Crónica sincronizada de una charla


 Crónica sincronizada de una charla 

La charla comenzó con una advertencia sencilla: aquello no iba a ser una intervención breve. Eliezer Medina Moreno —licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria— anunció que necesitaría entre media hora y cuarenta minutos para explicar el proceso seguido en la elaboración del informe que ha permitido declarar el Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria como Bien de Interés Cultural Inmaterial.

Tuve la oportunidad de asistir a aquella exposición, en la que también detalló —con acertada puntería lingüística— el recorrido administrativo del expediente hasta la consecución del objetivo pretendido. Confieso que aquel día no pude prestar toda la atención que hubiese querido a las palabras allí pronunciadas que, dada su barítona oratoria, resonaban en los pasillos que entretuvieron mis quehaceres aquella noche. Sin embargo, la charla fue grabada íntegramente por Este Canal y, gracias a ello, he podido regresar a ella una y otra vez. Después de decenas y docenas de escuchas, de transcribir fragmentos, de detener la grabación para tomar notas y volver atrás cuando algo me parecía importante, me atrevo ahora, al ponerme serio en la atención, con esta crónica a destiempo. No pretendo otra cosa más que reconstruir, con la mayor fidelidad posible, lo allí dicho, tanto para evitar malentendidos posteriores —que dada la ubicuidad y omnipresencia de la inteligencia artificial son inevitables en estos tiempos que nos corren— como para ayudar a esa memoria natural —siempre frágil— que a cualquiera puede jugarnos una mala pasada.

Comenzó Medina su intervención agradeciendo a los asistentes su paciencia. Su intención sería la de explicar algunas de las cuestiones relacionadas con el trabajo que se ha desarrollado para preparar el expediente de declaración mencionado. Desde el primer momento dejó claro que el objetivo del proyecto había sido lograr el reconocimiento institucional de una práctica cultural que, en su opinión, forma parte fundamental del patrimonio de Gran Canaria.

Para contextualizar la importancia de ese proceso, propuso una reflexión inicial que resultó bastante reveladora. Al observar el mapa del archipiélago canario y comparándolo con otros territorios mucho más extensos —mencionó, por ejemplo, China o Portugal— encontramos que en esos lugares también existen prácticas de juegos y combates con palos, algunas con múltiples variantes. Sin embargo, si se tiene en cuenta la relación entre extensión territorial, población y diversidad de estilos, Canarias presenta una situación extraordinaria. Según explicó, probablemente se trate del territorio más pequeño del mundo con mayor variedad de esgrimas de palos.

Se trata de un hecho que, sin embargo, nos suele pasar desapercibido. Medina insistió en que muchas veces los propios canarios desconocemos la riqueza cultural que posee el archipiélago en este ámbito. Para ilustrarlo mencionó el caso de Filipinas, un país formado por miles de islas donde, aun así, apenas se reconocen tres o cuatro variantes principales de combates con palos. Frente a ello, en una sola isla como Tenerife pueden documentarse varias modalidades distintas. Ese contraste, señalaba, debería hacernos reflexionar sobre el valor cultural de lo que tenemos.

Fue precisamente esa reflexión la que dio origen a la idea de solicitar la declaración de Bien de Interés Cultural inmaterial para el Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria. La intención, explicó, era provocar una especie de efecto dominó: que el reconocimiento institucional de esta práctica pudiera contribuir también a reconocer el  valor de otras manifestaciones similares presentes en el archipiélago.

Uno de los objetivos fundamentales del proceso fue devolver el protagonismo a los verdaderos y legítimos portadores de la tradición. Medina Moreno comentó que hoy en día es frecuente encontrar en publicaciones o en internet títulos grandilocuentes —maestro, gran maestro y otras denominaciones semejantes—, pero que, desde su punto de vista, los auténticos maestros fueron aquellas personas que transmitieron el conocimiento en circunstancias mucho más difíciles y que, en los años ochenta, lograron adaptarlo a nuevas generaciones, evitando así que esta práctica desapareciera.

En ese sentido mencionó tres figuras claves: Manuel Guedes, Paquito Santana y Miguel Calderín. Cada uno de ellos, según explicó, aportó algo fundamental a la transmisión de este saber. En el caso de Paquito Santana se conserva, gracias a su figura, una parte importante del repertorio técnico del juego. En Manuel Guedes aparece la recuperación del contexto cultural: los nombres de las técnicas, las historias, las leyendas y ese universo simbólico que rodea la práctica. En Miguel Calderín, por su parte, se encuentra la cadena completa de conocimientos relacionados con la preparación del garrote, desde la selección de la rama adecuada hasta el proceso de enderezarla y convertirla en una herramienta apropiada para la práctica.

A medida que avanzaba la charla —o que avanza esta en mis repetidas visualizaciones— resultaba cada vez más evidente que la comunidad portadora de esta tradición no se limita simplemente a conservar la habilidad de enfrentarse con un palo en las manos. Detrás de esa práctica existe todo un conjunto de conocimientos: el vocabulario específico relacionado con la madera, las técnicas, las formas de nombrar cada movimiento, las historias transmitidas entre generaciones, las especies de árboles utilizadas o los métodos tradicionales para preparar el garrote. Todo ese universo forma parte de un contexto cultural propio de Gran Canaria. Por esa razón, cuando se habla de proteger el Juego del Garrote Tradicional, en realidad se está hablando de preservar todo ese sistema cultural que lo rodea.

Otro de los objetivos del proceso ha sido recuperar lo que Medina definió como una vuelta a lo tradicional. En los últimos años han surgido interpretaciones y variantes que, en algunos casos, se alejan del contexto original de esta práctica. Su intención —aclaró— no es descalificar esas iniciativas, sino recordar que existe una tradición concreta vinculada al mundo de los pastores y a la transmisión oral de determinados maestros. Esa tradición, apuntó, merece ser preservada y reconocida.

Desde el punto de vista histórico, el valor de esta práctica resulta considerable. Existen indicios de que el uso de palos como instrumento de combate o de entrenamiento ya estaba presente en Canarias antes de la llegada de los europeos. Durante el periodo de la conquista y en los siglos posteriores también aparecen referencias documentales que describen prácticas similares. A partir del siglo XV las fuentes escritas permiten seguir con bastante claridad la pista de lo que hoy identificamos como Juego del Garrote. Existen menciones en los siglos XVII, XVIII y XIX que demuestran que se trata de una tradición de larga duración. No obstante, Medina insistió en que conviene ser prudentes: aunque existan indicios anteriores, todavía no se puede afirmar con certeza que exista una continuidad directa entre las prácticas indígenas y las actuales. Ese es un terreno que todavía requiere investigación.

Esa prudencia forma parte, según explicó, de la necesidad de abordar este patrimonio con rigor. Si se quiere dignificar la cultura propia, lo primero es tratarla con honestidad intelectual. Cuando no existen pruebas suficientes, lo más sensato es reconocerlo. Reconocerlo y seguir investigando con toda la seriedad que se requiere.

Uno de los problemas más preocupantes que mencionó es el escaso número de practicantes del Juego del Garrote en Gran Canaria. Si se analiza en términos estadísticos, apenas representa una fracción mínima de la población. Utilizó incluso una comparación muy gráfica: si esta práctica fuera una especie animal o vegetal, estaría técnicamente en peligro de extinción. La declaración de Bien de Interés Cultural pretende precisamente evitar ese escenario y garantizar que este conocimiento pueda transmitirse a las generaciones venideras.

El proceso de solicitud ha tenido además un efecto muy positivo: ha favorecido la colaboración entre las distintas escuelas tradicionales. Durante mucho tiempo cada grupo desarrollaba su actividad de forma independiente. Sin embargo, la preparación del expediente obligó a sentarse, dialogar y trabajar de manera conjunta. Las tres escuelas reconocidas como tradicionales compartieron información y unieron esfuerzos para demostrar ante las instituciones que esta práctica posee un valor histórico, antropológico y etnográfico que merece protección.

Según explicó Medina, ese acuerdo entre escuelas constituye uno de los logros más importantes de todo el proceso.

El informe para solicitar la declaración comenzó a elaborarse en 2021, tras revisar la legislación sobre patrimonio cultural. La ley de Patrimonio Cultural de Canarias parecía ajustarse perfectamente a las características del Juego del Garrote Tradicional. Sin embargo, no existía un modelo estándar para presentar la solicitud. No había un simple formulario que rellenar. Era necesario construir un documento sólido capaz de superar distintos filtros técnicos y académicos.

Para ello se utilizó una metodología propia de la investigación histórica conocida como método etnoarqueológico. Este enfoque combina diversas fuentes de información: documentos escritos, testimonios orales, evidencias arqueológicas y la propia experimentación práctica.

Se revisaron primero las fuentes escritas anteriores a la conquista, las correspondientes al periodo de la conquista y las posteriores. De ese análisis surgió una recopilación de referencias históricas al uso de palos en Canarias. Posteriormente se incorporaron las fuentes orales, es decir, los conocimientos transmitidos por los propios practicantes y por las comunidades portadoras.

También se revisaron materiales arqueológicos conservados en instituciones como el Museo Canario. Aunque existen numerosos restos de madera, ninguno puede identificarse, con certeza absoluta, como garrotes utilizados para esta práctica.

Con toda esa información se elaboró finalmente un informe relativamente breve —de unas treinta páginas— pero suficientemente claro como para que los especialistas encargados de evaluarlo pudieran comprender la naturaleza cultural de esta manifestación.

El documento tuvo que superar varios filtros institucionales. En primer lugar fue revisado por los técnicos de la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria. Posteriormente pasó por los especialistas del área de Patrimonio Histórico del Cabildo de Gran Canaria y, más tarde, por los técnicos del Gobierno de Canarias.

Además, intervinieron dos instituciones consultivas previstas en la propia ley de patrimonio: el Museo Canario y el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. El Museo emitió un informe favorable y el departamento universitario validó la información recogida en dos ocasiones distintas.

En total, el documento pasó por cinco filtros independientes de especialistas —arqueólogos, historiadores, etnógrafos y antropólogos—, lo que demuestra que el trabajo realizado no fue improvisado ni tampoco “inconsistente” como, posteriormente, se quiso dar a entender por opiniones que se opusieron claramente a su declaración.

Además del respaldo técnico se buscó también implicación social. El informe fue enviado a los veintiún municipios de Gran Canaria solicitando su apoyo. Aproximadamente la mitad respondió con avales favorables y, lo más significativo, ninguno presentó discrepancias: todos los acuerdos se adoptaron por unanimidad.

También se solicitaron apoyos a otras entidades. La Federación de Salto del Pastor Canario emitió su aval, así como diversos colectivos culturales. Incluso el Colectivo Universitario de Palo Canario remitió un escrito al Parlamento de Canarias solicitando que el Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria fuese declarado Bien de Interés Cultural.

A esos apoyos se sumaron también colectivos de otras islas del archipiélago —La Palma, Lanzarote, Fuerteventura, Tenerife o El Hierro—, generándose así un movimiento positivo que buscaba que, por primera vez, una de las esgrimas de palo de Canarias obtuviera reconocimiento institucional.

Durante el proceso también surgieron alegaciones en contra. Algunas acusaban al informe de plagio. Sin embargo, Medina explicó que esa acusación parte de un malentendido. En cualquier investigación es necesario revisar toda la bibliografía disponible, tanto la que resulta favorable como la que plantea discrepancias. Citar fuentes y analizarlas no es plagiar: es simplemente hacer un trabajo riguroso.

Las fuentes históricas —como los textos de Leonardo Torriani o Abreu Galindo— no pertenecen a nadie. Pueden ser estudiadas e interpretadas por cualquier investigador, y cada uno puede llegar a conclusiones distintas. Eso forma parte del debate académico.

Otra crítica señalaba que el informe incurría en localismo al destacar a determinadas figuras. Sin embargo, Medina explicó que la elección de los maestros mencionados responde a un criterio claro: son las personas que, a finales del siglo XX, seguían transmitiendo activamente esta práctica y de quienes existe una memoria directa. Si en el futuro aparecen nuevos materiales —fotografías, grabaciones o testimonios— que permitan ampliar ese panorama, deberán incorporarse. Pero el informe debía basarse en evidencias verificables.

También se ha cuestionado que el enfoque sea insular y no regional. Medina defendió que las manifestaciones culturales del archipiélago poseen identidades propias en cada isla y que mezclarlas indiscriminadamente no fortalece la tradición, sino que la diluye. Para ilustrarlo recurrió a un ejemplo muy claro: la alfarería tradicional. La cerámica de Lanzarote, la de La Gomera o la de Gran Canaria comparten técnicas comunes, pero cada una posee rasgos propios que permiten reconocer su origen. Si todas esas características se mezclaran para crear una “alfarería canaria” genérica, desaparecería precisamente aquello que las hace valiosas: su identidad.

Con el juego del palo ocurre algo similar. Los majoreros tienen su forma de jugar, los tinerfeños la suya y los grancanarios otra distinta. Esas diferencias constituyen precisamente la riqueza cultural del archipiélago. Por todo ello, la declaración de Bien de Interés Cultural pretende proteger una tradición concreta con su propio lenguaje, su propio léxico y sus propias características. Alterar esos elementos —introduciendo terminología ajena o reinterpretaciones arbitrarias— significaría modificar la tradición que se pretende conservar.

Las alegaciones presentadas durante el proceso fueron finalmente desestimadas  íntegramente y el expediente continuó su curso hasta alcanzar su aprobación final.

Al terminar la charla me quedó la impresión de que todo este proceso debería invitarnos a reflexionar sobre la necesidad de trasladar este conocimiento al sistema educativo —tal y como propuso Eliezer Medina—, a las instituciones y a la sociedad en general. Durante mucho tiempo la figura del jugador de palo ha estado rodeada de prejuicios y se ha interpretado como una práctica conflictiva o marginal.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. Quienes participan en esta tradición —según quedó claro a lo largo de la exposición— están dispuestos a dialogar, compartir información y colaborar para preservar este patrimonio. La declaración de Bien de Interés Cultural abre además nuevas posibilidades. Permite imaginar la creación de una coordinadora capaz de comunicarse directamente con las instituciones, trasladar necesidades y diseñar estrategias para garantizar la continuidad de la práctica.

Porque, como se recordó también durante la charla, aunque una escuela tenga treinta alumnos eso no significa que la tradición esté a salvo. Solo una parte de ellos llega a desarrollar realmente el juego con profundidad. Y cuando los practicantes son tan pocos, el riesgo de desaparición sigue siendo real. Perder el Juego del Garrote significaría perder una parte importante de la identidad cultural del archipiélago. Por eso resulta necesario defenderlo, estudiarlo y transmitirlo. Y hacerlo, sobre todo, desde la unidad y el respeto hacia una tradición que ha logrado llegar hasta nosotros después de siglos de historia.

Mientras termino de escribir estas líneas vuelvo, por enésima vez, a reproducir la grabación y a contrastar lo escrito con lo que allí se dijo. Si he insistido tanto en esa comprobación es por respeto a las palabras pronunciadas aquella tarde y al esfuerzo realizado por quien las expuso con tanta claridad. Seguramente habrá aspectos discutibles —como ocurre con cualquier trabajo de investigación—, y discutible será también la redacción de esta crónica y su sincronía. Lo que resulta más difícil de cuestionar es la honestidad del intento de quien asumió aquella tarea: explicar, con rigor y con paciencia, cómo se ha construido un expediente destinado a proteger una tradición que ha logrado llegar hasta nosotros después de siglos de historia. En todo caso, quien desee comprobarlo por sí mismo siempre podrá acudir a la fuente original. A fin de cuentas, esta crónica no es más que el eco de una charla que todavía puede escucharse, dada la calidad de la grabación, con total claridad: https://youtu.be/k-sddYQDRqk

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 







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