Un día más
Un día mas
Miguelito nació en 1917. Participó en una guerra de la que aprendió que hablar no siempre era una forma de estar a salvo y regresó a una vida que tampoco ofrecía demasiadas palabras. Fue aparcero: trabajó tierras que no eran suyas, aceptó repartos injustos y aprendió a medir la dignidad en gestos pequeños, casi invisibles.
En la imagen está sentado: con la cabeza inclinada y pelando papas con una concentración que le enseñó todo lo necesario. No hay ceremonia ni nostalgia. Las manos hacen lo que saben hacer desde siempre. El cuchillo avanza sin prisas, como queriendo no desperdiciar el tiempo. Cada tira de cáscara cae en silencio, igual que cayeron antes otras cosas.
Nunca contó batallas y lo que vio en el frente no se lo colgó en la suya. No dejó relatos, ni fechas, ni nombres. Pero su cuerpo conservó la memoria: la forma de sentarse, el ahorro del movimiento, la manera de ocupar poco espacio. Murió con noventa y cuatro años y en esta escena no parece un superviviente ni un testigo de la Historia. Tan sólo un hombre cumpliendo una tarea mínima: pelar una papa como quien cumple con el mundo sin pedirle nada.
La escena no busca ser recordada. Nadie posa, nadie mira a cámara. Todo sucede como si no hubiera testigos. Quizás porque no fue hecha para durar. Quizás porque sólo pretendía sostener un día más. Tal vez por eso permanece.
Eduardo González

Comentarios
Publicar un comentario