Quinientas pesetas

 


Quinientas pesetas

El documento de la imagen confirma que la primera valoración económica de mi existencia quedó registrada por una máquina de escribir: aquella con la que la Comisión Provincial de la Mutualidad Agraria de Las Palmas redactó el acuerdo que concedía a mi padre un subsidio de natalidad.

Imagina uno lo que se debatiría en tal comisión. Aparte de dar por hecho que nací —la duda ofende—, se tuvo que confirmar que el mutualista pagaba, religiosamente, sus cuotas. Y que lo hizo los años suficientes para tener derecho a aquel subsidio. Dicho de otro modo: no vine a este mundo con quinientas pesetas —la cuantía acordada— bajo el brazo. En todo caso, estas ya habían cotizado lo suyo.

De mi madre no se dice nada. Ni de su cansancio ni de las cogidas de tomates con dos fardos bien amarrados a la barriga: uno rebosante de fruta y otro con un fruto aún sin madurar. Tampoco de sus alegrías, si es que las tuvo. El mutualista era el hombre. Así lo proclamaban los entonces vigentes Principios del Movimiento Nacional: “La comunidad nacional se funda en el hombre, como portador de valores eternos”. En las mujeres recaía la responsabilidad de los hijos, incluso por la muerte prematura de estos. La Sección Femenina del Movimiento se dedicó a aleccionarlas para ello: “Enseñaremos a las mujeres el cuidado de los hijos, porque no tiene perdón que mueran por ignorancia tantos niños que son siervos de Dios y futuros soldados de España”. Esta frase marcaba claramente la diferencia entre Clara y Pilar. La primera fue todo Campoamor. La segunda, toda Primo de Rivera.

Los documentos oficiales tienen la costumbre de registrar los hechos dejando escapar la vida. Aunque algo de ella consigue quedarse atrapado entre las letras. Lo suficiente para que, sesenta años después, pueda sostener esta hoja entre las manos y preguntarme qué pensaría mi padre al recibirla. Si la guardó por el dinero o por lo que representaba. O si imaginó quién llegaría a ser aquel niño cuyo nacimiento había merecido un sello, una firma y quinientas pesetas.

Las pesetas desaparecieron hace mucho. El subsidio cumplió su función y se esfumó como se esfuman todas las ayudas. Pero el niño sigue aquí, pensando que, por suerte, su vida terminó siendo mucho más cara. La valoración económica de mi nacimiento quedó registrada a  máquina de escribir. El resto se escribió a mano.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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