A regatón muerto



 A regatón muerto

Esta imagen —rescatada de una página periodística del año 91— me produce la sensación de que el regatón no sirve para nada. No está clavado en la tierra, ni apoyado en ningún risco, ni siquiera buscando una grieta donde encajarse. No afirma el garrote y menos aún sostiene a quien a este se agarra. La punta metálica que un herrero un día calentara, golpeara en el yunque y luego templase para que mordiera el suelo anda aquí por el aire. El hombre también.


Sería adecuado aclarar —dada mi manía de saltar al vacío sobre un texto y que ustedes conozcan de antemano lo que mi mano no escribe— que se denomina regatón, también puya o puyón, al implemento metálico insertado en la parte inferior del garrote y que sirve para fijarlo en el suelo, clavarlo con total seguridad o, simplemente, apoyarlo. Añado, además, que se compone normalmente de dos partes: el cubo, ese tramo de forma cilíndrica —con cierta tendencia a lo cónico— que recibe el encajamiento de la madera, y la punta, la parte maciza y acerada que se une al cubo para dar continuidad al propio regatón.

En todo caso, y volviendo a la fotografía, el regatón vive abajo: en el extremo inferior del garrote. Me pregunto si alguien, al ver que había dejado de tocar tierra sin enterrarse en ella, diría que estaba muerto. Y si los demás entendieron perfectamente lo que decía, sin necesidad de reuniones, comisiones o acuerdos recogidos en actas. Muchas expresiones nacen de esta manera.

Con el garrote —herramienta puramente pastoril— el pastor busca un apoyo capaz de soportar su peso. Lo apoya y baja, deslizándose con sus manos a lo largo de la madera. O incluso sube. O salva una distancia que sus piernas, por sí solas, no podrían superar. Mientras el regatón permanezca firme, todo obedece a un acuerdo sencillo: la tierra sostiene al hierro, el hierro a la madera y la madera sostiene al hombre.

Pero hay veces en que el lugar al que se quiere llegar queda más lejos. Entonces no habrá más remedio que romper el acuerdo. Y el pastor ha de brincar. En la imagen se aprecia perfectamente ese instante, aunque esta fuese tomada en un campo de fútbol de Lanzarote ante un montón de escolares. Ellos están mirando el brinco; nosotros, treinta y cinco años y unos cuantos dobleces de papel después, miramos el instante detenido. Quien brinca ha abandonado un sitio sin haber llegado a otro. El garrote tampoco. No hay apoyo. No existe la más mínima certeza de hierro y madera a la que confiar el cuerpo. A esa forma de superar distancias que no están al alcance del garrote se la conoce como brincar «a regatón muerto».

Y sí: el regatón está muerto. Resulta curioso que sea precisamente entonces cuando mayor confianza haya que poner en él. El hombre que brinca no lanza su garrote a cualquier parte. Antes de saltar ha calculado la distancia, elegido el lugar de llegada y comprometido su cuerpo con una decisión que después será difícil corregir en el aire. El regatón todavía no está clavado, pero, de alguna manera, ya lo estaba en su cabeza antes del salto.

Quizás por eso me gusta tanto esta fotografía. No por la altura. No por el brinco. Me interesa ese pedazo de tiempo que queda entre una seguridad y la siguiente. El instante en que se ha soltado lo anterior y todavía no se ha alcanzado nada nuevo. Abajo espera la tierra. En medio está el aire. Y un hombre agarrado a una madera confía en que algo muerto —cosa que, misteriosamente, solo ocurre en Canarias— vuelva a vivir justo cuando toque el suelo.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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