Pesar menos que el miedo


 Pesar menos que el miedo

El pañuelo rojo al cuello no era para lucirlo sino para aguantar. No era adorno sino desvío: para que lo malo mirase para otra parte mientras el chiquillo dormía. Rojo y bien visible para despistar a la mala leche de quienes, si acaso, tan sólo le permitían decir encarnado al color. Y mientras con un brazo sostenía a la criatura —que dormía ajena porque todavía no sabía que el mundo entraba sin llamar—, con el otro se sostenía a sí misma. No hay descanso en su cara porque cuidar cansa.

Decían las abuelas que el quebranto entra en el cuerpo cuando una se descuida. También cuando el cansancio se vuelve costumbre. Tal vez porque no hace ruido. O porque se pega. Por eso el amarre rojo al cuello —hasta en el de las cabras— y el gesto aprendido, como la superstición heredada que no se discute porque no hay tiempo. O por sí acaso. Primero se protege y luego ya veremos.

Su padre decía que eso del mal de ojo no era cosa del diablo. Que el diablo ya caminaba derecho desde la iglesia. Que el problema era la mala sangre y la cabeza caliente de los hombres que son peores que el mismo satanás porque existen de verdad. Que tanto rezo y tanta creencia apagan los colores y los vuelve sospechosos. Que hay protecciones que, de tanto usarse, terminan por señalar. Que, tarde o temprano, aparecerán. Como aparecieron aquella noche y en el corral solo dejaron las cabezas ensangrentadas y las tripas de sus animales. Que no miraron a las ubres llenas de leche para los hijos sino a la carne frita que acompañarían con ron y malos cantos desafinados.

Ella mira de frente. No al niño. A lo que venga. Sabe que no todo se rompe con rezos. Que hay palabras que oscurecen más que alivian. Que el miedo repetido se vuelve rabo y que el rabo pesa. Lo lleva ahí, colgando, como una herencia que no se pidió pero se carga, como la jose que pende de un hilo: por miedo y por darlo.

Pero aun así, pañuelo y rojo continuaron. Porque mientras el niño durmiera, mientras respirara, mientras el cuerpo pequeño pesara menos que el miedo, todo valía para agarrarse a la vida. Y que si había que cargar con el rabo, se cargaba. Que para soltarlo ya habría tiempo. Que cargar con las creencias también era amar.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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