Sin nombres


 


Sin nombres


Hace algún tiempo llegó a mis manos esta fotografía. No sé quiénes son las personas que aparecen en ella. Tampoco sé quién tomó la imagen ni por qué motivo decidió hacerlo. Sí conozco el lugar exacto, pero desconozco la fecha y las circunstancias. No sé siquiera cómo ha conseguido llegar hasta mí después de tantos años. Y, sin embargo, aquí está.

La observo una y otra vez intentando encontrar alguna respuesta entre sus detalles: una yunta de vacas, el timón del arado sobre el que se apoya una mujer, un hombre que sostiene la aguijá. Al fondo distingo un naranjero y sus naranjas. Todo eso puedo nombrarlo. Pero a las personas no.

Y quizá sea precisamente eso lo que me hace seguir mirándola. Porque, aun sin saber quiénes fueron, de algún modo representan a todos aquellos cuyos nombres se han borrado mientras permanecen las huellas de su paso por la tierra.

Las fotografías antiguas tienen la costumbre de empujar mi imaginación. Observo durante mucho tiempo a los dos hombres que llevan sombrero. Me gusta pensar que eran hermanos. Quizás me equivoco. Quizás no compartían ni una gota de sangre. Pero encuentro parecidos que los ojos buscan aunque la razón no pueda demostrarlos.

También imagino que la mujer que aparece junto a los niños era hermana de alguno de ellos. Tal vez había llegado desde otro lugar para visitar a la familia. A lo mejor regresaba al pueblo donde había nacido. No lo sé, pero sigo imaginándolo. La fotografía guarda los rostros aunque se pierdan las explicaciones.

Y también me pregunto quién estaría al otro lado de la cámara. La imagen me hace pensar que no fue tomada por un fotógrafo profesional. Parece más bien una fotografía familiar. Como si alguien cercano hubiese pedido a todos que permanecieran quietos durante unos segundos. Como si quien sostenía la cámara formara parte de la misma historia que estaba retratando. Quizás era el marido de esa mujer. Quizás un hermano. O un cuñado. O quizás un hijo mayor orgulloso de poseer una cámara con la que capturó más tierra arada que personas.

Entonces descubro una paradoja. He pasado mucho tiempo pensando en los sin nombre que aparecen en la fotografía. En las vidas que imagino para ellos, en sus posibles parentescos, en los caminos que quizá los llevaron hasta aquel instante detenido. Pero existe otro aún más invisible: el de quien apretó el disparador.

Los demás perdieron sus nombres. Él perdió el suyo y, de paso, su rostro.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 






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