Un Goya con barro
Un Goya con barro
Como muchas tardes de esos fines de semana en los que me siento en la terraza a escribir mientras finjo escuchar la radio, la noticia del fallecimiento de Celso Bugallo la dio un comentarista deportivo. La emisora era la de siempre: la de tantos partidos narrados al mismo tiempo de los que apenas me entero, quizá por el poco interés que pongo en ellos o porque la verdadera atención está en otro sitio. Pero lo que acababa de oír —como un gol cantado en voz baja— me obligó a dejar el lápiz sobre la mesa y los pensamientos en el aire.
Días después pude aclarar el porqué de aquel comentario colado en mitad de una retransmisión deportiva. Raúl Ruiz —quien fuera jugador de aquel Numancia que, en clara desventaja, plantó cara al mismísimo Barcelona en una final copera— había sido alumno de teatro en un grupo dirigido por Celso en su pueblo. Y, además de narrar aquel gol que nos dejó en silencio, contó que, como director, Celso les dijo que algo faltaba en aquella versión del Flautista de Hamelín con la que se presentaban a un certamen teatral.
La escenografía se componía de un decorado de cartón que representaba una calle en perspectiva. Una calle por la que las ratas, hipnotizadas por la melodía de la flauta, abandonaban el pueblo. Y aquello que buscaban —lo que Celso buscaba— para encontrar el sentido de lo que se quería transmitir no era ni técnica ni color. Faltaba verdad.
La palabra no es elegante, pero es exacta: mierda. Faltaba mierda. La realidad no entra limpia en escena: hay que mancharla. Y alguien del grupo se ofreció a cagar. El cartón acabó cubierto de aquello que nadie quiere ver pero todos pisan. Y con ese cartón —sucio, literal, insoportable— llegaron al mismo espacio donde el teatro se supone que es patrimonio, gloria e historia. Actuaron, ganaron y sostuvieron el tipo durante los largos aplausos.
Celso era eso: el que no separaba el escenario de la calle. El que sabía que el realismo no se aprende en las escuelas, sino en los charcos. El que empujaba a decidir sin prometer nada. Celso Bugallo no enseñó a actuar: enseñó a mancharse.
También estuvo, como director del grupo Zanahodia Teatro Estudio, en Vecindario. Y allí también nos enseñó —a mediados de los años ochenta— a mancharnos en el barro de la calle. Seguramente eso sea lo que más se parece a vivir. Desde aquí no puedo más que desear que esa forma suya, tan poco limpia y tan verdadera, descanse en paz.
desde hierbolario.blogspot.com
Eduardo González
para Celso Bugallo
in memoriam.


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