Un texto incompleto
Un texto incompleto
A veces uno escribe como quien deja una puerta entreabierta: sin saber del todo quién entrará ni qué buscará al hacerlo. Hay textos que nacen con vocación de decir algo concreto y otros —quizá los más honestos— que simplemente aparecen, como si respondieran a una necesidad más íntima y cercana al pulso que al discurso. Luego está la lectura: esa otra forma de volver a habitar lo escrito. Y ahí, inevitablemente, surgen los huecos, las ausencias, los nombres que no están. Como si el texto, en lugar de ser lo que es, pasara a ser medido por todo aquello que no dice.
No deja de ser curioso: escribimos desde un lugar necesariamente limitado —porque lo somos—, pero se nos lee, a veces, como si estuviéramos obligados a abarcarlo todo. Como si cada palabra debiera rendir cuentas a una totalidad imposible. He escuchado algunas de esas observaciones. Incluso las entiendo. Hay en ellas una forma de atención que no deja de ser valiosa. Pero conviene no perder de vista algo esencial: este espacio no nace de una voluntad de representación ni pretende erigirse en voz de nadie más allá de quien escribe. En todo caso, este espacio —hierbolario.blogspot.com— no representa a colectivo, asociación, agrupación editorial ni instancia alguna que requiera consenso previo. Ya me gustaría a mí que así fuera y, más aún, cobrar por ello. Por esa razón, quien aquí escribe no contrasta lo que publica con otras personas ni somete sus palabras a validación externa. Asume, en cambio, algo más sencillo y más arriesgado: la responsabilidad de su propia mirada. También de sus errores.
Es posible, tal vez, que estemos instalados en una irascibilidad constante que no nos permite aceptar algo bastante elemental: que los otros no somos los unos y que los unos no somos los otros. Y que los unos, sin los otros, no seríamos más que una forma de uniformidad —ordenada y profundamente estéril— que poco dice de la complejidad humana. Hay, en esa exigencia de totalidad, una tentación silenciosa de vaciar el texto. De convertirlo en un lugar donde todo cabe y, por tanto, nada importa demasiado. Pero escribir no es elaborar un inventario ni redactar un acta. Es, si acaso, mirar. Y toda mirada implica un encuadre, un fuera de campo que también forma parte de lo que se ve aunque no aparezca en la imagen.
A veces se confunde la omisión con el desprecio cuando no es más que la consecuencia inevitable de mirar desde un lugar propio. No se puede estar en todas partes. Ya me gustaría tener información clara para escribir sobre lo que está pasando en Cuba, hablar sobre la insoportable condición de Palestina o la necesidad ansiosa que tengo de pasarme las decisiones de Trump por el forro de mi estrecho de Ormuz. Pero no se puede nombrar todo sin traicionar aquello que merecía ser nombrado. Por eso este espacio intenta mantenerse en esa frontera: la de lo que se dice y la de lo que queda sin decir. No como un gesto de exclusión, sino como una forma —imperfecta, pero honesta— de escritura.
Y quizá sea precisamente ahí, en ese no llegar a todo, donde todavía es posible que un texto conserve algo de verdad. Porque lo contrario —esa voluntad de abarcarlo todo para no incomodar a nadie— tiene una ventaja indiscutible: nadie se molesta. Pero, con apenas un poco de mala memoria, nadie recordará lo que ha leído.
Eduardo González

Comentarios
Publicar un comentario