Un texto incompleto
Un texto incompleto A veces uno escribe como quien deja una puerta entreabierta: sin saber del todo quién entrará ni qué buscará al hacerlo. Hay textos que nacen con vocación de decir algo concreto y otros —quizá los más honestos— que simplemente aparecen, como si respondieran a una necesidad más íntima y cercana al pulso que al discurso. Luego está la lectura: esa otra forma de volver a habitar lo escrito. Y ahí, inevitablemente, surgen los huecos, las ausencias, los nombres que no están. Como si el texto, en lugar de ser lo que es, pasara a ser medido por todo aquello que no dice. No deja de ser curioso: escribimos desde un lugar necesariamente limitado —porque lo somos—, pero se nos lee, a veces, como si estuviéramos obligados a abarcarlo todo. Como si cada palabra debiera rendir cuentas a una totalidad imposible. He escuchado algunas de esas observaciones. Incluso las entiendo. Hay en ellas una forma de atención que no deja de ser valiosa. Pero conviene no perde...