Habitar la intemperie


 Habitar la intemperie

Seguramente nunca empezamos del todo. Y cuando creemos hacerlo, siempre terminamos llegando a mitad de algo: a mitad de una frase ya dicha por otros, de un gesto heredado sin saber muy bien de dónde viene o de una costumbre que repetimos sin conocer exactamente cuándo empezó a pertenecernos. Llamamos identidad a ese lugar donde atracamos como si fuese una orilla firme cuando en realidad no es más que un remolino donde se juntan muchas aguas. Y en ese lugar nos decimos que somos de ahí, nombrando lo propio con una actitud defensiva y convencidos de nuestro nombre.

Seguramente no seamos más que un fragmento, un capítulo arrancado de un libro que no terminará de escribirse. Lo que consideramos como nuestro es algo prestado desde hace mucho tiempo. Nada es de ahora porque todo se mezcla siempre con lo que fue antes. Y hay un desasosiego difícil de nombrar cuando sentimos que no pertenecemos a algo. No es exactamente soledad ni abandono. Es más bien la sensación de estar fuera de sitio, como si el mundo continuara funcionando con una lógica ajena y uno no supiera leer las instrucciones. El grupo —cualquiera que sea— no solo nos acoge: nos orienta. Nos dice cómo mirar, cuándo hablar, qué callar. Tal vez la pertenencia no nos haga mejores ni más libres, pero nos da una dirección sin la cual todo se vuelve impreciso y acaba por diluirse. El grupo, incluso cuando oprime, devuelve una imagen reconocible, un reflejo que sostiene.

Fuera del grupo todo parece provisional. Las palabras pesan menos, las ideas no encuentran eco, las decisiones se vuelven excesivamente personales, casi peligrosas. Es entonces cuando comprendemos que la identidad no es una conquista individual, sino un acuerdo. Un pacto que se renueva a diario a través del intercambio: doy para ser visto y recibo para no desaparecer.

Seguramente por eso la vida se parece menos a una historia de amor y más a un libro de cuentas. Una contabilidad silenciosa donde se anotan favores, ausencias, cuidados y deudas que no siempre se dicen y casi nunca se pagan. Y en ese intercambio constante, casi invisible, vamos escribiendo nuestra pertenencia línea a línea, como quien sabe que saldar las cuentas es una manera de existir.

Por eso seguimos discutiendo todavía cómo nombrarnos. Porque en el fondo no debatimos sobre palabras, sino sobre el derecho a no ser reducidos. Sobre la posibilidad de existir sin quedar atrapados en una definición única. Como el personaje que creyó elegir su propio camino y descubrió, demasiado tarde, que otros ya habían decidido qué significaba su gesto. No se fue: lo fueron dejando fuera. Y cuando quiso volver, el grupo ya había cerrado el sentido de su ausencia y bajado la persiana metálica de sus puertas.

Habitar la intemperie no es un aprendizaje ni una elección consciente. Es quedarse sin grupo y sin relato. Sin una etiqueta que ampare, sin un nombre que devuelva una imagen reconocible. Es entender que la decisión ya no le pertenece y que tampoco pertenece ya a ningún sitio. No encaja, no regresa; tampoco es reclamado. Permanece ahí, expuesto, acompañado únicamente de la conciencia desnuda de seguir existiendo sin que nadie lo confirme.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González

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