Encendamos la dignidad


Encendamos la dignidad

Empieza el año y, como siempre, nos apresuramos a celebrarlo como si arrancar una hoja del almanaque tuviera la capacidad de corregir lo que no hemos querido mirar durante meses. Encendemos luces, decoramos árboles, colgamos muñecos en los balcones y llamamos a todo eso ilusión, como si la alegría pudiera sostenerse a base de bombillas y exageradas mentiras de plástico. Mientras tanto, a pocos metros de esas mismas luces, hay quienes siguen esperando por respuestas que no brillan y soluciones para problemas que no admiten adorno alguno.

Empieza el año y, como siempre, hay trabajo que no llega o que llega roto, con horarios imposibles y sueldos que no alcanzan ni para sostener la dignidad. Hay manos dispuestas y cuerpos cansados esperando una oportunidad que siempre se aplaza. Hay hospitales llenos de pasillos y pasillos llenos de silencios. Listas de espera que se alargan y profesionales reventados sosteniendo lo público con unas ganas que ya no sabemos de dónde la sacan.

Empieza el año y la educación continúa funcionando por pura obstinación. Profesores y profesoras convertidos en diques de contención de un sistema que recorta, improvisa y delega en la vocación personal lo que debería ser política pública. Aulas llenas, tiempo escaso y una responsabilidad enorme que nadie acompaña. Y la cultura, tratada como un lujo prescindible, reduce a los artistas a mera decoración institucional: aplaudidos en actos públicos y ninguneados en la vida real cuando reclaman lo mínimo para vivir de su trabajo sin pedir permiso ni favores.

Empieza el año y el mundo sigue en guerra. Guerras que vemos a distancia, como si ocurrieran en otra vida, pero que se cuelan en el precio de nuestra comida, en el miedo que cruza fronteras y en los cuerpos desplazados que llaman a nuestras puertas. Mientras colgamos luces, caen bombas; mientras hablamos de ilusión, hay ciudades enteras aprendiendo a sobrevivir sin ella. Y aun así, preferimos mirar hacia arriba, hacia  los fuegos de colores artificiales antes que al suelo bajo nuestros pies.

Empieza el año y quizá haya llegado el momento de preguntarnos si tanta luz no será también una forma de cegarnos. Si la decoración funciona como una cortina que oculta lo que no queremos ver: la pobreza que se hereda, la desigualdad que se normaliza, la sanidad que se desgasta, el trabajo que ya no garantiza futuro. Porque los problemas reales no se resuelven con inauguraciones ni con postales ridículas, sin gracia maldita ni bendita verdad, sino con decisiones que incomodan y con políticas que pongan la vida —toda la vida— en el centro.

No se trata de renunciar a la celebración, sino de preguntarnos qué celebramos y a costa de qué. Empieza un año en el que muchas cosas podrían ser distintas si nos atreviéramos a apagar algunas luces y encender otras. No las que adornan, sino las que señalan, las que iluminan al vecino que necesita, al barrio que resiste, al trabajador que espera, al enfermo que aguarda, al mundo que duele, al amigo que no se atreve a llamarnos para pedir ayuda. Tal vez entonces el año nuevo dejará de ser una escenografía repetida y terriblemente aburrida para convertirse, por fin, en algo que merezca la pena intentar. Tal vez, entonces, tengamos algo por lo que felicitarnos.

desde hierbolario.blogspot.com

para Emilio (Budi) Mosquera,

que ya mandó pal carajo

tener que,

“buenamente”,

 soportar lo insoportable,

 Eduardo González.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Tregua y continuidad

El fraude de la vergüenza

La Revoliá: el empeño de la insistencia