Memoria sin ausencias
Memoria sin ausencias
Se ha repetido tantas veces la idea de que un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla que la frase ha terminado por vaciarse. Quizá porque hemos confiado demasiado en la memoria, como si recordar bastara para corregir lo que somos. Pero no toda repetición es memoria. A veces es solo inercia: una continuidad sin conciencia, un gesto que se prolonga sin preguntarse de dónde viene.
En el ámbito del patrimonio cultural inmaterial, esa confusión resulta frecuente. Cuando se declara un Bien de Interés Cultural (BIC), la mirada tiende a fijarse en lo visible: la forma, la práctica, su puesta en escena. Sin embargo, el patrimonio no reside ahí de manera completa. Lo esencial no se deja encerrar en una declaración.
El patrimonio vive en quienes lo sostienen. En quienes lo practican, lo transmiten y lo adaptan sin vaciarlo de sentido. A eso se le llama comunidad portadora. No se trata de un grupo que posee algo, sino de quienes asumen una responsabilidad: mantener viva una práctica sin convertirla en un gesto vacío. No hay propiedad en ese gesto, sino continuidad. Y cuidado.
Por eso, declarar un BIC es necesario. También justo, pero no suficiente. Los documentos no pierden nada. Las prácticas, sí. Basta con que dejen de hacerse, o con que continúen sin sentido, para que el patrimonio se erosione.
A esta fragilidad se suman algunos procesos conocidos. La folklorización reduce la práctica a una imagen reconocible pero despojada de su complejidad. La apropiación la delimita, como si perteneciera a unos pocos. Ambas transformaciones alteran su naturaleza compartida. Pero hay otra forma de intervención más difícil de señalar porque suele presentarse como fidelidad a la tradición: la exclusión. Excluir también es intervenir el patrimonio. No es un gesto neutro ni una simple continuidad de lo heredado. Es una decisión que delimita quién participa y quién queda al margen. Y toda delimitación tiene efectos: empobrece la transmisión, estrecha la comunidad y convierte lo que debería ser compartido en un espacio restringido.
A menudo, esa decisión se presenta como algo natural, como si viniera dada desde el pasado. Pero ninguna tradición se sostiene sola. Siempre hay elecciones, aunque no se nombren. Estaría bien recordar que las leyes patrimoniales y las recomendaciones internacionales insisten en la accesibilidad y la participación. No basta con conservar; es necesario garantizar que el patrimonio siga siendo un espacio abierto. Mantener exclusiones en nombre de la tradición no es conservar: es fijar límites y darles apariencia de continuidad. Porque si el patrimonio lo define la comunidad, ¿qué comunidad es esa que deja fuera a una parte de sí misma?
El patrimonio, en última instancia, nos obliga a tomar posición. No se trata solo de recibir lo heredado, sino de decidir qué hacemos con ello. Porque también la herencia tiene límites. Y no todo merece sostenerse sin revisión, especialmente aquello que, para mantenerse, necesita dejar a las mujeres fuera, ya sea en la solemnidad de una Semana Santa o en regímenes donde la exclusión las naturaliza bajo sábanas.
Eduardo González

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