Alta velocidad hasta el amanecer
Alta velocidad hasta el amanecer
He de reconocer que tengo miedo cuando escribo. No miedo de lo que pueda ocurrir después de haber escrito —que también—, sino de lo que pueda decir. Y ese miedo no nació conmigo, puesto que, posiblemente, me llegó hecho, como llegan las advertencias que nadie dice del todo. No lo aprendí pronto, pero ahora sé que hay palabras que no conviene pronunciar de cualquier manera y otras que, aun dichas en voz baja, hacen demasiado ruido.
Por eso escribo con cuidado, como quien camina por una casa en la que otros ya están durmiendo desde hace décadas. Tengo miedo de hacer ruido al escribir porque sospecho que muchas veces no digo nada y tan solo amontono palabras como si fueran muebles viejos que nadie quiere tirar. Y cada palabra mal puesta suena como una patada dada a la noche, convertida en un trasto atravesado en el pasillo.
Me pregunto si a quienes escriben en los periódicos les pasa como a mí. O a quienes locutan palabras escritas en las emisoras de radio y televisión —que, supongo, las habrán escrito, o se las habrán escrito, antes—. O a quienes las lanzan sin escribirlas apenas. Sobre todo después de una tragedia, con muertos que ya no pueden escucharlas. Tengo curiosidad por saber si tienen miedo a las palabras quienes opinan en tertulias, desde temprano en la mañana hasta el amanecer; quienes comparecen en ruedas de prensa y en pocos segundos dictan sentencias como si fueran verdades. Porque, más allá de esa curiosidad, tengo miedo de que haya personas que no tengan tiempo para tener miedo.
Tal vez tener miedo al escribir consista en cuidar muy bien lo que no nos enseñaron: a decir sin ruido. A tocar el sufrimiento sin hacerlo rugir. A nombrar la memoria sin convertirla en estruendo. Escribir no para romper el silencio heredado, sino para atravesarlo sin dañarlo, como quien abre una ventana muy despacio y deja que entre el aire sin despertar a los muertos. Que lo de ser valiente, me dicen, es decir las cosas alto y claro. Yo no me creo esto, tal vez por escuchar a los más creídos intrépidos largar tal cantidad de estupideces en un momento que termina convertido en horas elevadas al infinito. Y también por oír a tantas poetas echar sus versos del alma sin que se los tenga en cuenta nadie ni nada. O a cantautores que recogen sus guitarras en tantas plazas vacías donde ni a un mísero café se les invita.
Tal vez se confunda el dejar de tener miedo con subirse a la furia. La furia es como un sufrimiento mal curado. No porque sufrir nos vuelva violentos, sino porque el sufrimiento es un animal enrabietado que no encuentra descanso. Un animal heredado que pasa de unos a otros sin pedir permiso y se revuelve contra quienes siguen vivos, como si la vida ajena fuera una provocación. De ahí me viene, seguramente, ese temblor que siento al escribir: no quiero despertarlo por si vuelve a saltar.
Y porque escribir sin miedo es asumir que las palabras, a alta velocidad, no avisan antes de descarrilar.
Eduardo González

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