Con nombres


 Con nombres

Esta otra fotografía se diferencia claramente de la anterior publicación. No solo conozco quiénes son las personas que aparecen en ella. También sé exactamente cuándo fue tomada: la mañana de un sábado, 9 de junio de 1990. Pero lo más importante no son los nombres. Tampoco la fecha.

La imagen tiene la capacidad de devolverme el peso de las sillas de hierro colocadas junto a las paredes, la ligereza de las cortinas de muselina que se movían suavemente en las ventanas al abrir un postigo o el color del tapiz de macramé que colgaba al fondo de la sala. Incluso puedo ver el olor que había dentro de la antigua escuela. Un olor hecho de carne y madera, de conversaciones interminables y de algo más que todavía hoy me cuesta nombrar. Quizás todo estuviese impregnado del aroma de la ilusión. Porque si una fotografía es capaz de hacerte ver un olor, entonces guarda algo demasiado importante que el tiempo no ha conseguido borrar del todo.

Treinta y seis años después sigo reconociendo aquella estancia. Reconozco su suelo y su luz. Reconozco los garrotes apoyados en los rincones. Y reconozco a la persona que aparece a la izquierda de la imagen: se llamaba Don Pedro Morales. Y aún creo recordar el nombre del muchacho que sostiene el palo al otro lado. Era mi yo de entonces.

Lo curioso es que la fotografía parece mostrar un enfrentamiento cuando en realidad conserva un encuentro. Estábamos aprendiendo a escucharnos. A medir la distancia. A comprender el tiempo. A descubrir que un palo podía convertirse en una conversación.

Entre quienes estuvimos allí nos repetimos una anécdota posterior a esta imagen que el tiempo no ha desenfocado aún. Don Pedro no creía posible que yo jugase con mi garrote —de mi misma altura, algo más grueso que su palo y manejándolo de una forma distinta— mientras él lo hiciese con la vara que movía con maestría silenciosa sobre el aire.

Decía el maestro que el mayor tamaño de mi garrote no permitiría que su juego encontrase la distancia que buscaba. Sin embargo, después de varios intentos, terminó reconociendo que, aunque el suyo era más corto, sí era posible. «Sí se puede» o «hay juego», afirmaciones ambas que quienes compartimos aquella experiencia seguimos recordando porque, de una manera u otra, decían exactamente lo mismo.

Por eso esta fotografía me conmueve de una manera distinta a la publicada anteriormente en este hierbolario. Aquella me obligaba a imaginar. Esta me obliga a recordar. En una buscaba nombres. En esta otra los encuentro. Sin embargo, ambas terminan hablándome de lo mismo: de la extraña capacidad que tienen algunas imágenes para conservar aquello que parecía destinado a desaparecer.

La diferencia es que en una permanecen los rostros y faltan las historias. En esta permanecen los rostros y los nombres. También la memoria compartida de quienes estuvieron allí aquella mañana. Porque algunas enseñanzas no terminan cuando concluye el juego. Siguen vivas en quienes las aprendieron. Y mientras alguien continúe pronunciando ciertos nombres, quienes las enseñaron tampoco desaparecen del todo.

 desde hierbolario.blogspot.com

para Don Pedro Morales,

in memoriam.

Eduardo González 







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