La implacable seguridad de no saber


 (Imagen: luna eclipsada por una tierra plana)


Hay algo admirable en nuestra condición humana que nos encumbra hasta un grado inconcebible: no sabemos nada y, sin embargo, de lo que no sabemos somos capaces de acertar —con una seguridad impecable— justo en el centro de la diana. Y esto es una habilidad extraordinaria. Una destreza que hemos ido afinando con los años y perfeccionando con una experiencia que no necesita hechos para sostenerse. Hemos aprendido a opinar antes de entender, a concluir antes de escuchar y a explicar sin la molestia previa de preguntarnos si, acaso, hay algo que realmente merezca ser explicado.

La guerra —esa que desordena el mundo— la llevamos perfectamente estudiada en nuestra cabeza. No necesitamos mapas, ni historia, ni memoria. Nos basta una frase bien colocada, una certeza con buen sonido y algo que se pueda apoyar con firmeza en la barra de cualquier conversación. Decimos quién empezó, quién provocó y quién tiene razón. Y lo decimos rápido, no vaya a ser que alguien nos interrumpa con datos. Lo decimos con la autoridad impecable de quien no ha visto nada, de quien no ha perdido nada y de quien, llegado el caso, no tendría que responder por nada. Y aun así hablamos como si estuviéramos allí. Como si hubiéramos estado siempre.

Y cuando llega el viento y la borrasca —con su nombre, su apellido y su recorrido— también la conocemos de antemano. Sabemos que las advertencias son exageraciones, que el aviso es innecesario y que el peligro no tiene nada que ver con nosotros. Lo desmentimos en voz alta sin levantarnos de la silla. Decimos que no será para tanto. Que exageran. Que otras veces anunciaron lo mismo y no pasó nada. Reducimos el cielo a una anécdota y la lluvia a una sospecha infundada, capaz incluso de suspender carnavales, cerrar colegios y regalarle el día a los funcionarios. Como si el tiempo tuviera que justificarse ante nosotros y el viento tuviera que pedirnos permiso para soplar.

Hay en todo esto una soberbia pequeña, casi doméstica, pero obstinada. No aspiramos a comprender el mundo: nos basta con amaestrarlo a golpe de opinión. Convertir lo complejo en algo manejable, lo incierto en algo trivial y lo desconocido en algo que se puede decir sin que nos tiemble la voz.

Y lo hacemos tan bien que hemos conseguido borrar todo rastro de duda. La incertidumbre, la que antes abría caminos, ahora molesta. Nos retrasa. Nos delata. Por eso la evitamos. Por eso la cubrimos con palabras rápidas, con afirmaciones rotundas en cualquier grupo de WhatsApp, donde la ignorancia circula con la misma seguridad que un dato contrastado, pero con mucha mejor acogida. Allí no se discute: se reenvía. No se contrasta: se celebra. Y cuanto más rotunda es la mentira, más tranquilizador resulta creerla porque nos permitirá seguir teniendo razón sin el esfuerzo incómodo de pensar.

Porque pensar, en el fondo, exigiría aceptar algo insoportable: que no sabemos. Que nunca supimos. Que mientras hablamos de guerras como quien comenta el tiempo, y del tiempo como quien comenta el estallido de una bomba, el mundo sigue ocurriendo sin nosotros, ajeno a nuestras explicaciones y completamente indiferente a nuestras certezas.

Y que tal vez —y esto es lo más incómodo— no sólo somos ignorantes, sino que hemos hecho de esa ignorancia una forma de orgullo que, como las alertas, tiene fecha de inicio pero nunca sabemos cuándo caduca.

Al fin y al cabo, necesitamos de un centro de emergencias que nos avise de lo mucho que creemos saber.

para hierbolario,blogspot.com

Eduardo González 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Tregua y continuidad

El fraude de la vergüenza

La Revoliá: el empeño de la insistencia