Orilla de memoria
Orilla de memoria
Hay herramientas que parecen recién hechas y otras que ya nacen antiguas. Esta lezna, por ejemplo, descansa sobre las piedras de la orilla como salida de un bolso, de una talega o de un zurrón de alguien que se sentó un momento junto al mar. No es un objeto de la prisa ni de ninguna artificiosa inteligencia que hoy nos empuja en el mundo de lo rápido, olvidándose instantáneamente de nosotros mismos.
La madera del mango todavía guarda la memoria del árbol, con un dedal de costurera encajado en uno de sus extremos. Y ni la memoria ni el dedal están ahí por adorno. Mientras el metal hace de anillo y defensa, abrazando la madera para que no se abra, la memoria del árbol nos devuelve el recuerdo del abrazo con el que la corteza lo protegía. No deja de ser curioso: una herramienta hecha para que, cuando se cosen telas, la aguja no nos abra agujeros en los dedos ha terminado protegiendo a otra que abre camino en el cuero. A veces los oficios se prestan cosas sin darse cuenta.
Las piedras, en cambio, continúan con su tarea de redondearse durante siglos. Quizá por eso se entienden bien cuando se las ve juntas. Quizá porque comparten la misma paciencia: mientras unas abren, las otras pasan su vida dejándose atravesar y abrir por el agua. Todas conocen la lentitud del mundo, esa manera que tiene el tiempo de trabajar sin que nadie lo vea.
La madera, el metal y la piedra se han encontrado, por un instante, en la orilla de la memoria. Quizá porque hay trabajos que no se terminan nunca: los que comienzan en las manos y continúan su labor, en silencio, al vaivén de las olas.
Quizá por eso algunas herramientas parecen recién hechas y otras, en cambio, nacen con la impresión de haber estado siempre ahí.
Eduardo González

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