De aquellas tardes
De aquellas tardes
Fueron tardes de un tiempo. Y de otro país porque ya no lo habito sino en recuerdos. De alguna manera me hizo sentirme pastor, acompañándolo en el caminar cuando sacaba el ganado del corral —por las lomas del barranco— hasta donde las cabras mismas decidieran entretenerse. Con el garrote apenas de nuestra medida, porque no hacía falta más ni tampoco era para tanto. La bardina, que había quedado enferma de un mal parto, a nuestra vera y esperando el movimiento de sus brazos. Eso lo supe aquel día en que usted, desde lejos, la dirigía con aspavientos: a la derecha o a la izquierda, según le interesaba. No era pedrera la perra ni, al menos entonces, era usted de tirarlas.
Costó cogerle la confianza, hay que decirlo. Yo le dejaba algunas manadas de matas de millo después de haber cogido las piñas y usted me lo agradecía con templanza. Otras veces, el pan horneado de esa tarde quedaba amarrado en la puerta de la caseta hasta que llegara por la mañana a abrirla. Un día me dijo que le recordaba al que hacía su madre. Una parte de harina de cebada fue el truco del gusto para el recuerdo. El otro fue mayor y obligó a parar el coche en el camino para decírnoslo: que dónde había aprendido yo a manejar el garrote de aquella manera. Fue en el entierro de su primo Manuel, cuando yo aún no sabía que eran primos ni que usted estuviera por allí esa mañana. A partir de entonces comenzaron aquellas tardes que se alargaban hasta bien oscurecidas.
Creo recordar que empecé con los frenillos. Al principio fue una excusa, una manera de esconder otras intenciones. No había que ir directo al asunto, pensé. Con madera de balo, porque era más fácil de encontrar que el cornical. Del trabajo y de sus manos con ellos guardo fotos que siempre disimulé. Para no olvidarme, le decía, porque imaginé que usted no gustaba de cámaras, aunque la mía, bien pequeña, pasaba desapercibida. En una publicación digital quedó incluso un artículo —mal redactado, según mi gusto de ahora— del que no le dije nada. Seguramente se hubiese jodido la confianza.
Después de las cencerras vinieron los collares. Las primeras, por encargo de un amigo que andaba con mucho guineo puesto en ellas —y que terminó reinventándolas en un piano—; los segundos, por puro empeño mío. La vuelta de la correa cosida alrededor de la cabeza, porque así la hacía su padre, y los empalmes decrecientes del cuero terminaron formando dibujos que un día expuse. Tampoco entonces le dije nada. Como tampoco de su imagen en algún que otro folleto impreso que circuló por ahí. Ni atreverme a pensarlo.
Lo de Juan Caballero y su hermano Pancho quedó escrito de memoria. Alguna vez grabé su voz a escondidas —perdóneme—, pero ahora ya no me hace falta oírla para recordarla. Usted sabía que yo siempre llevaba libretas en la talega para apuntar la escasez de memoria. También en ella iban los recados para su prima María, en Cazadores, cuando aún vivía y cuando yo todavía acostumbraba a acercarme por allí.
Del garrote me habló de ellos. Y de Manuel. Y de primos y más primos de ambos. Que usted no quiso saber de su manejo, o decírmelo no quiso. Ahora poco importa. Y de zurrones y batijeros, a Pepe Enrique que me acercara, porque ya le daba apuros segar pescuezos. Que cuando hacía falta y la necesidad se imponía llamaba a otros. Incluso a mí me llegó a embarcar en esos asuntos como yo lo embarqué cuando los pelajes de las cabras y sus nombres. Y otros embarques más cuando las medias de las huertas de pastos del que salí mal parado por mi insolencia.
Se retiró más tarde de su tiempo para jubilarse. La última vez nos vimos en donde las cuarterías de José Antonio. Él le dijo que no iba a dejar de pisar el barranco de sus últimos años de pastoreo. Yo le dije que no terminé por hallar los restos del horno que fuera de su madre en aquella loma escondida en Amurga. Tampoco visité los años que estuvo en Acusa.
Y ayer no quise escribir nada de todo esto y de tanto. Tal vez por respeto, o por no creer que fuera el momento. Porque ayer hubiese escrito que no sabe uno adónde van los amigos a los que la falta de aliento los fallece. Que anoté en mi libreta que algunos, por sus creencias, querrán ir al cielo. Yo, sin dios que me acoja, me apenaba por saber no volver a verlos jamás. Por eso me obliga la memoria —mientras el aire que aún respiro me mantenga— a tenerlos presentes. Entienda mi situación, se lo pido: que yo quedo aquí mientras usted marcha con ellos.
Eduardo González.

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