Pensando al oscuro


 Pensando al oscuro


A veces siento que, para pensar de verdad, hay que meter las manos dentro de la cabeza. No para sacar las ideas, sino para amasarlas. La mayoría empiezan siendo un puñado de pensamientos secos que han de remojarse. Hay que apretarlas, aflojarlas y retorcerlas. Y volver a empezar. Las ideas se resisten igual que el gofio seco se pega al paladar.

A esa agua convendría añadirle un poco de tiempo, otro tanto de memoria y muchas voces ajenas, igual que en una pella de gofio caben la sal, la miel o el queso. Hay pensamientos que necesitan incluso reposar. No porque dejen de amasarse, sino porque siguen revolviéndose ellos solos a escondidas. Uno se marcha creyendo que los ha dejado donde estaban y, al regresar, descubre que durante la noche han cambiado de sitio y de consistencia.

Llama la atención que el zurrón conserve la forma de lo que un día estuvo vivo. En la piel curtida del baifo, la barriga aún sigue ahí, doblándose sobre sí misma mientras las manos insisten desde fuera. Más que un estómago, parece un cerebro que funciona sin cabeza.

Y es que no solo se amasa el gofio. Se amasan las conversaciones, los recuerdos y las decisiones difíciles. Es imposible que una vida se resuelva al primer intento. Hay que sobarla despacio, volver sobre ella, cambiarla de mano para que las dudas encuentren sitio entre los dedos. Empezamos a darnos cuenta de que está lista cuando apenas ofrece resistencia. Las manos lo saben antes que los ojos. Esto es así porque tanto el zurrón como la barriga trabajan al oscuro.

Pensar pareciera un trabajo manual. Un oficio necesitado de manos que se metan dentro de la cabeza, apretando, girando y doblando lo que alberga en su interior hasta que deja de ser polvo. Porque una idea también empieza siendo gofio: ligera, dispersa e incapaz de sostenerse por sí sola. Solo cuando se amasa adquiere cuerpo. Y cuando se escribe, empieza a entenderse.

Escribir no siempre consiste en sacar lo que uno lleva dentro. Consiste también en amasarlo hasta que deja de parecerse a lo que entró. Tal vez por eso, desde hace tiempo, desconfío de las ideas que parecen nacer hechas. Entiendo que hay personas que piensan con la cabeza. Otras, en cambio, antes de responder necesitan un zurrón.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 



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