Escribir para desaparecer


 Escribir para desaparecer 

Juntaba las palabras con la misma desesperación de quien corre bajo una tormenta de la que no puede escapar. Llegaba a casa empapado de ellas. Allí, sentado en la mesa de la cocina, intentaba formar frases tachándolas, borrándolas o cambiándolas por otras que, aunque no dijesen lo mismo, contaban lo de siempre. Así, un texto que pretendía narrar una historia de amor —con verbos que acariciaban, adjetivos apasionados y juramentos eternos— terminaba convertido en la escena de un crimen, salpicada de tinta y sangre a doble página. O como uno de sus poemas sin pies, cabeza ni alma, escrito por nadie para nadie, era recitado por una voz pegajosa desde una emisora de radio que esos mismos nadies sintonizaban. Le pasaba con las palabras lo que a muchas personas con los sueños: que empezaban siendo suyos y acababan en manos desconocidas. A veces pensaba que escribía para decir nada, para esconderse en los márgenes o desaparecer en los espacios entre párrafos, como esos torpes magos que se meten dentro de una jaula rodeada de cadenas y precintada por cincuenta candados, pero que olvidan cómo salir de ella, dejando a la vista el truco bajo los pliegues de la tela que intenta ocultarlo.

Un día decidió participar en un concurso literario. Esta decisión volvió a suponerle varias semanas de ensayos y errores con las palabras. Se pasaba largas horas en una mesa de su cafetería favorita enfrascado en la tarea de redactar el mejor relato del mundo. El caso es que su relato ganó. Pero ganó con tan mala fortuna que esta le mostró cómo el viento se lleva lo escrito sin ni siquiera haberlo leído. Resultó que, mientras escuchaba la emisora que únicamente él sintonizaba, el locutor lanzó a las ondas el texto premiado: aquel que corrigió, cambió y modificó tantas veces en ese intento desesperado que nunca lo llevó a lugar alguno. Pero en ese lugar no aparecía su nombre como autor. Era otra persona quien firmaba lo leído. Alguien que frecuentaba su misma cafetería, que se sentaba en la misma mesa donde, entre cafés y dulces, él tachaba y despachaba sinónimos con adverbios y mucho azúcar, halló, entre las cucharillas y tazas vacías, una copia del relato dispersa en servilletas arrugadas. A ese alguien le gustó el rompecabezas que encontró y, sin dudarlo ni un instante, estiró los trozos de papel y recompuso el texto para remitirlo al mismo certamen que ofrecía premio. Y acertó con la combinación ganadora.

La ironía fue perfecta. Escribió para desaparecer y lo consiguió. Ahora su cuento era de otro, su voz sonaba desde otra garganta, y él quedaba exactamente donde siempre había estado: en ninguna parte. Pero esa parte, aunque invisible, era suya.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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