La casa antes de la casa


 La casa antes de la casa

Una casa empieza antes de ser casa. Empieza el día en que alguien deja de mirar un pedazo de tierra como un solar y comienza a recorrerlo con la imaginación. Donde solo hay piedras, rastrojos y alguna julaga empeñada en jugar con el viento, él ya ve una puerta. Donde el polvo se levanta, imagina una cocina. Donde no existe más que un cercado, escucha las voces de una familia en las cuarterías. La casa nace primero en la cabeza.

Después aparecerán unos cachos de palos convertidos en estacas, un rollo de hilo carreto, un metro de madera prestado y un saco de cal. El hilo iba dibujando sobre el suelo el contorno de unas habitaciones invisibles. Aún no había paredes, pero la casa ya ocupaba un lugar.

Solo entonces empezaba el trabajo. Había que limpiar el terreno, arrancar los rastrojos y retirar las piedras. Los sachos abrían la tierra. Los picos discutían con las piedras que se resistían a abandonar el lugar donde llevaban siglos enterradas. Los baldes sacaban la tierra de las zanjas una y otra vez hasta alcanzar la profundidad del cimiento.

La arena no esperaba junto al solar. Había que ir a buscarla a la playa. De noche salían las carruchas de los vecinos con sachos dispuestos a morder la arena húmeda y echarla dentro de sus carrocerías. Y regresaban llenas mientras el mar se vaciaba como si nada de aquello fuera con él.

Pero la arena todavía no servía: aún era playa que había que pasar por la cesnidera. La arena fina caía debajo mientras arriba quedaban las piedras y los restos de caracoles y lapas rotas. El agua también había que traerla desde la acequia para llenar los bidones. El cemento se vaciaba sobre el suelo, encima de la arena cesnida, y allí mismo empezaba la mezcla. Con el sacho se le daba vuelta una y otra vez hasta que la arena, el cemento y el agua dejaban de ser tres cosas distintas.

Los bloques esperaban cerca del cimiento ya rellenado. Antes de colocarlos se mojaban para que no bebieran el agua de la mezcla. Después empezaba una tarea que parecía sencilla vista desde lejos y que exigía paciencia desde cerca. Un bloque. Mezcla. Otro bloque. Más mezcla. La plomá colgaba en silencio junto al muro y decía la verdad mejor que nadie. Si el hilo caía recto, la pared también.

La casa crecía despacio. Tan despacio que parecía no cambiar de un día para otro. Sin embargo, un domingo había aparecido una ventana donde antes solo había aire. Otro domingo ya podía distinguirse la puerta. Y otro llegaría el techo.

Desde temprano aparecían familiares, vecinos y amigos. Nadie esperaba una invitación. Todos sabían que un techo no podía echarlo una sola persona. Los baldes subían llenos y bajaban vacíos. Unas manos recibían. Otras entregaban. El esfuerzo iba pasando de unas a otras. Antes de que cayera la tarde, el techo quedaba acostado sobre las paredes esperando su primer sueño.

Sería injusto decir que aquellas viviendas sólo estaban hechas de cemento y bloques. También llevaban dentro playas que habían dejado marchar su arena, acequias que ofrecieron el agua, sacos de cal abiertos sobre el suelo y vecinos que jamás preguntaban cuánto iban a cobrar.

Las casas de entonces, mucho antes de tener piel, dejaban ver sus huesos durante años de poca carne. Y en aquellos huesos podía leerse la vida de quienes las levantaron.

para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 






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