The Dark Side of the Moon
The Dark Side of the Moon
Hay saberes que no se escriben. Pasan de una mano a otra con la misma paciencia con la que crecen las cosas que curan. No necesitan explicarse del todo: basta con repetir el gesto, o corregir la postura y atender a lo que las sombras nos esconden.
Así han llegado hasta aquí. No por haber sido nombrados, sino por haber sido practicados. Por alguien que señaló el momento justo y por otro que supo esperar el suyo. Y hubo un tiempo en que esos gestos se aprendían de noche, cuando el día no dejaba lugar a otra cosa, o cuando era mejor que ciertas cosas no fueran vistas. Bajo la misma luna que no distingue entre lo permitido y lo que se calla, el conocimiento encontraba su forma de seguir pasando de mano en mano, sin interrupción.
También ahora, mientras otros ojos intentan alcanzar su cara oculta —esa que algunos insisten en nombrar como descubrimiento reciente, como si no hubiera estado siempre ahí, acompañando en silencio cada giro de la luz—, sigue ocurriendo lo mismo en la tierra: lo que no se ve no deja de existir. Tan solo cambia de lugar.
Bajo la misma luna, todo saber tiene una cara visible: la que se muestra, la que se repite, la que puede contarse sin peligro. Pero también tiene otra, más discreta, que no se ofrece del todo, que se guarda en la memoria de quien aprendió sin preguntar, en el silencio de quien entendió sin necesidad de nombre. Esa es la que sostiene a la otra, aunque no lo parezca. Porque nada se sostiene solo con lo que se ve.
Hay una parte del mundo que funciona en equilibrio con su sombra. Como si la realidad necesitara de su reverso para no caerse. Y, antes de que nadie lo formulara así, ya estaba insinuado en algún lugar entre la música y el silencio. Pink Floyd lo llamó The Dark Side of the Moon. No como explicación…sino como una forma de escuchar aquello que la luz no alcanza a decir.
Eduardo González

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