Las palabras que se quedaron
Las palabras que se quedaron
Aún sigue sorprendiéndome que las palabras sean las últimas en marcharse.
Aquella noche se bailó como cualquier otra. Alguien pidió una pieza más y alguien contestó que ya era muy tarde. Mientras hubo música y conversaciones, las parejas entraban y salían por la puerta. Entonces llegó el momento en que las sillas caminaron sobre sus cuatro patas hasta colocarse bajo las mesas y las mesas se arrimaron a las paredes. Los músicos guardaron sus instrumentos. La puerta se cerró y el almacén quedó a oscuras.
Nada parecía distinto a otros sábados. Sin embargo, aquella fue la última vez. Nadie regresó la semana siguiente. Ni la otra. Ni la de después.
El silencio ocupó el lugar que habían dejado todos ellos. Después llegó el tiempo. Llegó el viento por las ventanas que también se habían ido y llegó la lluvia por los agujeros del techo. El polvo decidió instalarse en los rincones. Poco a poco, el edificio fue acostumbrándose a estar solo.
Pero las letras permanecen donde estaban:
«Sala de baile. Discoteca El Ratón».
Imagino que, aunque bien grandes y con los oídos abiertos que tanto escucharon, nunca llegaron a enterarse de lo ocurrido. Nadie les explicó que aquella noche había sido la última. Nadie les dijo que no volverían a anunciar otro baile ni otra fiesta.
Quedaron escritas sobre la pared y ahí continúan esperando.
Esperando por los músicos.
Esperando por los bailadores.
Esperando por el próximo sábado que nunca llega.
Eduardo González

Comentarios
Publicar un comentario