El Tribuno o la insurrección del papel


 El Tribuno o la insurrección del papel


Hay revistas que se leen y revistas que se sostienen. El Tribuno pertenece a estas últimas. Antes de abrirla, ya ha empezado a decir algo: en el peso —¿cuánto pesará, hierbolario?… perdón—, en la textura de sus hojas, en esa decisión casi obstinada de existir en papel cuando todo parece empujarnos hacia la evaporación de lo digital.

La dejé ahí, sobre la mesa, rodeada de herramientas que también insisten. Y al volver sobre ella tuve la sensación que el lápiz quedó detenido a medio trazo, entre las dudas que, más que asaltarme, me entretienen con sus asaltos. Es entonces cuando quien realmente me roba la atención es esa figura, en el centro, que no termina de ser del todo imagen. Porque hay momentos —no siempre ocurre— en que la lectura se detiene sin cerrarse. Uno levanta apenas la vista y entonces parece que la revista también mira. No de frente. No del todo. Pero hay algo en ese rostro —trazado a líneas, detenido en una expresión que no se entrega— que introduce una leve incomodidad. Como si la pregunta ya no estuviera en las páginas, sino fuera de ellas. Como si el gesto de sostener la revista implicara también ser sostenido por esta.

Uno no la hojea con prisa. No se puede. Hay en sus páginas una especie de gravedad —casi un olor—, como si cada texto reclamara no solo la atención, sino también tiempo. Y eso —el tiempo— es precisamente lo que hoy escasea y nos vuelve, cada vez que orbitamos alrededor de la esfera del reloj, más escasos. O, peor aún: se nos administra desde fuera, racionado, interrumpido, convertido en un reflejo más que en pensamiento. Leer El Tribuno es, en ese sentido, un pequeño acto de desobediencia. No tanto por lo que dice —que también—, sino por cómo nos obliga a situarnos ante lo que dice. Frente a la velocidad de lo inmediato, propone la demora. Frente al consumo, la sosegada permanencia. Y frente al ruido, una voz que, sin gritar, insiste.

De alguna manera, resulta profundamente conmovedora la voluntad de continuidad que arrastra desde su origen. Saber que una publicación nacida en 1903, en medio de otras urgencias —el analfabetismo, las tensiones políticas, las presiones del poder—, vuelva ahora a aparecer —en medio del paralfabetismo, las pretensiones políticas y las amargas payasadas del poder— como una ansiada necesidad. Tal vez no hemos cambiado tanto como creemos. Tal vez seguimos necesitando espacios donde la palabra no esté sometida a la inmediatez ni a la rentabilidad del sonido notificador de una campanilla digital. Espacios donde pensar no sea una reacción, sino un proceso. Donde el lector no sea un usuario, sino alguien que se detiene.

Quizás por eso permanece ahí: entre objetos que no han aprendido a desaparecer. Y, quizás por esa misma razón también nos devuelve la mirada —El Tribuno— para recordarnos, con una serenidad casi obstinada, que la libertad no siempre adopta formas espectaculares. A veces consiste en algo tan sencillo —y tan difícil— como sentarse a leer sin interrupciones. Como sostener una idea hasta el final. O como permitirse el lujo de no estar en otra parte.

Por eso, más que una revista, El Tribuno se parece a una grieta. Una pequeña fisura en el ritmo impuesto, por la que aún se cuela algo parecido a la conciencia. Y quizá sea ahí, en esa grieta mínima de la conciencia, donde todavía resiste —casi en silencio— eso que antes llamábamos libertad.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González


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