Los límites de nuestro mirar


 Los límites de nuestro mirar

A muchas opiniones la vida les dura apenas una fracción de la confianza con la que fueron pronunciadas. Otras envejecen tan mal que terminan soplando, como el viento en proa, contra quien las formuló. La historia está llena de ejemplos. Los primeros impresionistas fueron recibidos con burlas por buena parte de la crítica. Vincent van Gogh murió prácticamente ignorado. Los Beatles fueron rechazados por algunas compañías discográficas convencidas de que los grupos de guitarras habían dejado de interesar al público. Enrique Murillo, entonces lector para Planeta, desestimó el manuscrito de La sombra del viento al considerar que despertaría escaso interés entre los lectores. Años después reconocería públicamente su error. Lo cierto es que ninguno de estos juicios consiguió detener lo que terminó ocurriendo. Esas opiniones terminaron dejando de hablar de las obras que pretendían juzgar para empezar a hablar de quienes las juzgaron.

Tal vez el problema consista en la creencia de que emitir un juicio es un acto inocente. Pensamos que una valoración únicamente describe una realidad cuando, en ocasiones, también intenta condicionarla. No es lo mismo decir «esto no me convence» que afirmar «esto no merece existir». Entre una cosa y otra hay una diferencia enorme: la que separa la crítica de la voluntad de excluir.

Juzgar el trabajo ajeno exige una prudencia que rara vez nos concedemos. Porque ninguna persona dispone de la perspectiva suficiente para anticipar qué recorrido tendrá una obra, una idea, un proyecto o una comunidad. Lo que hoy parece irrelevante puede terminar cambiando la manera en que mañana entendamos las cosas. Y lo que hoy se desprecia acaba encontrando, muchas veces, el lugar que le corresponde.

No sé si he recordado esta reflexión o si llego ahora a ella al releer algunas de las alegaciones presentadas durante el procedimiento para la declaración del Juego del Garrote como Bien de Interés Cultural. Entre ellas llegaron a cuestionarse hechos que podían comprobarse documentalmente: la existencia, la continuidad o la actividad de determinadas escuelas en fechas concretas. No hizo falta recurrir a grandes argumentos para responder. Bastó acudir a la documentación, a la hemeroteca, a las fotografías, a las actividades realizadas y al testimonio de quienes estuvieron allí. Los hechos terminaron ocupando el lugar que nunca debieron abandonar y aquellas afirmaciones quedaron reducidas a conjeturas incapaces de sostenerse frente a la evidencia.

Pero, visto con cierta distancia, lo verdaderamente interesante no reside en que aquellas alegaciones fueran acertadas o equivocadas. Lo importante es preguntarse qué nos lleva, a veces, a pronunciarnos con tanta rotundidad sobre el trabajo de los demás. Quizá exista una forma de orgullo que no consiste en construir, sino en sentirse autorizado para decidir qué merece ser reconocido y qué no.

Con los años he llegado a pensar que el tiempo posee una elegancia de la que nosotros carecemos. No discute. No levanta la voz. No responde a las descalificaciones. Simplemente deja que las cosas sigan su curso. Después coloca cada documento en su lugar. Cada obra junto a su trayectoria. Cada proyecto frente a sus resultados. Y cada juicio al lado de quien lo emitió.

A veces no es el árbol el que está torcido ni la barca la que está varada. Tal vez por eso convenga ejercer siempre una cierta humildad antes de valorar el trabajo de otros. No se trata de renunciar al espíritu crítico. Se trata de reconocer si nuestras palabras describen la realidad o, simplemente, revelan los límites de nuestro mirar.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 



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