Manuel Guedes Rodríguez, presente
Manuel Guedes Rodríguez, presente.
Una de las cuestiones tratadas durante la Jornada del Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria, celebrada tras la reciente declaración de esta práctica como Bien de Interés Cultural Inmaterial —publicada en el BOC del 17 de octubre de 2025—, fue el reconocimiento de las comunidades portadoras incluidas en el expediente. Se subrayó la importancia de distinguir entre la presencia documentada y la mera suposición, especialmente cuando se aborda un ámbito tan sensible como los bienes inmateriales de la memoria insular.
Tal como señaló D. Ángel Rodríguez Fleitas —Inspector de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias allí presente y “preponente”, como apuntó D. Ulises Castro Núñez, en la Jornada— no es suficiente reunir indicios difusos o no contrastados para sostener, por ejemplo, que en todos y cada uno de los veintiún municipios de Gran Canaria existieron practicantes de esta denominación. Si en el expediente figuran determinadas comunidades y no otras, es precisamente porque en esos casos la documentación es clara, verificable y sostenida en el tiempo.
En lo que a mí respecta —aceptando la acusación de “localista” que en ocasiones se me alega—, ruego se me permita el intento de aportar luz sobre una de esas comunidades, representada en la figura de D. Manuel Guedes Rodríguez. Su nombre, sus prácticas y su legado constituyen una pieza esencial para comprender la trayectoria de esta expresión cultural en un territorio concreto. Y su documentación resulta indispensable para completar el mapa real de los portadores del Juego del Garrote en la isla.
Que Manuel Guedes nació, vivió y murió es un hecho innegable. Innegable también lo es que este pastor, afincado en Casa Pastores aproximadamente desde 1929 —año en que sus padres, después de transitar por diferentes lugares de Gran Canaria, terminaron recalando—, fue practicante del juego del garrote durante su infancia y juventud. Tampoco se puede negar que, a partir de 1987, generaciones de jóvenes de aquella década se acercaran hasta él en demanda de conocimientos sobre la materia que nos trae al asunto. La hemeroteca no miente sobre esto: Semanas Homenaje al Pastor, actividades muchas, grabaciones sonoras y visuales, fotografías, homenajes particulares a su persona —que autoridades públicas reconocidas pueden confirmar— y otras tantas versiones de archivos que se pueden consultar sobre el asunto.
Quizás lo más importante sea que, en torno a la figura de este pastor, se creara la Escuela de Garrote La Revoliá. Este colectivo —cuya existencia fue negada hasta tres veces antes de que el gallo cantara— es la prueba más palpable de la continuación de su legado —y, por tanto, de su línea transmisora— hasta la actualidad. Y, desde las publicaciones realizadas en este “hierbolario” se intenta dar constancia de la realidad de su existencia como de sus existires. Todo ello constituye una evidencia que no es una mera suposición, tal y como bien lo han entendido quienes, en su condición de “técnicos” del patrimonio, así lo han reconocido.
Llegados a este punto, conviene preguntarse qué significa realmente “reconocer” a una comunidad portadora. No se trata únicamente de consignar un nombre en un expediente ni de otorgar un sello institucional a quienes custodian una práctica. Implica, sobre todo, asumir un compromiso con la verdad documentada, con la memoria de quienes transmitieron el conocimiento y con la responsabilidad de evitar que la historia se diluya entre versiones sin fundamento.
Porque cuando se discute sobre la presencia o ausencia del Juego del Garrote en determinados lugares de la isla, en el fondo lo que se debate es algo más profundo: quién tuvo la palabra, quién la mantuvo viva y quién puede acreditarlo. Y, en ese sentido, figuras como Manuel Guedes Rodríguez no solo reclaman un espacio legítimo dentro del reconocimiento patrimonial, sino que lo exigen por derecho propio. Su vida, sus prácticas y el eco que dejaron en quienes lo escucharon constituyen un testimonio que difícilmente puede ponerse en duda sin desconocer la naturaleza misma de la transmisión cultural.
Reconocer a Manuel Guedes Rodríguez y a la comunidad que se formó en torno a él —La Revoliá— no es un gesto “localista” o de creerse “únicos”. Es, simplemente, un acto de justicia documental. Un modo de honrar a quienes enseñaron sin pedir nada, a quienes fueron escuela antes de que la palabra se formalizara, y a quienes —con su propio cuerpo, su propio garrote y su propio tiempo— sostuvieron una práctica que hoy, por fin, recibe el valor institucional que merecía.
Convencido estoy, además, de que la Escuela de Garrote “La Barranquera” como la de la “Familia Maestro Paquito Santana”, pueden documentar su propia realidad. Las páginas de hierbolario.blogspot.com están a su disposición para, faltaría más, hacérnoslo saber.
Y mientras tanto, allí donde alguien alza un garrote para recordar cómo se movía aquel pastor de Casa Pastores, su nombre vuelve a decirse. En cada giro, en cada amago, en cada cruce de garrotes, algo de su aliento sigue enseñando. Porque hay hombres que no se van del todo: permanecen en la forma de un gesto, en el temblor de una palabra heredada y en la línea invisible que une a quien aprendió con quien enseñó.
Por eso, cuando La Revoliá vuelve a hacer sonar sus garrotes, Manuel Guedes Rodríguez vuelve a hacerse presente.
para hierbolario.blogspot.com
Eduardo González

Comentarios
Publicar un comentario