Un cumpleaños compartido


 Un cumpleaños compartido

Ayer, durante la Jornada del Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria celebrada en la sala Nelson Mandela, en el Teatro Víctor Jara, unas palabras resonaron con una fuerza especial. Al concluir su intervención, Eliezer Medina dedicó un agradecimiento a quienes, hace ya décadas, ofrecieron su tiempo y su paciencia para enseñar a manejar el garrote a muchachos que apenas empezaban a descubrirlo. Aquella gratitud no fue un simple gesto: fue la convicción firme de que existe un hilo que no se ha roto.

Hoy, mientras intento escribir una pequeña crónica de lo sucedido ayer —en la que podría extenderme en la profunda honestidad de Ángel Rodríguez Fleitas, con su clara visión sobre el patrimonio cultural y su protección; o en la actitud concreta y limpia de Ulises Castro, cuya moderación fue precisa y respetuosa; o incluso en el interés sincero de todas las personas allí presentes— no se me ocurre otra cosa que volver al agradecimiento del compañero Eliezer Medina y sumarme a él.

Porque el juego del garrote no se sostiene en discursos o en actos solemnes —todavía no somos tan ingenuos—. Se mantiene con la generosidad de quienes, sin pedir nada a cambio, dedicaron tardes, madrugadas, cansancios y alegrías a transmitir lo que sabían. Entre ellos —y con el permiso de tantos— quisiera detenerme en la figura de Rosendo Medina.

Rosendo es, y ha sido siempre, un caso aparte: un perretoso entrañable —incansable en sus majaderías— pero con un corazón tan firme como un buen garrote de acebuche. Discute, se enreda, insiste hasta el cansancio y, sin embargo, cuando hace falta, aparece. Nunca te deja tirado ni nunca lo hará. Ese es su modo peculiar —y profundamente honesto— de estar en el mundo.

Durante años acompañó a jóvenes que hoy ya son monitores, profesores, licenciados, practicantes y transmisores de este legado. Lo hizo con esa mezcla tan suya de tozudez y entrega, sin reclamar protagonismos, sin esperar premios, sin imaginar que, con el paso del tiempo, aquellas enseñanzas seguirían vivas en las manos y en la memoria de tantos que ya crecieron.

Por eso, en este momento en que el Juego del Garrote ha sido reconocido como Bien de Interés Cultural Inmaterial, siento la necesidad de recordar a quienes hicieron posible que esta tradición llegara hasta hoy. Son muchos pero —y vuelvo a pedir permiso a esos tantos— el nombre de Rosendo —con su carácter indomable y su lealtad a prueba de mareas, marejadas y mares de fondo hasta el fondo del mismísimo infierno— merece ser pronunciado con todos mis respetos y agradecimientos. Porque gracias a personas como él, lo que hoy celebramos no es solo un título, sino la continuidad de una herencia que sigue viva.

A todos ellos, y en especial a Rosendo Medina —que cumple años desde el uno de diciembre hasta que yo mismo lo haga el veintiséis de enero— habré de darle, armándome con todo el valor de mi sublime ignorancia, las más sonoras y profundas gracias.

Que usted los cumpla, amigo Medina, como se merece: con su teoría del cumpleaños compartido, esa que consigue que nosotros los cumplamos junto a tu pelaje rucio, que el tiempo destiñe por fuera pero no consigue torcer por dentro.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González


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