El silencio como indecencia


 


El silencio como indecencia

Hay reconocimientos que no llegan como una sorpresa. Llegan como llegan las cosas que llevan tiempo ahí: esas que esperan por alguien que se decida a nombrarlas. La declaración del Juego del Garrote Tradicional de Gran Canaria como Bien de Interés Cultural Inmaterial es una de esas. No empieza nada. Pero pone palabras donde antes había continuidad.

Está bien saber que el garrote no ha sobrevivido por los papeles. Ha sobrevivido por las manos. Por manos que enseñaron, que corrigieron y aguantaron. El expediente realizado para conseguir la declaración mencionada —que existe, que pesa, que hubo que hacer— no se levantó solo. No fue juntar fechas y citas. Fue un intento por sujetar algo que no quiere quedarse quieto. Los papeles antiguos dieron pistas. La memoria terminó el dibujo. Y aun así, queda siempre un borde sin cerrar. Eso, lejos de ser un fallo, es lo que lo hace honesto.

Y luego está lo que de verdad sostiene todo esto. El garrote no ha llegado hasta aquí por un nombre, ni por dos. Ha llegado porque ha habido muchos. Porque hubo quien enseñó sin pensar en conservar nada y, sin embargo, lo conservó todo. Porque alguien puso el cuerpo, el tiempo y la paciencia sin esperar que un día aquello fuera nombrado patrimonio.

A eso se le llama ahora “comunidades portadoras”. Un término frío para algo que no lo es. No son propietarios. No son guardianes en el sentido de cerrar. Son, más bien, quienes no han dejado que esto se rompa. Porque el garrote no es solo un juego de palos. Es madera, palabras, distancia, tiempo. Es una manera de estar y de entender. Y eso solo existe mientras alguien lo hace. Y aquí ya no hay manera de esconderse.

Entre quienes sostuvieron esto cuando no había nada que reconocer, estuvo el pastor Manuel Guedes. Yo —junto a muchas personas– aprendí de él. No nombrarlo sería, sencillamente, un despropósito. Y tampoco voy a callarlo por temor a que alguien eche en falta otros nombres. Cada cual sabrá a quién debe. Yo sé a quién debo lo que digo aquí. Uno puede equivocarse en muchas cosas, pero no debería escribir —ni hablar— desde la indecencia. Porque lo que se aprende de unas manos no se devuelve con silencio.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 




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