Desokupando al mar



 Desokupando al mar


Primero tenemos que estropear un poco muchas cosas, pariente, en un intento por conservarlas. Fíjese usted en el bucio de la fotografía: está limpito. Limpito y fijado que da esplendor, como dirían los ilustres académicos de una lengua que dará gusto hasta besarlo con ella. No queda en él rastro de algas, ni costras, ni pequeños animales empeñados en vivir sobre un animal que ya no vive. Alguien ha raspado su superficie, ha insistido en los recovecos y hasta parece haberle devuelto un brillo que nunca tuvo mientras andaba por el fondo. Después lo colocaron delante de un paño negro y encendieron una luz. El resultado es hermoso. Demasiado hermoso, quizás.

El caso es que el mar no entrega las cosas así. Las devuelve sucias de haber vivido. Una madera nos llega mordida, miles de botellas cubiertas de sal y sin mensajes, una soga endurecida y una caracola cargando sobre la espalda medio fondo marino. El mar debe de tener esa manía: en lugar de borrar, añade. Nosotros hacemos justamente lo contrario. Raspamos.

Cuando antes de antier me referí, pariente, a que fuese el coral quien colonizara la caracola, recurrí a una metáfora un tanto desacertada. Quise hacer un símil con esa ocupación llena de colores que nos ofrecen las grandes superficies comerciales, arrimadas a la orilla de nuestras neveras como una banda de artificiales arrecifes.

Entiéndame usted ahora si entonces no supe explicarme. Fueron multitud de conchas marinas y pequeños caracoles los que, a modo de okupas, se abalanzaron sobre la casa del animalito. Y este se mandó mudar —aburrido, pienso— por el ruido que debían de formar en su, digámoslo así, azotea. No sé cuánto se aguanta antes de abandonar una vivienda ni si existen estudios al respecto. El caso es que aquel terminó marchándose y dejó la casa puesta.

A mí se me pidió ayuda. No se me ocurrió otra cosa que sumergir al desesperado proyecto de bucio en un caldero donde el agua hervía con vinagre y bicarbonato añadido. Como por mano de santo —esta que, ateo y humildemente, tengo para esas cosas— fueron desalojándose unos detrás de otros. Las lapas, los pequeños caracoles y cuanto bicho había encontrado acomodo en los recovecos tuvieron que abandonar el lugar. Yo seguí con lo mío. Agua caliente. Vinagre. Bicarbonato. Y paciencia.

Raspé. Quizás porque para guardar algo necesitamos reconocerlo. Esto es un bucio, decimos. Y para que sea un bucio de verdad le quitamos todo aquello que nos impide verlo como creemos que debe ser un bucio. Fuera la costra. Fuera la lapa. Fuera ese pequeño caracol que tuvo la ocurrencia de instalarse allí. Fuera el color apagado y la suciedad. Seguí raspando hasta encontrar la pieza. Y cuando por fin apareció, limpia y brillante, respiré intranquilo porque me di cuenta de que ya no quedaba mar.

Algún artículo de nuestra Constitución dice aquello de tener derecho a una vivienda digna. Y cuando no la tiene uno, por esas vueltas con que la vida, inmisericorde, lo zarandea, se mete en otra que no es suya ateniéndose a las consecuencias. Después vendrán unos tipos rudos y musculosos, vestidos con unas pintas que parecen escogidas en la sección de nazis de una tienda de disfraces, a echarlos con agua caliente, vinagre y muy malas maneras.

Yo, por lo visto, hice lo mismo. Con bicarbonato, eso sí. Y ya ve usted, pariente, cómo me he quedado pensando y, de paso, escribiéndole que a lo mejor a esa Carta Magna le falta algún artículo donde se reconozca a ciertas familias el derecho a abandonar dignamente, sin empujones, aquello que ocuparon por no tener derecho a vivir dignamente en ninguna parte.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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