Migrar sin permiso
Migrar sin permiso
Dicen que las migraciones del Paleártico hacia el corazón húmedo de África han sido siempre asunto de aves: alas grandes, brújulas internas y rutas que se heredan sin necesidad de mapas. Pero una investigación reciente ha demostrado que una pequeña mariposa, casi invisible frente al tamaño de sus compañeras emplumadas, es capaz de realizar ese mismo viaje milenario. La migradora de los cardos, Vanessa cardui, recorre cada año más de doce mil kilómetros, cruzando dos veces el desierto del Sahara, esquivando tormentas de arena y océanos de calor.
Su travesía es un acto de fe: partir sin certezas, guiada por una necesidad que no es distinta de la nuestra cuando el lugar donde nacemos se vuelve demasiado estrecho, demasiado cruel o demasiado árido para sostener la vida. Hacia finales del verano, esta viajera ligera atraviesa el Mediterráneo y desciende hacia África tropical. Allí pone sus huevos, deja un linaje que crecerá sin conocerla y, llegado el momento, desafiará otra vez las dunas interminables para cerrar el ciclo. (https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.2218280120)
Y es entonces cuando la metáfora se impone: una mariposa que no conoce fronteras traza la ruta que tantos seres humanos emprenden cada año a pie, en pateras o cayucos. Sólo que ella no encuentra vallas, ni alambradas, ni radares, ni manos que la detengan en mitad del mar. Nadie intercepta su vuelo para decidir si merece cruzar o si debe dar media vuelta. Nadie discute si trae suficiente valor, suficiente utilidad o suficiente permiso para seguir avanzando. Su derecho a migrar no se cuestiona: simplemente ocurre porque la vida, cuando pide moverse, no entiende de muros.
La mariposa posada sobre una dama de ajedrez no es un adorno ni un gesto casual. Es una pequeña interpelación a la pieza del ajedrez que representa el poder sofisticado y calculador. La dama —símbolo posible de una Comunidad Europea que dicta normas, administra movimientos y levanta fronteras— queda en jaque por la visita leve de un ser sin pasaporte.
Quizá por eso esta pequeña viajera tenga tanto que enseñarnos. Porque mientras ella cruza el Sahara empujada por el viento, nosotros levantamos barreras incapaces de frenar lo que nace del hambre, del miedo o del deseo de futuro. Vanessa cardui no sabe que su libertad de desplazarse desnuda cualquier frontera. Pero la belleza dura de su ruta —amplia, cíclica e insistente— nos recuerda que migrar no es un delito ni un capricho: es una forma de querer seguir vivos.
Tal vez si aprendiéramos a mirar el mundo con las alas de esta mariposa entenderíamos que ninguna alambrada puede detener aquello que, por pura necesidad, busca un lugar donde florecer.
Eduardo González

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