Lo que el agua nos escribe


 Lo que el agua nos escribe


“El agua la cogiamos 

del barranquillo mismo. 

Cuando llovía se mantenía el agua 

de un charco al otro…

y teníamos uno reservao 

pal agua de beber…

y después otro más pa bajo

 pa lavar las empleitas

 y los aros y esas cosas…

y después otro pa lavar la ropa. 


Es que, mi niño,…

pa hacer el queso…

hace falta el agua”


(Fabita Mayor, Pastora) 


A partir de esta memoria concreta, la reflexión se abre hacia una evidencia categórica: el agua es condición de vida. No solo sostiene nuestros cuerpos —compuestos en gran parte por ese líquido que no siempre advertimos—, sino también los sistemas económicos y tecnológicos que hemos construido. Cada alimento, cada prenda, cada dispositivo arrastra una huella hídrica invisible. Incluso el mundo digital, que parece inmaterial, depende de procesos que consumen agua constantemente. Aunque no la veamos, el agua está detrás de casi todo lo que hacemos.

Pero esa es solo la dimensión cuantificable. Junto a los datos y las cifras existe otra realidad más profunda: aquella en la que el agua se manifiesta en comportamientos, conflictos, recuerdos y formas de organización. Es ahí donde interviene la literatura.

Desde los mitos antiguos hasta las narraciones contemporáneas, el agua ha sido frontera, prueba y transformación. A veces metáfora; otras, urgencia concreta que decide la supervivencia. En muchos lugares determina quién vive, quién espera y quién depende de un turno.

Existe además una literatura menos visible: la del reparto. La que se aprende cuando el agua no está garantizada y su distribución exige medida y equilibrio. La cantonera —una humilde estructura hidráulica— encarna esa idea: en ella el agua se detiene para ser regulada y repartida. No distribuye solo litros, sino tiempo y posibilidades. En el gesto de abrir o cerrar una compuerta se juega con una idea de justicia que marcó generaciones enteras.

La literatura no solo pretende explicar técnicamente el funcionamiento del agua ni sustituir a la ciencia o a la sociología. Con ella intentamos también contarnos porqué somos tan inconsecuentes o irracionales, tan inexplicables. Y posiblemente la literatura haya hecho más por la infortunada especie humana que toda la psiquiatría junta. Tal vez explique mejor los problemas que la sociología y la teoría de la lucha de clases intentan comprender desde sus propias categorías. Y no porque esos problemas no existan, sino porque las ciencias sociales y políticas ya lo han explicado a su manera. En cambio, la literatura nos habla de lo que aún nos queda por entender.

Quizá por eso la literatura sigue regresando al agua. Porque mientras haya que medirla, repartirla o esperarla —o desearla desesperadamente—, el agua seguirá diciendo algo de nosotros. Y porque atender a lo que el agua nos escribe —en los libros, en los mitos o en una humilde cantonera— es una manera de preguntarnos qué tipo de mundo hemos construido y qué tipo de justicia hemos aceptado como natural.

De lo que el agua nos escribe —y del agua en la literatura— versará la comunicación que Eduardo González propondrá este sábado, 14 de febrero, a partir de las seis de la tarde, en las “IV Jornadas del Agua”, en Temisas (Agüimes).

para hierbolario.blogspot.com
Eduardo González


Comentarios

Entradas populares de este blog

Tregua y continuidad

El fraude de la vergüenza

La Revoliá: el empeño de la insistencia