La última punta
La última punta
Él estaba en una cama de hospital. Fui a verlo y me dejaron entrar en su habitación. En un inútil intento por animarlo, le dije que todo saldría bien; que pronto mejoraría y que, dentro de poco, estaría otra vez en su casa.
Pero me respondió con aquella voz calmada que siempre tuvo. Me dijo que no sería así. Me dijo exactamente:
—Amigo Eduardo, de esta no salgo.
Después habló hacia algún lugar que yo no podía ver. Dijo: “mamá”… “mamá”… dos veces. Y cerró los ojos.
En aquel instante fui incapaz de comprender que acababa de enseñarme la última punta.
Y no puede haber federación, asociación ni institución alguna que trate de distinguirme con el título de maestro del juego del garrote. El verdadero maestro ya me había consagrado con una titulación imposible de superar: me llamó “amigo”.
De todos modos, he de reconocer que fui un mediocre practicante, un insulso monitor y hasta un sinvergüenza para las muestras. Cualidades, sin embargo, que no me han evitado terminar sentado en interminables asambleas donde discutimos sobre respetos, cargos y razones, mientras olvidamos aquello que verdaderamente nos enseñaron. Por eso suspendo, y con muy mala nota, los exámenes preceptivos para semejante maestría.
Cuarenta años hace que Don Manuel Guedes empezó a mostrarnos lo que sabía. Desde entonces han ocurrido demasiadas cosas; tantas, que muchas quedaron enterradas bajo el ruido del tiempo. Y hoy, de repente, las recuerdo todas juntas. Las recuerdo con la claridad suficiente como para devolverle el respeto que siempre le tuvimos. Un respeto que me hace comprender lo miserables que podemos llegar a ser discutiendo entre nosotros qué es lo correcto, qué es lo justo y qué no lo es.
Los que nos creemos garrotistas —o palos que juegan a ser hombres— hemos terminado olvidando cómo hacerle una revoliá a la vida. No tenemos ni idea de que la muerte es el único mandado que no tiene atajado y el quite que pretendíamos hacerle al olvido también se nos olvidó.
Eduardo González

Comentarios
Publicar un comentario