Las ausencias que acompañan
Las ausencias que acompañan
A veces todo ocurre así: uno envía una invitación, un gesto sencillo, una llamada a compartir un momento. Y al otro lado, en ese lugar que no vemos, la vida está sucediendo con una intensidad distinta, ajena a nuestras pequeñas celebraciones. Hay quien responde desde la cercanía festiva y hay quien lo hace desde un lugar donde el tiempo se mide de otra manera.
Entonces uno entiende —o empieza a entender— que cada respuesta es también una forma de estar en el mundo. Que hay quien puede acercarse y quien, sin poder hacerlo, está más presente que nunca. Que hay ausencias que no son distancia, sino todo lo contrario: una forma callada de compañía que no necesita ocupar una silla.
Y también aprende uno a escribir de otro modo. A decir sin decir. A sostener, aunque sea desde lejos, lo que otros están atravesando. A acompañar sin invadir, como se acompaña a quien camina por una vereda estrecha donde solo cabe uno.
Entre todos los mensajes recibidos, hay algunos que no se responden con palabras inmediatas. Se quedan dentro, trabajando en silencio. Y es ahí donde quizá empieza otra forma de escritura: más lenta y más atenta. Más verdadera.
Porque hay cosas que no se pueden decir en voz alta. No puedo nombrar, por ejemplo, a quien te comunica la ausencia a la invitación hecha por atravesar una enfermedad difícil. Ni hacer públicos mis deseos de, con la herida abierta, poder quitarle esa tempestad de encima. Son cosas que no puedo decir pero que sí puedo cuidar.
Por eso he de darles las gracias a todas las personas que ayer me acompañaron en la presentación del libro “Vientos del Sureste”. También les doy las gracias a los que no pudieron estar porque no tenían ganas, o estas eran pocas y tampoco había que forzarlas. Y, especialmente, les doy las gracias a quienes no estuvieron porque la enfermedad los mantiene muy ocupados.
Eduardo González

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