Honoris Causa de la calma


 Honoris Causa de la calma


Hoy me siento infinitamente más sereno. Y esa infinitud de calma deseo compartirla con ustedes, por ver si se les contagia, aunque sospecho —siendo sincero— que lo hago por miedo a perderla. En todo caso, la tranquilidad de mi espíritu se debe a saber que determinado rector ha explicado, con la solemnidad que exige el birrete y la liturgia académica, que un doctorado honoris causa se concede a quien encarna durante décadas “los valores del conocimiento, la cultura y la solidaridad”. Eso me reconcilia con el orden del mundo. Qué alivio comprobar que tales valores pueden alojarse con tanta naturalidad en quien alcanzó la celebridad por vía consorte, por proximidad de corona here-dada y no por los engorrosos caminos de la investigación, la docencia o el pensamiento crítico. La universidad, tan dada a las metáforas, ha encontrado por fin una forma de sintetizar el saber en la genealogía.

Mi tranquilidad crece —casi diría que se institucionaliza— cuando descubro un error de mi memoria: ya no volveré a confundir el nombre del batería de Led Zeppelin. He aprendido, por fin, que no era otro miembro del grupo, sino John Bonham, quien golpeaba la batería con esa mezcla de precisión y estruendo. Nada como una revista especializada para restablecer el orden del pasado y colocar cada golpe de platillo en su sitio.

Pero la paz verdadera, la que desciende como una beca bien dotada, me llega al conocer que un bien patrimonial inmaterial forma parte del programa de unas jornadas universitarias dedicadas, precisamente, a lo inmaterial. No importa que el bien sea citado con el nombre de otro de los componentes de la banda —a mí también me pasa más de lo que quisiera— ni que permanezca en ese estado vaporoso que tanto conviene a lo intangible. Tampoco inquieta que se omita su reciente reconocimiento oficial por parte de la administración autonómica que, casualmente y en boletín publicado al viento de siete islas, lo bautiza públicamente con todas sus letras. De todas maneras, me alegra que la omisión sea también una forma de sutileza: un modo —metafórico otra vez— de preservar el misterio patrimonial sin contaminarlo con datos concretos.

Comprendo entonces que todo es cuestión de archivo. La memoria, por sí sola, es una fuente sospechosa; necesita el respaldo de las hemerotecas, de las declaraciones “rectoras” en Vanity Fair, de los programas oficiales en Instagram y de los discursos investidos de autoridad tipográfica. Solo así puede uno escapar del temido sesgo de confirmación: leyendo todo, creyendo lo necesario y olvidando lo incómodo.

Y en ese ejercicio de consulta universal, donde el dato sustituye a la experiencia y la cita al recuerdo, encuentro una calma nueva, reglamentada, casi administrativa. Una tranquilidad, en definitiva, con membrete y que —habiendo olvidado ya dónde la puse— espero no haber citado fuera de contexto

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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