Escribir como se camina
Escribir como se camina
Al niño lo despertaban desde muy temprano. No hacía falta decirle mucho para que supiera que el día comenzaba antes de que el sol lo fuese iluminando poco a poco. Quizás por eso se levantaba como si siguiera dentro de un sueño. Sentado en la cama, se vestía y se ponía los zapatos a la luz de una vela. Luego salía a la calle y enlazaba con la carretera de tierra por donde caminaba hacia donde la claridad iba creciendo. No sabía que se dirigía hacia el este ni tampoco que los mayores dividían el mundo en cuatro partes para no perderse. O para no perderlo. A él le bastaba con caminar.
Antes que al sol ya había saludado a la perra, a las cabras en la choza del solar junto a la casa y a la vecina de enfrente, que tenía la ventana siempre abierta. Su mundo se le adelantaba al día. Lo reconocía antes de ser visto cuando, después de un ligero desayuno en la cocina, cargaba con el bolso de la comida que su madre enviaba al padre. Luego, con la naturalidad de quien cumple una tarea sin saber todavía que lo es, cogía la carrucha con las lecheras vacías y se encaminaba hacia los terrenos de cultivo.
De alguna extraña manera parecía subirse siempre a la misma carretera, aquella que era más ancha que una vereda y por la que pasaban pocos coches, empujando las piedras hacia el camellón central y limpiando con sus ruedas los laterales, como si quisieran facilitarle el camino. Así era capaz de cerrar los ojos unos segundos y seguir caminando sin tropezar. Al principio eran apenas instantes; después, los segundos se alargaban y el niño aprendió a andar casi dormido, confiando en que el camino estaría ahí cuando volviera a abrirlos.
Con los años supo que aquel caminar tenía un nombre. Que existían mapas y distancias, horas exactas y palabras hechas para fijar las cosas y no perderlas. Supo que el este era un lugar y no solo una claridad creciendo. Que el mundo podía medirse, dividirse y explicarse. Pero nada de eso estaba en aquel niño que avanzaba con los ojos cerrados, confiando en una carretera que no necesitaba ser nombrada para existir.
El niño creció. Y al crecer sintió la necesidad de contar todo aquello. No para explicar cómo eran los caminos, sino para recuperar la sensación de andar sin ver, de saludar a un mundo que no exigía pruebas ni definiciones. Tal vez por eso empezó a escribir. Y tal vez por eso, ya de mayor, continúa escribiendo: para decir lo que no sabía decir entonces. Para dejar constancia de que hubo un tiempo en el que el mundo era grande sin ser medido y en el que un niño podía caminar hacia la luz sin saber su nombre, guiado únicamente por la certeza —tan frágil y tan exacta— de que el camino siempre estaba ahí.
Eduardo González

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