Cabezas de fósforo


 Cabezas de fósforo 

Desde muy chico me quedaba dormido dentro de una caja de fósforos. Mi madre me había enseñado a soñar con ellos. Aunque en verdad no fue exactamente así: ella me dejaba encender las velas y eran las velas las que terminaban encendiéndome los sueños.

Me gustaba mirar el instante en que sus cabezas se volvían luz después de un destello. Luego la llama creciente de la vela, que empezaba a moverse apenas como si comenzara a respirar. La miraba hasta que la habitación crecía, haciéndose grande en otros lugares.

Mi madre, mientras tanto, repetía la misma advertencia que le habían repetido antes las madres de otras generaciones:

—El que juega con fuego se mea en la cama… ¡y con fósfaros también!

Lo decía con la seriedad de quien transmite una ley certera. Una de esas verdades que nadie se detiene a discutir porque siempre han estado ahí. Pero seguramente fue más poderoso el juego que el miedo a mear.

Con los años aprendí que existían otros fuegos. Las hogueras que hacíamos en los cercados o en los solares nos devolvían a casa oliendo a humo. Solo por San Juan nos permitían regresar así, amparados por las creencias de los mayores que desafiábamos el resto del año encendiendo otras fogaleras. Pero aquella noche que tardaba en llegar parecía que el fuego dejaba de ser una travesura para convertirse en una costumbre.

Ya de mayor conocí otras llamas: las que ennegrecen las cortinas, las que hacen arder los muebles y las que devoran los rastrojos. También las que corren barranco arriba empujadas por el viento. Son fuegos que ya no pertenecen a los sueños. Fuegos en los que los fósforos pierden la cabeza en manos de cabezas perdidas que no arden para iluminar. Son las que cada verano prenden las noticias: un monte ardiendo, árboles desapareciendo bajo una gran nube de humo y el llanto seco de las cenizas.

Me resulta extraño llamar pirómanos a quienes provocan esos incendios cuando las llamas no tienen nada que ver con ellos. Curioso es que el fósforo pierda la cabeza para demostrar que sirve para algo. Con determinadas personas ocurre justo lo contrario: la pierden para que alguien crea que sirven para algo.

Todavía no me he curado del fuego que cabía en la palma de mi mano: el que convierte una sombra en animal y hace que un niño duerma dentro de una pequeñísima caja de cartón. Seguramente sea buena suerte llegar a viejo sin mear la cama. Mucho peor sería llegar sin haber vuelto a encender un solo sueño: ese que arde en la cabeza y deja dormir al monte en paz.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González.


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