S.S.
S.S.
Durante el servicio militar, uno de los oficiales que teníamos al mando nos enseñó su cartilla militar. No recuerdo ya el motivo —seguramente presumía de sus dos engalanadas estrellas en el uniforme—, pero el caso es que varios soldados miramos aquel documento con cierta curiosidad. En el apartado dedicado al valor figuraban dos letras: S.S. Al preguntar por su significado, el oficial, de manera altanera, nos dijo:
—González, significan «se le supone». Parece mentira que usted pregunte eso.
Y mi respuesta no fue afortunada.
—A sus órdenes, mi teniente, pero es que lleva usted veinte años en el Ejército y todavía se le supone el valor.
La broma me costó dos días de arresto y, aún hoy, sigo dándole vueltas a aquella respuesta. Supongo que algunas expresiones tienen más éxito que significado. Se instalan en el lenguaje administrativo, saltan a los medios de comunicación y acaban apareciendo en cualquier conversación relacionada con el patrimonio, la cultura o la memoria. Una de las más resistentes es «poner en valor».
La expresión parece impecable. Nadie discute el valor de las cosas ni la conveniencia de reconocerlo. Sin embargo, basta detenerse un momento para que surjan algunas dudas, porque está formada por dos palabras sorprendentemente imprecisas. Poner es uno de esos verbos que sirven para casi todo: lo mismo ponemos la mesa que una denuncia o una canción. Valor, por su parte, puede referirse al precio, a la utilidad o a la importancia. También al significado e incluso a la valentía. Juntas forman una expresión que parece decir algo importante sin necesidad de concretar qué se va a hacer realmente.
Cuando alguien anuncia que pretende poner en valor un molino, una acequia o una tradición popular, rara vez sabemos si piensa restaurarlos, protegerlos, estudiarlos, difundirlos o simplemente mencionarlos en una nota de prensa. La expresión encierra una idea bastante peculiar: que las cosas adquieren importancia gracias a nuestra intervención. Como si un molino no la hubiera tenido mientras molía grano. Como si una acequia hubiera estado esperando una certificación oficial mientras repartía agua. O como si un oficio, una historia familiar o un paisaje hubieran permanecido extraviados entre papeles hasta la llegada de alguien dispuesto a reconocer oficialmente aquello que ya eran.
Llevado al extremo, el planteamiento resulta cómico. Habrá que poner en valor a los árboles antes de que den sombra, al pan antes de que alimente y a las nubes antes de que descarguen lluvia. Después habrá que poner en valor a quienes se dedican a poner en valor.
Y tal vez por eso sigo recordando aquella cartilla militar. Porque pertenece a una época en la que el valor, al menos, todavía se suponía. Hoy ni siquiera eso parece suficiente. Ahora hay que señalarlo, etiquetarlo, documentarlo y estamparlo.
A veces imagino una antigua momia expuesta en una vitrina. Cientos de años sobreviviendo al tiempo, a la humedad, a los saqueos y al olvido. Y, sin embargo, alguien llega finalmente con un gran sello rojo y se lo estampa encima. Como si el verdadero milagro no fuera haber sobrevivido al tiempo, sino haber sobrevivido a la burocracia lo suficiente como para que esta termine reconociendo, por fin, el valor del teniente.
Eduardo González
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