La última vez


 La última vez

Guardo esta cinta de casete quizá por la misma razón que se conservan los objetos de otro tiempo: uno termina por convencerse de su virtud para guardar el tiempo en su interior.

Un día decidí escucharla. Busqué un reproductor, de esos que todavía aceptan objetos tan obstinadamente analógicos, y la introduje con un cuidado que me sorprendió a mí mismo. Durante un instante dudé. Presioné el botón, pero la voz no sonaba. Lo que salió del aparato fue un sonido irregular, una especie de respiración metálica, seguida de un silencio largo.

Abrí la tapa y entonces vi que la cinta se había escapado. Había salido lentamente de su escondite, deslizándose hacia fuera hasta formar un pequeño enredo oscuro sobre la mesa. Introduje un bolígrafo en uno de los carretes y empecé a girarlo con cuidado, al modo en que lo hacíamos antes cuando las cintas se atascaban. Pero la cinta ya no obedecía. Se doblaba sobre sí misma, como si se negara a volver al lugar donde había guardado aquella voz durante tantos años.

Recuerdo que la última vez que la escuché no sabía que algún día tendría que aprender a echarla de menos. Entonces comprendí que las voces también mueren. No lo hacen de golpe, como solemos imaginar. Mueren despacio: primero en la memoria, después en los objetos que intentaban conservarlas. Y llega un momento en que ni siquiera los aparatos que las guardaban recuerdan cómo devolverlas al mundo.

El problema es que el tiempo, igual que la cinta, termina saliéndose siempre de su escondite. Y cuando lo hace, ya no sabemos dónde vuelve a guardarse. Quizás por eso hice este dibujo: tal vez por si un día me olvido dónde guardo la cinta.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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