La infinita ignorancia


 La infinita ignorancia


Se requiere una enorme disciplina para convertirse en un ignorante supremo y absoluto. Mucho más esfuerzo del que podríamos imaginar si no fuéramos todavía tan escasamente ignorantes. No basta con desconocer ciertas cosas ni con desinteresarse por ellas. La ignorancia verdadera exige una entrega constante, una vigilancia feroz contra cualquier indicio de comprensión, memoria o estudio. Es, en realidad, una forma de militancia permanente: contra la duda, contra el pensamiento y, sobre todo, contra cualquier posibilidad de agradecimiento.

El primer paso consiste en renegar de quienes nos precedieron. Resulta imprescindible negar que nuestra existencia dependa de nadie. Los progenitores deberán convertirse entonces en figuras absurdas, en obstáculos levantados contra nuestra supuesta libertad. Si decidieron traernos al mundo, habrá de afirmarse que aquello obedeció únicamente a un impulso biológico, a un instante de deseo lujurioso o de descuido. Jamás a una compleja cadena de afectos, sacrificios, temores y renuncias. Dicho de otro modo: un disparo torpe que, por ignorancia de la propia pelota, terminó encontrando portería.

La ignorancia superior no puede tolerar que alguien velara por nuestro sueño, sostuviera nuestro cuerpo enfermo o aplazara su propia vida para que la nuestra continuase. Admitir algo así abriría grietas peligrosas en el edificio de nuestra soberbia. Por eso el ignorante consumado aprenderá pronto a reducir todos aquellos cuidados al simple funcionamiento del instinto materno, como quien describe el mecanismo automático de una máquina fotocopiadora o el funcionamiento de un motor de dos tiempos.

Tampoco deberá permitirse reconocer herencia alguna. Todo conocimiento recibido habrá de parecer insuficiente, inútil o ridículo. Las palabras enseñadas, las advertencias, los oficios transmitidos e incluso los silencios cargados de experiencia deberán contemplarse como residuos de un pasado torpe que nada tiene que ver con nuestra deslumbrante modernidad. Porque la ignorancia perfecta necesita sentirse recién nacida a cada instante, desvinculada de toda continuidad humana.

Con el tiempo, el aspirante alcanzará grados todavía más altos de perfeccionamiento. Llegará incluso a convencerse de que se ha construido completamente a sí mismo. Se atribuirá en exclusiva sus logros, como si hubiera aprendido a hablar sin escuchar jamás otra voz, como si hubiese llegado al mundo alimentado ya por sus propias manos y abastecido por esa misteriosa glándula de la autosuficiencia que la infinita ignorancia segrega con admirable constancia. Y terminará considerando una humillación insoportable cualquier deuda moral contraída con los demás.

Pero quizá ni siquiera eso baste. Tal vez la ignorancia más profunda consista en otra cosa todavía más difícil: en lograr que desaparezca cualquier rastro de asombro. Dejar de percibir que hubo un tiempo en que no sabíamos caminar, ni nombrar las cosas, ni distinguir el peligro de la seguridad de la casa donde crecimos. Conseguir que todo parezca natural, automático, inevitable. Como si la existencia entera nos hubiese sido entregada ya terminada, limpia de esfuerzo ajeno y libre de toda memoria.

Solamente entonces, el ignorante perfecto podrá caminar entre los demás creyéndose completamente único. Esa soledad, confundida con independencia, terminará convenciéndole de que la forma más elevada de inteligencia consiste precisamente en no deberle nada a nada: ni al tenedor que le acerca la comida a la boca y ni siquiera a la propia existencia. 

Porque la ignorancia suprema posee también algo del perro del hortelano: ni agradece lo recibido ni soporta que otros puedan agradecerlo. Y eso, aunque parezca sencillo, está reservado únicamente para los ignorantes verdaderamente excepcionales.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 








Comentarios

Entradas populares de este blog

El fraude de la vergüenza

Tregua y continuidad

La Revoliá: el empeño de la insistencia