Cabezas de fósforo
Cabezas de fósforo Desde muy chico me quedaba dormido dentro de una caja de fósforos. Mi madre me había enseñado a soñar con ellos. Aunque en verdad no fue exactamente así: ella me dejaba encender las velas y eran las velas las que terminaban encendiéndome los sueños. Me gustaba mirar el instante en que sus cabezas se volvían luz después de un destello. Luego la llama creciente de la vela, que empezaba a moverse apenas como si comenzara a respirar. La miraba hasta que la habitación crecía, haciéndose grande en otros lugares. Mi madre, mientras tanto, repetía la misma advertencia que le habían repetido antes las madres de otras generaciones: —El que juega con fuego se mea en la cama… ¡y con fósfaros también! Lo decía con la seriedad de quien transmite una ley certera. Una de esas verdades que nadie se detiene a discutir porque siempre han estado ahí. Pero seguramente fue más poderoso el juego que el miedo a mear. Con los años aprendí que existían otros ...