Ignorancia refinada


Ignorancia refinada


Hubo un tiempo —no sé si mejor o simplemente más desnudo— en el que se escuchaba a los mayores por necesidad. También por asombro. Había en sus palabras una forma de aprendizaje que no pasaba por la elección, sino por la carencia: se escuchaba porque no había otra manera de saber. Y en ese escuchar había algo casi honesto, una aceptación implícita de la propia ignorancia. Quizá era eso lo que sostenía todo: saber que uno no sabía.

Hoy sabemos de todo. O, mejor dicho, creemos saber de todo. Si uno quiere saber si el barranco bajará con fuerza, ya no acude a quien ha mirado el cielo durante años porque las estelas de los aviones aparecerán y desaparecerán según convenga al argumento de la conspiración. Las alertas son sospechosas porque alguien ha decidido que lo son. Y cualquier medida colectiva —por prudente que sea— se interpreta como una amenaza que vacuna nuestra individualidad. El conocimiento, así, deja de ser una construcción compartida para convertirse en una barricada donde cada cual defiende su parcela de razón, aunque esté edificada sobre el aire que otros van rellenando de ruido.

Pero lo verdaderamente revelador no está fuera. Está dentro. Porque cuando el patrimonio cultural es reconocido como un bien, lo que cabría esperar —si de verdad habláramos de cultura— sería un gesto de cuidado. No de apropiación ni de rechazo. Sin embargo, ocurre lo contrario. Por un lado, quienes se oponen al reconocimiento lo hacen desde una desconfianza automática, como si proteger fuera sinónimo de intervenir y reconocer equivaliera a despojar. Por otro, y quizá más inquietante, están quienes, desde dentro, reclaman para sí una especie de autoridad exclusiva: no ya la de saber, sino la de decidir quién puede saber. No se limitan a discrepar. Clausuran. Hablan como si el conocimiento fuera una herencia privada, como si la tradición necesitara guardianes más que transmisores y como si la cultura —que ha pasado de mano en mano y de cuerpo en cuerpo durante generaciones— pudiera ahora quedarse detenida exclusivamente en sus manos.

Y entonces ocurre lo inevitable: el debate se vuelve imposible. Porque debatir exige una condición mínima: aceptar que uno no lo sabe todo. Quizá por eso lo más preocupante no es que haya desacuerdo —eso es inevitable, incluso necesario—, sino que se haya perdido la posibilidad de escuchar sin sentirse amenazado. Que el conocimiento ya no circule, sino que se vigile. Que la cultura, en lugar de abrirse, se cierre sobre sí misma como un puño.

Quizá por eso echo de menos aquella necesidad de escuchar a los mayores. También aquel asombro. No por lo que se decía entonces, sino por lo que permitía: un espacio donde aprender no era imponer, sino escuchar. 


para hierbolario.blogspot.com 

Eduardo González 


 

 

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