La vecina del Bajo B lleva el horizonte puesto



 La vecina del Bajo B lleva el horizonte puesto


Ayer estuve en su casa. Me llamó para cambiar una llave que goteaba en el patio de luz. Yo vivo en el ático. Ella, en el Bajo B. Mientras desmontaba el grifo pensaba que nunca terminaría por amañarse al nuevo lugar donde había asentado el conjunto de sus huesos todos. El cuerpo sí. El cuerpo aprende. Se aprende los pasillos. Se aprende las escaleras aunque apenas las use. Se aprende el ascensor, el ruido de sus puertas al abrirse y cerrarse, el rumor de las tuberías y hasta la hora en que el edificio empieza a desperezarse cada mañana. Se aprende los vecinos. No solo cuando hacen fiesta. También unos días antes, cuando todavía no la han hecho pero ya andan moviendo sillas, entrando y saliendo de sus casas o hablando un poco más alto de lo habitual. El cuerpo aprende incluso aquello que todavía no ha sucedido. Pero hay otra parte a la que no se acostumbra.


Creo que tiene que ver con su condición de isleña. Nació en una isla acostada sobre el horizonte donde la mirada podía caminar durante horas sin tropezar con nada. Ahora, el cielo solo se le asomaba un rato por el hueco de un edificio de casas apiladas.


Mientras hablábamos, me sorprendí observándola. No sabría decir qué era exactamente. No parecía echar de menos un lugar. Era como si todavía siguiera mirando desde él. Me ofreció café y, aunque no lo tomo, le dije que sí. Aproveché cuando fue a la cocina para echarle un vistazo a lo que estaba leyendo. En el pequeño patio, al lado de la lavadora, había una silla junto a una mesita donde descansaba un libro abierto. Entre sus páginas asomaba una fotografía ante la que mi descaro no pudo contenerse: la robé, a escondidas, con mi móvil.


Cuando alargó la mano para acercarme la taza sobre el plato sentí como si su cúbito y radio se alargaran, como si el codo hubiese olvidado dónde termina el brazo cuando un dedo quiere señalar nubes demasiado lejanas. Sentí que los hombros y las clavículas se abrían lo suficiente para permitir que los pulmones respiraran un aire más grande.


Fue la espalda la que terminó de explicármelo. Sus vértebras sostenían la costumbre de mirar lejos. Una sobre otra parecían colocadas para impedir que la cercanía venciera a la distancia. Comprendí entonces que el horizonte deja huellas en el esqueleto, igual que el trabajo endurece las manos o los años arrugan la piel.


Antes de marcharme, mientras comprobaba que el grifo no goteaba, recordé la fotografía que vuelvo a mirar ahora. Ya no vi a una mujer con un cesto sobre la cabeza. Vi a la vecina del Bajo B con el horizonte siempre puesto. Seguramente ser isleña no es vivir en un territorio rodeado de agua por los cuatro costados. Más bien es un modo de mirar, incluso cuando la vida te obliga a hacerlo entre cuatro paredes.


para hierbolario.blogspot.com

Eduardo González 


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