Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras
Sin hacer ruido. Spero lucem post tenebras
Hay personas que pasan por la vida sin hacer ruido. No porque no tengan nada que decir, sino porque han aprendido a decirlo todo con una precisión que no necesita aspavientos. Caminan por la calle como si no ocuparan espacio, pero dejan una huella honda, de esas que no se ven a simple vista y, sin embargo, sostienen.
Hay una de ellas que trabaja con los libros como quien cuida un fuego que lleva encendido desde hace siglos. Un fuego que alimentaron Homero y Dante. Cervantes y Galdós. También Víctor Álamo y González Déniz. Y tantas y tantos que no tengo perdón por no citar. A Alicia Llarena sí, porque supe por otros —y no por quien menos presume de haberlo hecho— que el otro día a ella le tocaron sus llamas.
Sabe esta persona dónde poner cada palabra, cuándo retirarla, cuándo dejar que arda un poco más. Hace su trabajo con una dedicación que no se anuncia, que no reclama. Y en ese silencio va ordenando el mundo de los otros, afinándolo, editándolo, dándole una forma más justa.
Trabaja mucho. Muchísimo. Pero no pide aplausos. Quizá porque sabe que hay oficios —y maneras de estar— que se miden de otra forma: en la confianza que generan, en la calma que dejan, en ese leve desplazamiento que ocurre cuando uno se acerca a lo que hace y todo parece encajar mejor, sin estridencias.
Y esa persona camina por las mismas calles de este pueblo que habito. A veces pienso que la vida ha tenido la suerte de contar con alguien así. Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que la mía —sin grandes gestos ni ceremonias— ha tenido la fortuna de cruzarse con la suya. Y eso, sin hacer ruido, es algo que permanecerá para siempre. O, por lo menos, hasta que yo mismo espere la luz después de las tinieblas.
Eduardo González

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