Cómoda inocencia
Cómoda inocencia Antes de convertirse en cuero, esta piel tuvo una cabra dentro. La protegió del sol, del frío y de las piedras; sintió sobre ella la lluvia y seguramente se arañó alguna vez contra las tabaibas o las paredes de un corral. Durante años fue la frontera entre un animal y el mundo. Después llegaron unas manos, la separaron del cuerpo al que había pertenecido y comenzaron a prepararla para otra vida. El hombre de la fotografía la sostiene abierta delante de sí. Todavía conserva una forma irregular que permite imaginar el animal del que procede, aunque ya no quede en ella movimiento alguno. Podría doblarla, cortarla o transformarla hasta hacer desaparecer casi por completo ese origen, pero mientras permanece así, extendida entre sus manos, resulta difícil contemplarla únicamente como un material. Hay algo en ella que continúa contando de dónde viene. Quizá sea precisamente eso lo que hemos perdido: la cercanía con el origen de las cosas, porque utilizamos cuer...