabajo de sus gentes nunca le faltaron quienes estuvieran dispuestos a robarles la que les brotaba por cosas tan simples como llegar a sus casas en busca de un jarro de agua fresca de la talla.

A sus hijos se les siguió robando la risa sencilla de las cosas sencillas. Y si conseguían algo por su cuenta y riesgo, se les convencía de que el mérito no ha sido suyo; que había que ofrendárselo a otros que sabrían cómo administrarlo, por ese desconocimiento mortal al que siempre se ha condenado a los pobres de la tierra. Por esa misma razón, el concejal que aspiraba a mandar más que el alcalde robaba los duros a una peseta, incluso con la promesa de que lo hacía por el bien de que ese duro no se malgastase.

Ahora el robo es distinto. El ladrón se disfraza con las mismas ropas y empuña las mismas herramientas de los robados. Dice defender la tierra labrada, las raíces y el esfuerzo de los otros porque, asegura, es por el bien de todos. Y así llegamos al presente donde no todo robo se comete por la fuerza: la mayoría de ellos necesitan el permiso del engaño. Es entonces cuando a esos otros se les enseña a desconfiar de sí mismos. A pensar que lo suyo no vale. Esa pedagogía del desprecio es tan eficaz que, cuando llegan quienes prometen orden, reconocimiento y protección, muchos bajan la cabeza con alivio. Por fin alguien “sabe”. Por fin alguien “se hace cargo”.

El saqueo moderno funciona así: primero te convencen de que no estás preparado; después te ofrecen ayudarte; finalmente deciden por ti. Y tú, cansado de pelear contra gigantes y molinos, aceptas. No porque seas ingenuo, sino porque estás exhausto. Porque llevas generaciones oyendo que ellos saben más, que mandan mejor y que gestionan con más categoría. Y así se firma la cesión aunque te des cuenta que lo que es bueno para ellos no es bueno para ti.

No faltan tampoco, entre esos otros, quienes, desde la misma pobreza, aspiran a sentarse en la mesa del reparto. Los que confunden reconocimiento con proximidad al poder. Los que repiten el discurso del ladrón creyendo que así dejarán de ser robados. Los que aceptan el cargo, la foto y la palmada en la espalda a cambio de silenciar a los suyos. No son verdugos, pero tampoco inocentes. Son la pieza necesaria para que el expolio no parezca expolio. La voz local que legitima el despojo. El ejemplo perfecto de que “esto se ha hecho de común acuerdo”. Son los otros pobres útiles. Porque sin esos otros, el robo tendría que mostrarse tal como es. Y porque ahora se roba dos veces: una desde arriba y otra desde dentro.

Y lo más perverso es que el sistema se asegura de no ensuciarse las manos. Si algo se pierde, si algo se vacía, si algo se convierte en caricatura, siempre habrá alguien de abajo a quien señalar. Alguien que aceptó. Alguien que firmó. Alguien que se dejó convencer de que aquello ya no le pertenecía del todo. Conviene decirlo sin rodeos: quienes han vivido del desprecio ajeno no pueden permitirse el lujo de reproducirlo entre los suyos. Porque cada vez que alguien acepta ser intermediario del despojo, el patrimonio se aleja un poco más de quienes lo hicieron posible.

No se trata de pureza. Se trata de memoria. De no olvidar que todo lo que hoy se pretende administrar nació sin permiso, sin tutela y sin padrinos. Y que si ahora necesita ser defendido, no es del olvido, sino de quienes lo quieren convertir en propiedad con aplauso incluido. Se trata de recordar que el mayor triunfo del ladrón no es robar: es lograr que el robado crea que ha ganado algo.

P.D: pónganle ustedes los nombres a los unos y a los otros porque hace demasiado frío para pasar por los juzgados.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 






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