¿Atlas tuvo madre?


¿Atlas tuvo madre?

Más que sostener el mundo, Hércules logró que fuese Atlas quien terminara cargándolo. Y no sobre la cabeza, sino sobre aquello que realmente soporta el peso de una existencia: las vértebras cervicales. Después de siglos de esfuerzo, uno imagina aquellos discos aplastados, las articulaciones desgastadas y las hernias abriéndose paso entre los huesos como raíces buscando agua.

Pero dejemos por un momento la mitología. Los anatomistas llaman atlas a la primera vértebra cervical, la que sostiene el cráneo. Sobre ella descansa nuestra cabeza igual que el cielo parecía descansar sobre los hombros del titán. Lo curioso es que la articulación que forma con el hueso occipital apenas nos permite un movimiento sencillo: inclinar la cabeza hacia delante y hacia atrás. Es decir, el gesto con el que asentimos. El gesto con el que decimos sí. 

Debajo se encuentra el axis, la segunda vértebra cervical. Esta atraviesa el atlas mediante una prolongación ósea que, sirviendo de apoyo al cráneo, actúa como eje de giro. Gracias a ella podemos rotar la cabeza de un lado a otro. Gracias a ella podemos negar. Podemos decir no.

Quizás la anatomía sea menos inocente de lo que parece. Porque hay personas que llevan la vida apoyadas sobre el atlas. Personas entrenadas para asentir. Para aceptar. Para cargar. Para inclinar la cabeza una vez más cuando nadie pregunta cuánto pesa ya el mundo que llevan encima. Y hay otras que aprenden a utilizar el axis. A decir basta. A girar la cabeza. A negarse.

En todo caso, y perdónenme todo este rodeo anatómico, sospecho que ni Atlas ni Hércules habrían sostenido el mundo por voluntad propia. Seguramente lo hacían para satisfacer a alguien más poderoso. Con la cabeza inclinada. Diciendo que sí.

Mi madre se echó el mundo de su familia a cuestas para que nunca faltara un plato sobre la mesa. Lo cargó sobre sus hombros, sobre sus cervicales desgastadas por los años de sostener aquello que nadie veía. Cuando los médicos me hablaban de desgaste, de artrosis o de hernias cervicales, yo no podía evitar pensar que estaban describiendo una forma física de responsabilidad. Porque las obligaciones también dejan cicatrices.

El mundo que cargaba no era una metáfora. Era la comida para las cabras. Era el agua. Era la leña. Era la ropa. Era la preocupación constante de que nada faltara al día siguiente. De aquellas cabras salía la leche que alimentaba a sus hijos. Y para que esa leche llegara a la mesa había que recorrer barrancos, arrancar hierba, cargar haces de pasto imposibles sobre la espalda y regresar a casa antes de que anocheciera.

Cuando dibujo imágenes como ésta, una figura casi desaparecida bajo un volumen desmesurado de hojas y ramas, pienso menos en Atlas que en mujeres como mi madre. Personas que sostuvieron mundos enteros sin que nadie las dibujara en los libros de mitología.

Y quizá la diferencia sea esa. Que de Atlas conocemos el nombre. De ellas conocemos el sacrificio. Sin embargo, sospecho que fue mucho más pesado lo que llevaron a cuestas. Sin ser diosas lo hicieron.

Quizás por eso, cada vez que escucho hablar de Atlas, no puedo evitar preguntarme si tuvo madre.


desde hierbolario.blogspot.com,

para todas las madres de Atlas,

Eduardo González.


 

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